6. Cheques
electorales
Mikel Agirregabiria Agirre
Hasta la Biblia recurre a la parábola de los talentos
para enseñarnos cómo hemos de invertir nuestras capacidades.
Conviene distinguir bien entre el tener y el ser.
“Aprender a vivir” es más importante que “intentar acaparar”, pero las
metáforas con propiedades y posesiones resultan eficaces por la
simplicidad de su argumento basado en un instinto primario, el dinero, que
en opinión popular obra como la lámpara de Aladino.
Sabemos que todos los seres humanos nacemos y morimos
iguales, pero durante nuestra existencia las diferencias materiales entre
las personas son desproporcionadas. Casi dos tercios de la humanidad
sobreviven con menos de dos euros diarios. Mientras con todos nuestros
medios combatimos tamaña injusticia socio-económica, cabe algún consuelo
observando otros tesoros infinitamente mejor distribuidos.
Cada amanecer nos reparte a todos un día con 24 horas.
Este cheque de tiempo es perfectamente equitativo: 1.440 minutos para cada
persona, pobre o rica. La vida se desarrolla en ecuánimes jornadas de
86,400 segundos, donde nadie puede comprar o vender el tiempo. Igualmente,
al nacer, otros patrimonios también están irreprochablemente otorgados: Un
corazón para amar por persona, una mente para soñar a cada uno, dos manos
para ayudar, dos ojos para mirar otras pupilas, dos pies para caminar,…
Así mismo, la democracia, allí donde existe, nos
obsequia con un idéntico cheque personal para sumar nuestra concepción de
la sociedad con otros conciudadanos nuestros: Un voto por persona adulta.
Todos merecemos una papeleta y nadie dispone de más de un voto. Quizá nos
parezca poco un único voto, cuando hay tantos como habitantes, pero es
toda la parte alícuota el “poder público” que nos corresponde. Y hemos de
invertir bien nuestro patrimonio en forma de papeleta electoral.
Son fácilmente entendibles las distintas opciones de la
pluralidad política que coexisten para depositar el voto, en función de lo
que cada elector considera más justo, más oportuno, más urgente, más
eficaz o más útil. Lo que resulta incomprensible y reprochable es la
indolencia de ignorar esa oportunidad única de apostar y comprometernos
con nuestros convecinos, con nuestra sociedad y con nuestro tiempo.
La abstención es una lacra social que todos deberíamos
desestimar. Dejar nuestro voto en casa denota una falta de fe en el
futuro, una carencia de esperanza y una deserción en la búsqueda del bien
común, negando nuestra decisiva contribución, tenue pero tan valiosa como
la del más sabio.
El próximo domingo 17-A extendamos nuestro privativo
talón-voto en forma de papeleta electoral. No dejemos que caduque
improductivo a las ocho de la tarde, sin haber entregado nuestro granito
de arena a aquel partido o coalición que mejor sabe gobernarnos, al que
firma menos “cheques sin fondos” con promesas imposibles, al que haya
entregado menos “cheques en blanco” de servidumbre a otras formaciones
diferentes de la que consideremos que es la que conviene a nuestro Pueblo.
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