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12. «Globalizar la solidaridad»: ¿Proyecto viable?

Víctor Manuel Chávez Huitrón

Reflexiones sobre la propuesta de Juan Pablo II a los 25 años de su Pontificado

Texto originalmente publicado en la Revista La cuestión social, Año 12, n. 3, julio-septiembre IMDOSOC, México 2004.

Todo se decide, en última instancia, en hacer vida o no el Evangelio. Porque el Evangelio se puede reducir a un conjunto de máximas, a una historia, a un referente ocasional y hasta en un mito; pero también conocer, creer y vivir el Evangelio —con la mayor profundidad posible— se puede convertir en la puerta de acceso a una humanidad distinta y mejor. Ésta es la apuesta intelectual, pastoral y espiritual que se descubre en los 25 años de Pontificado de Juan Pablo II: hacer conocer y vivir el Evangelio, a fin de ayudar a que los hombres de todos los pueblos y culturas tengan vida en abundancia (cfr. Jn 3, 16). Pero la apuesta requiere ser contextualizada, pues poner en práctica el Evangelio y la doctrina social cristiana no puede ser una simple aplicación técnica o conclusión de un proceso deductivo1 para que se realice de forma correcta y en profundidad.

En el actual contexto mundial, tan complejo como fascinante, el Papa ha acuñado el concepto «globalizar la solidaridad», y va entrando —no sin fatiga— en la mentalidad de la Iglesia, sobre todo a la hora de establecer compromisos concretos que la realicen. A decir verdad, su contenido se va delineando poco a poco entre «ensayo y error». Pero cabe preguntarse hasta dónde alcanza este impulso del Papa en una época de cambios o cambio de época.

1. ¿POR QUÉ JUAN PABLO II HABLA DE GLOBALIZAR LA SOLIDARIDAD?

El Papa está convencido de la vitalidad y urgencia del mensaje evangélico para el hombre contemporáneo, pero sabe que la eficacia de esta propuesta pasa, también, a través de ese ejercicio comunitario de «analizar con objetividad la situación propia [de cada país], esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción...», como lo había expresado ya Pablo VI (Octogesima Adveniens 4).

La globalización: el nuevo nombre de la cuestión social

Y es en el ejercicio de discernimiento realizado a nivel global —como sucesor de Pedro y pastor de la Iglesia universal—, en esta etapa de la historia, que emerge el fenómeno amplio, complejo y polivalente de la globalización: principal y más impactante manifestación del devenir económico, político, social, religioso y cultural de los últimos decenios de la humanidad. No es nuevo el proceso de globalización, pero sí este tipo en tiempo, forma, medios, contenido, fundamentos, impacto y objetivos que consigue. Ha dicho Juan Pablo II que la globalización es el nuevo nombre de la cuestión social.2

Juan Pablo II capta con realismo y esperanza que este proceso llamado globalización comporta no sólo «desafíos y amenazas», sino también «retos y oportunidades» para que el mensaje de la Iglesia sea escuchado y aceptado de forma fecunda. Y es que «la globalización no es, a priori, ni buena ni mala —afirma Juan Pablo II—. Será lo que la gente haga de ella. Ningún sistema es un fin en sí mismo, y es necesario insistir en que la globalización, como cualquier otro sistema, debe estar al servicio de la persona humana, de la solidaridad y del bien común».3 Son ya 25 años de camino y de discernimiento evangélico–ético los que están detrás de tales afirmaciones.

2. ¿DESDE CUÁNDO JUAN PABLO II HABLÓ DE ESTO?

La globalización y el Gran Jubileo del año 2000

Al inicio de su pontificado Juan Pablo II enfrentó con éxito el descrédito de la doctrina social de la Iglesia.4 Con la década en que fueron escritas las tres encíclicas sociales5 se abrió paso una visión renovada de esta doctrina social con al menos tres características fundamentales: es parte de la misión evangelizadora de la Iglesia (cfr. Sollicitudo Rei Socialis 41) y parte esencial de la nueva evangelización (cfr. Centesimus Annus 5); pertenece por su naturaleza a la disciplina de la teología moral y no es ninguna tercera vía, ni mucho menos una ideología (cfr. Sollicitudo Rei Socialis 41); y tiene una eminente dimensión práctica que la lleva a ser estímulo y fundamento para la acción, tanto que se hace creíble por el testimonio de las obras y no por su lógica interna (cfr. Centesimus Annus 57).

