3. Dios... ¿un
estorbo?
Miguel Rivilla San Martín
El arrinconar y suplantar a Dios de la vida humana
produce un vacío tan grande que nada ni nadie puede llenar.
Hay una tendencia progresista de arrinconar a Dios de
todos los ámbitos de la vida humana. No hay lugar para Dios, para su santa
Ley, ni para los valores espirituales y trascendentes que propugna la
Iglesia católica.
Se trata ni más ni menos de que la persona viva, crezca
y “se realice” sin referente alguno a Dios. Otro tanto se pretende con la
familia, las instituciones, las leyes, la política, la sociedad, la
nación, los organismo internacionales (laicismo). Éste es el proyecto
prioritario de la masonería y de sus adláteres y corifeos..
De un modo oculto y larvado unas veces o descarado y
directo otras, los intentos diabólicos no cesan para arrancar del corazón
del hombre todo vínculo con la divinidad, de la criatura con su Creador.
El arrinconar y suplantar a Dios de la vida humana
produce un vacío tan grande que nada ni nadie puede llenar. Tal postura
conduce, inexorablemente, al ateismo, al nihilismo, al panteísmo, al
relativismo y al indiferentismo.
El puesto debido a Dios, principio y fin de todo, autor
de la vida y la naturaleza, es ocupado por el hombre. He aquí la raíz de
todos los males que nos aquejan como personas y como colectividad. La vida
sin Dios es una caos sin sentido. Esta es la suprema y definitiva lección
que Juan Pablo II nos dejó en su vida y en su muerte.
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