2. Convencer,
seducir o amedrentar
Mikel Agirregabiria Agirre
En las campañas electorales las candidaturas prefieren
argumentar y persuadir, pero si todo falla recurren a atemorizar.
Nos tememos que las dos estrategias básicas para mover
a la gente, son las mismas que para aguijonear a los burros: palo y
zanahoria. Por ser justos, a las personas nos agrada más convencer y
persuadir a nuestros congéneres con buenas razones y emociones, que
obligarles a actuar por temor o miedo. Las campañas y motivos electorales
recurren a complejos procedimientos y soluciones que combinan los
argumentos para convencer, las sensaciones para cautivar y los recelos
para amenazar. En definitiva se trata de atraer hacia lo propio, con
argumentaciones y pasiones, al tiempo que se repele lo ajeno con
inquietudes y sospechas.
La política puede ser una ciencia y debe ser un arte.
Y, según Susan Sontag, el arte es seducción, no rapto. Los motivos
positivos, los que atraen hacia una opción política, son siempre
superiores a los alegatos negativos, que pretenden movilizar por la
espantada de lo otro. Una ventaja obvia es que al huir de otro partido
desacreditado, puede que los electores no acudan hacia el denunciante;
mientras que una llamada de afinidad logra directamente que los votos
caigan en el saco propio.
El mismo Ortega y Gasset advirtió: “Es penoso observar
que desde hace muchos años, en el periódico, en el sermón y, en el mitin,
se renuncia desde luego a convencer al infiel y se habla sólo al
parroquiano ya convicto”. Siglos antes, Antoine Tournier señaló que “Los
partidos discuten, no tanto para convencerse, como para decirse mutuamente
cosas desagradables”. Décadas después, en pleno siglo XXI, todavía abundan
los partidos políticos que abusan de la intimidación, introduciendo un
exceso de escepticismo y desconfianza en el electorado.
Un buen indicador de la fortaleza de una candidatura
política es medir el grado de afirmación de su programa, sopesar la
valoración positiva que hace de su opción y evitar la confrontación o
negación de sus alternativas partidistas. Miguel de Unamuno reconoció que
“A un pueblo no se le convence sino de aquello de que quiere convencerse;
cuando creemos haberle dado una idea nueva, si la recibe, es que se la
hemos sacado de las entrañas de su propio pensamiento, donde la tenía sin
darse él mismo cuenta de ella”. El mismo William Shakespeare declaraba que
“El amor no prospera en corazones que se amedrentan de las sombras”.
La verdadera gloria estriba en convencer, más que en
vencer. Por eso, no se empieza a perseguir sino cuando se desespera de
convencer. Algunos partidos, intuyendo que no pueden llegar a conquistar
nuevas cotas de electorado, proclaman manifiestamente su impotencia
apelando al “mensaje del miedo”, esto es, a señalar que los otros son
peores que ellos. Es su perdición. Alejandro Dumas apuntó que “Es inútil
combatir las opiniones ajenas; a veces se logra vencer en una discusión a
otros, pero a convencerlos, jamás. Las opiniones son como los clavos:
cuanto más se las golpea, más profundamente penetran”.
Elijamos partidos políticos que hablan de su programa,
sin menospreciar o descalificar a los demás. La seducción es un reto a la
inteligencia y a los sentidos. Prefiramos candidatos inteligentes que nos
convenzan, que nos persuadan por sí mismos, no por repulsión de los demás.
Optemos por la mejor de las candidaturas, no por aquellas que se presentan
como la menos mala.
La opción óptima es la que no trata de imponerse a sus
adversarios, ni siquiera de convencerles de que están instalados en el
error, sino de unirse a ellos para buscar conjuntamente mediante el
diálogo una verdad más elevada y compartida. Sólo así, bajo el liderazgo
de los mejores líderes, lograremos la paz, la superación del conflicto
vasco, la democracia, el bienestar y la justicia social que la ciudadanía
de Euskadi se merece.
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