En la década de los 90, la doctrina social se inscribe en el escenario de la preparación y realización del Gran Jubileo del año 2000, y recuerda Juan Pablo II que «el año jubilar debía ser de ese modo el restablecimiento de [la] justicia social» (Tertio Millennio Adveniente, 13). En este marco, la solicitud de condonación o reducción de la «deuda internacional» de los países empobrecidos y en vías de desarrollo (cfr. Ibid. 51) se entiende como parte de este programa que restablece la justicia social. Y es en ese camino de la Iglesia dentro del escenario mundial, en la última década del siglo XX e inicios del XXI, que Juan Pablo II centra parte de su mensaje en aprovechar la globalización como vehículo para extender la solidaridad a todos los niveles de relación humana, sin excluir a nadie y en atención a toda la persona. Para buscarlo la Iglesia basa el discernimiento ético sobre la globalización en dos principios: «el primero es el valor inalienable de las personas humanas y de todo orden social... El segundo es el valor de las culturas humanas que ningún poder externo tiene el derecho de menoscabar y menos aún de destruir. La globalización no debe ser un tipo de colonialismo».6

De frente al nuevo siglo de la era cristiana, la «nueva imaginación de la caridad» a la que invita Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte (cfr. n. 50) encuentra en la globalización su pretexto, su contexto y su desafío, y en los principios morales arriba señalados su punto de arranque.

3. ¿QUÉ ES LA GLOBALIZACIÓN PARA JUAN PABLO II?

Más allá de la discusión “globalización o mundialización”, sin polemizar de forma directa con los principales autores de finales del siglo sobre el tema de la globalización,7 pero no por ello desconociendo el debate y la complejidad y movilidad del fenómeno presente ante nuestros ojos e invasor de nuestro ambiente familiar, laboral, social, cultural —incluso eclesial—, Juan Pablo II simplemente aferra las características generales del proceso de globalización y las adereza con particularidades según el auditorio y la circunstancia se lo permitan. De 1991 a la fecha encontramos alrededor de unas treinta referencias en su Magisterio. Lo primero es la constatación del fenómeno, de su complejidad y de su rápida evolución. Así percibe Juan Pablo II la globalización:

«La globalización es una característica del mundo actual... Se trata de un proceso que se impone debido a la mayor comunicación entre las diversas partes del mundo, llevando prácticamente a la superación de las distancias, con efectos evidentes en campos muy diversos» (Ecclesia in America 20).

Es el término que mejor connota la actual evolución histórica.8

Está dominada por la economía,9 concretamente por el comercio y «su característica principal es la creciente eliminación de las barreras que dificultan el movimiento de las personas, del capital y de los bienes. Representa una especie de triunfo del mercado y de su lógica que, a su vez, produce rápidos cambios en los sistemas sociales y en las culturas. Muchas personas, especialmente las más pobres, la viven como una imposición, más que como un proceso en el que pueden participar activamente».10

Para Juan Pablo II la globalización es sinónimo de interdependencia (cfr. Centesimus Annus 27) que involucra personas, familias, empresas, Estados, etc., pero este fenómeno es ambivalente, es decir, que se encuentra a mitad del camino entre un bien potencial y un daño social para toda la humanidad.11

Luces y sombras de la globalización

Las características positivas de la globalización —de este bien potencial— están diseminadas en varios de los mensajes, discursos y exhortaciones de Juan Pablo II, sin embargo, parece dominar en el análisis la identificación de límites, errores y peligros. Respecto a estas características negativas de la globalización que provocan un daño social y que se imponen como retos también para la acción de la Iglesia, sin pretender ser exhaustivos, Juan Pablo II identifica las siguientes:

a. La lógica del mercado genera una nueva cultura que reduce la actividad pública y el voluntariado a todos los niveles. El individualismo y desinterés por lo social se expanden. El mercado impone su escala de valores de forma que se mueven los horizontes de sentido y los referentes de la vida válidos en otro tiempo.

b. Existe el riesgo de destruir las estructuras sociales construidas con esmero a través del tiempo, obligando a la adopción de nuevos estilos de vida, de organización y de trabajo en donde no todos salen ganando ni se sienten a gusto.

c. A los veloces descubrimientos en el campo biomédico, por ejemplo, no le sigue una adecuada legislación: «nos encontramos aquí ante el aumento prometeico del poder sobre la naturaleza humana, hasta el punto que el mismo código genético humano se mide en términos de costos y beneficios».

d. Aparecen modelos éticos utilitaristas, es decir, que priorizan la innovación técnica y la eficiencia sobre la dignidad de las personas, transgrediendo el principio de que los sistemas son para el hombre y no al revés. También hay que tener cuidado con las éticas que promueven una visión relativista de las normas que garantizan el bien común.12

e. La globalización está causando todavía más pobreza, desigualdad e injusticia: «En un mundo controlado por las naciones ricas y poderosas, África [por ejemplo] se ha convertido prácticamente en un apéndice sin importancia, a menudo olvidado y descuidado por todos» (Ecclesia in Africa, 40). Las personas, familias, grupos y naciones débiles cargan con el peso de la injusta distribución de los bienes,13 y algunos llegan al punto de quedar excluidos de participar en esta economía global.14

f. «¿Y que decir de la globalización cultural producida por la fuerza de los medios de comunicación social? Estos imponen nuevas escalas de valores por doquier, a menudo arbitrarios y en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy difícil mantener viva la adhesión a los valores del Evangelio» (Ecclesia in America 20).15

4. ¿CÓMO ENTIENDE EL PAPEL DE LA IGLESIA EN ESTE PROCESO DE GLOBALIZACIÓN EL PAPA JUAN PABLO II?

La Iglesia de frente a la globalización16

Ante todo este panorama desafiante, Juan Pablo II asegura que «la Iglesia seguirá colaborando con todas las personas de buena voluntad para asegurar que en este proceso [de la globalización] triunfe la humanidad entera, y no sólo una élite rica que controla la ciencia, la tecnología, la comunicación y los recursos del planeta en detrimento de la gran mayoría de sus habitantes. La Iglesia espera ardientemente que todos los elementos creativos de la sociedad contribuyan a promover una globalización que esté al servicio de toda la persona y de todas las personas».17 De forma que el mensaje y actitud de la Iglesia es clara: la globalización tiene que ser puesta al servicio de todos los hombres y del bien común. Además, debe considerar prioritariamente a los más débiles dentro y por causa de la misma globalización. La Iglesia debe, pues, “globalizar la solidaridad” desde y con su acción pastoral considerada integralmente (teología, pastoral, evangelización, catequesis, pastoral litúrgica y social, etc.).

5. ¿POR QUÉ LA SOLIDARIDAD COMO RESPUESTA?

En el mensaje a los participantes a la conferencia internacional sobre el tema Confronting globalization: global governance and politics of development (29.IV.04), Juan Pablo II ratificó el reto de dar vida a una organización solidaria individuando las causas de los desequilibrios económicos y sociales, y proyectando decisiones operativas que aseguren a todos un porvenir bajo el signo de la solidaridad y de la esperanza.18 Solidaridad y esperanza pueden considerarse los ejes transversales que recorren todas las directrices de acción de Juan Pablo II al inicio de este siglo. Solidaridad y esperanza fundadas en el resplandor de la verdad.

Se puede considerar que la intuición de Juan Pablo II de proponer la solidaridad como expresión del compromiso cristiano y como vía de acceso al bien común, parte del hecho que el concepto solidaridad ha adquirido un valor relevante en la sociedad postmoderna occidental, tiene nuevos significados y connotaciones si bien de matriz filantrópica, altruista, secular e incluso mediática.19 Hablar de solidaridad se ha convertido, incluso, en una moda20 a la que los cristianos deberán permanecer atentos para no reducirla perdiendo la fundamentación y proyección cristiana. La solidaridad cristiana puede ser un concepto y un hábito aceptados por la sociedad post–moderna, propuesta con la que la Iglesia acerca su mensaje de salvación y de amor a los hombres de hoy.21 Pero también puede ser, en su puesta en práctica por parte de los cristianos y las comunidades católicas, un testimonio válido y creíble del mensaje evangélico.

6. ¿QUÉ ES LO ESPECÍFICO DE LA SOLIDARIDAD CRISTIANA?

En la encíclica Sollicitudo Rei Sociales Juan Pablo II veía una conexión lógica y natural: «la interdependencia debe convertirse en solidaridad, fundada en el principio de que los bienes de la creación están destinados a todos», y definía la solidaridad en términos de reconocimiento del otro como persona —con dignidad, derechos y deberes—, con una personalidad y capacidad de aportar siempre a la construcción del bien común (cfr. Sollicitudo Rei Socialis 39). La solidaridad es la voluntad firme y perseverante de empeñarse por el bien común (cfr. Ibid. 38); es virtud cristiana que se supera a sí misma en la gratuidad, el perdón y la reconciliación (cfr. Ibid. 40). La solidaridad cristiana empuja el compromiso para pasar del «simple compartir» al «sentirse todos responsables de todo», y del «trabajar por el bien común» a la actitud del que «asume como propia la causa justa del prójimo», nivel este último que emerge del comprender y sumir la lucha por la justicia de la que hablan las Bienaventuranzas en el Evangelio.

La Iglesia misma —como actor activo en la historia humana pero sin pretensión de poder temporal—, «sacramento universal de salvación» (Lumen Gentium 1), está llamada a vivir esta solidaridad. Afirmó Juan Pablo II en Ecclesia in Africa: «La Iglesia, como familia de Dios en la tierra, debe ser signo vivo e instrumento eficaz de solidaridad universal, para la edificación de una comunidad de justicia y de paz de dimensiones planetarias. Solamente surgirá un mundo mejor si se construye sobre sólidos fundamentos de sanos principios éticos y espirituales» (n. 114). La apuesta es, entonces, según Juan Pablo II, el desarrollo de un ethos social solidario que permita y facilite humanizar el proceso de globalización.

7. ¿QUÉ LÍNEAS DE ACCIÓN DIO EL PAPA JUAN PABLO II PARA GLOBALIZAR LA SOLIDARIDAD?

Fiel a la concepción de la enseñanza social de la Iglesia de Pablo VI a la fecha, que «frente a situaciones tan diversas nos es difícil [al Magisterio pontificio] pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con valor universal» (OA 4), Juan Pablo II indica en esta llamada a «globalizar la solidaridad» una directriz de acción lo suficientemente amplia en una «aldea global». La directriz de acción deberá ser contextualizada, discernida y concretada por cada comunidad —sea civil que eclesial—, según sus propios recursos y generosidad sobre todo al momento de establecer con creatividad las acciones concretas que se deben ejecutar. El ejercicio anterior se descubre, por ejemplo, en los resultados de cada uno de los Sínodos Continentales realizados en torno al año 2000, como preparación al paso de la Iglesia —viva y presente en cada Iglesia local—, de un milenio cristiano a otro.

Para la Iglesia en Europa

Para Europa globalizar la solidaridad significa «servir a la caridad» para hacer crecer la cultura de la solidaridad; «redescubrir el sentido auténtico del voluntariado cristiano» para llevarlo de la filantropía a la altura de la caridad de Cristo; reconquistar la conciencia de la dignidad de cada hombre; «salir al encuentro de las necesidades de las personas, iniciando —si es preciso— nuevos caminos allí donde más urgentes son las necesidades» (Ecclesia in Europa 85). «Además, Europa debe convertirse en parte activa en la promoción y realización de una globalización ‘en’ la solidaridad. A ésta, como una condición se debe añadir una especie de globalización ‘de la’ solidaridad y de sus correspondientes valores de equidad, justicia y libertad» (Ibid. 112). La invitación a Europa es a que no atesore para sí, sino «que se enriquezca en orden a Dios» (cfr. Lc 12, 21).

Para la Iglesia en África

Para África desarrollar la «virtud de la solidaridad» derivará en contribuir a globalizarla,22 y esto pasa por desarrollar una «actitud de diálogo», por crear estructuras y medios que lo garanticen, a fin de favorecer la «solidaridad pastoral orgánica». Este diálogo ad intra se deberá extender, también, al diálogo ecuménico y con los musulmanes (cfr. Ecclesia in Africa, 65–66). Lo anterior contribuye a construir una «verdadera cultura de la paz» (Ibid. 138).

Para la Iglesia en Oceanía

Dado el proceso de evangelización en Oceanía no se puede hablar, todavía, de la directriz de globalizar la solidaridad cristiana. La sensibilidad de los Padres Sinodales y sus necesidades pastorales son de otro tipo.

Para la Iglesia en Asia

Para Asia el trabajo de «comunión ad intra contribuye a la solidaridad entre las iglesias particulares» (Ecclesia in Asia 26), y este camino se hace necesario por las diferencias lingüísticas, ideológicas, rituales, etc., que provocan división. Pero también hay un llamado concreto a la solidaridad con lo pobres en los siguientes términos: «La solidaridad con los pobres resulta más creíble si los cristianos viven con sencillez, siguiendo el ejemplo de Jesús» (Ibid. 34). El compromiso de la Iglesia debe ser más proactivo y colaborador: en «el servicio a la familia humana, la Iglesia se dirige a todos los hombres y las mujeres sin distinción, esforzándose por construir juntamente con ellos la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, la justicia, la solidaridad y la libertad, que encuentran su plenitud en Cristo» (Ibid. 32).

Para la Iglesia en América

Si bien para los Padres Sinodales el tema requería ser tratado en términos de construcción de la comunión,23 para Juan Pablo II las cosas se resuelven sobre el terreno de la justicia social y de la profunda actitud solidaria.24 Dice Juan Pablo II: «La economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios de la justicia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que han de ser capacitados para protegerse en una economía globalizada, y ante las exigencias del bien común internacional... La Iglesia en América está llamada no sólo a promover una mayor integración entre las naciones, contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultura globalizada de la solidaridad (cfr. Propositio 67), sino también a colaborar con los medios legítimos en la reducción de los efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles, especialmente en el campo económico, y la pérdida de los valores de las culturas locales a favor de una mal entendida homogeneización» (Ecclesia in America 55).

Evidentemente que en un continente caracterizado por la disimetría, dado que el Norte es rico y desarrollado y el Sur empobrecido y en vías de desarrollo, la globalización de la solidaridad exige un camino doble: del Norte hacia el Sur extendiendo las posibilidades de desarrollo (cfr. Centesimus Annus 58), y del Sur hacia el Norte extendiendo la fe, la religión cristiana y sus valores hacia las sociedades secularizadas y en proceso de descristianización.25

Otras directrices de acción

Otro reto es el de construir nuevas formas de solidaridad en el mundo del trabajo: «aunque el cambio actual es profundo, deberá ser aún más intenso el esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad para tutelar la dignidad del trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las instituciones afectadas».26

También, es necesario educar a las nuevas generaciones a la solidaridad, a fin de propiciar la solidaridad entre generaciones dada la erosión cultural propia del tiempo presente.27 Por otro lado, es de vital importancia que la actividad política regule los mercados según los criterios de la solidaridad.28 Esto implica, necesariamente, intensificar la colaboración entre actores políticos y actores del mundo de la economía.29

En el Mensaje a la Cáritas Internacional, con ocasión de su XVII Asamblea, el Papa plantea al menos cuatro directrices de esta globalización de la solidaridad: buscar equilibrar las relaciones entre naciones ricas y pobres; superar los programas y las políticas que atienden aspectos parciales de los problemas; trabajar en relación estrecha y constante con las organizaciones internacionales; y, para nosotros los cristianos, pero también para todos los hombres, la exigencia de un verdadero camino espiritual: «la conversión de las mentalidades y de las personas».30

La tarea es concreta pero no sencilla: se trata de desarrollar un «concepto de una globalización éticamente responsable»,31 es decir, solidaria, que permita el paso de la simple «cooperación económica» a la «cooperación social y cultural»,32 a fin de construir juntos el futuro.

8. ¿TODO ESTO QUE PROPONE JUAN PABLO II ES VIABLE, ES POSIBLE REALIZARLO EN LO CONCRETO, O ES UNA UTOPÍA EN EL SENTIDO PEYORATIVO DEL TÉRMINO?

La radicalidad evangélica exige astucia y mansedumbre: astucia para discernir y detectar las oportunidades para que el Evangelio fermente la cultura y el ethos social, y mansedumbre para trabajar con paciencia y firmeza en dicho proyecto. En la todavía joven era cristiana, el actual proceso dominante llamado globalización o mundialización, no obstante los debates en torno a sus fuentes, características, contenidos y futuro, provoca en la Iglesia la necesidad de buscar cosas nuevas en el Evangelio que jamás pierde actualidad. A Juan Pablo II le ha correspondido aceptar esta provocación a finales del siglo XX y principios del siglo XXI, y ha venido un resultado que es toda una propuesta ad hoc para inculturar el Evangelio: la propuesta de “globalizar la solidaridad”. No en vano parece que trabajaba en una posible encíclica sobre la caridad en términos de “globalizar la solidaridad”, pero la llamada a la casa del Padre lo encontró el 2 de abril pasado antes de terminar.

De la letra al hecho hay mucho trecho”, dice un dicho popular. Pues bien, yo creo que “globalizar la solidaridad” no se percibe ahora como un proyecto que esté en marcha, pues domina la globalización de la economía y el dominio de la lógica del mercado —con sus aspectos positivos y negativos—, pero se viene construyendo toda una reflexión y acción que ha comenzado a desbordar los ámbitos eclesiales y pastorales en torno a la necesidad de que la globalización tome otro rumbo, que esté regida bajo otra lógica y que sea aprovechada como un medio idóneo para un más de humanidad, ahora interconectada planetariamente a todos los niveles de la actividad humana.

El deseo y llamada de Juan Pablo II a globalizar la solidaridad —no obstante que algunos resultados se han conseguido como la condonación parcial o total de la deuda internacional de algunos países pobres—, tiene todavía un rostro desfigurado y pocos actores operando el proyecto. Al Magisterio pontificio no le corresponde descifrar todo el mapa de su realización, ni tiene el poder en los ámbitos de la actividad temporal para imponer su visión, pero tiene la verdad sobre el hombre revelada en Cristo y su Evangelio como punto de partida para proclamar que ¡es posible globalizar la solidaridad!

Por ahora es más un deseo y un proyecto que se vislumbra viable sólo si se cumplen tres condiciones:

  1. Que el hombre supere —como fruto de un proceso de largo plazo de crear un nuevo humanismo—, la visión que tiende a reducirlo a materialidad, a inmanencia, a consumo, a objeto, a medio, todo ello con el fin de re–encontrarse y re–proyectarse en el futuro con esperanza.

  2. Que la Iglesia —en cada lugar y tiempo— sepa discernir la realidad social en la que se encuentra inmersa y de la que absorbe valores y antivalores, a fin de guiar su permanente necesidad de conversión para que, con la autoridad moral de las obras, sea creíble su mensaje.

  3. Si se logra dar a la solidaridad, como valor aceptado por todos (sin distinción de ideología, religión y condición social), una profundidad que la visión cristiana de la persona y la vida social posee, y que forma parte de la doctrina social de la Iglesia.

Las condiciones arriba mencionadas se convierten en parte de la tarea previa que el Duc in altum exige a la Iglesia en este momento de la historia para hacer que, poco a poco, se globalice la solidaridad.

NOTAS:

1. Sobre la valoración de un método inductivo es ilustrativa esta confesión de JUAN PABLO II sobre la fenomenología: «La fenomenología es, ante todo, un estilo de pensamiento de relación intelectual con la realidad, cuyos rasgos esenciales y constitutivos se quieren captar evitando prejuicios y esquematismos. Quisiera decir que es casi una actitud de caridad intelectual con el hombre y el mundo y, para el creyente, con Dios, principio y fin de todas las cosas. Para superar la crisis de sentido, que afecta a una parte del pensamiento moderno, en la encíclica Fides et Ratio (cfr. n. 83), quise insistir en la apertura a la metafísica, y la fenomenología puede dar a esa apertura una contribución significativa». «Alocución de JUAN PABLO II a la Delegación del Instituto Mundial de Fenomenología de Hanover», 22.III.2003, en L’Osservatore Romano (en español), 28.III.03, pág. 6.

2. «In particolare, il fenomeno della globalizzazione, che è il nome nuovo della questione sociale, impone di fare ogni sforzo per fare convergere le forze in campo verso un autentico spirito di fraternità». «Una coalizione a favore di un lavoro dignitoso», n. 4. Discorso di Giovanni Paolo II all’Associazioni Cristiani Lavoratori Italiani, 27 aprile, 2002, en La Traccia. L’insegnamento di Giovanni Paolo II, n. 4, maggio, 2002, Roma, pp. 326–327.

3. «La globalización debe estar al servicio de la persona humana, de la solidaridad y del bien común», n. 2. Discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, 27.IV.2001, en L’Osservatore Romano (en español), 11.V.01, p. 4.

4. Fue emblemático su Discurso inaugural de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en Puebla de los Ángeles, en México. Sin embargo, nos muestra la claridad de su pensamiento al respecto en la entrevista realizada por el Filósofo POSSENTI Vittorio, días antes de ser nombrado Sumo Pontífice, y que fue publicada por primera vez años más tarde por la revista Il Nuevo Areopago, anno 10, n. 1, Bologna, 1991, pp. 8–61. Recientemente también editado por la Lateran University Press, Roma, 2003.

5. Laborem Exercens, 1981; Sollicitudo Rei Socialis, 1987 y Centesimus Annus, 1991.

6. «La globalización debe estar al servicio de la persona humana...», op. cit., n. 2.

7. Cfr. por ejemplo, HUNTINGTON P., «The clash of Civilizations?», en Foreign Affairs, vol. 72, n. 5, Summer 1993; FUKUYAMA F., El fin de la historia y el último hombre, Planeta–De Agostini, Barcelona, 1996; HUNTINGTON P., El orden político en las sociedades en cambio, Paidós Ibérica, Barcelona, 1997, entre otros.

8. Cfr. «L’amore e l’accoglienza costituiscono la prima e più efficace forma di evangelizzazione», n. 3. Discorso del Papa ai partecipanti all’Assemblea Plenaria del Pontificio Consiglio della Pastorale per i Migranti e gl’Itineranti, en L’Osservatore Romano (en italiano), 19.V.04, p. 5.

9. «La globalización es, con mucha frecuencia, resultado de factores económicos que hoy más que nunca determinan las decisiones políticas, legales y bioéticas, a menudo en detrimento de los intereses humanos y sociales». «En los avances científicos y en la globalización se debe respetar siempre la dignidad humana», n. 4. Discurso de Juan Pablo II a la Conferencia Internacional sobre Globalización y Educación Católica Superior, 5.XII.2002, en L’Osservatore Romano (en español), 13.XII.02, pág. 4.

10. «La globalización debe estar al servicio de la persona humana...», op. cit., n. 2.

11. Cfr. Discorso ai partecipanti all’incontro promosso dalla fondazione «Etica ed Economia» di Bassano del Grappa, n. 4, 17.V.2001, en Bollettino, Sala Stampa della Santa Sede, n. 0280, 17.V.01.

12. Cfr. «La globalización debe estar al servicio de la persona humana...», op. cit, nn. 3 y 4.

13. Dice JUAN PABLO II en Ecclesia in Oceania, por ejemplo: «Le nazioni più piccole dell’Oceania sono particolarmente vulnerabili alle politiche economiche basate su una filosofia sociale di questo tipo [razionalismo economico], che ha un senso affievolito della giustizia distributiva, ed è troppo poco preoccupata che ciauscuno abbia le cose necessarie alla vita nonché uno sviluppo umano integrale» n. 27.

14. «Muchos países asiáticos no pueden entrar en una economía global de mercado», Ecclesia in Asia 39.

15. También se repite esta preocupación en Ecclesia in Asia: «Tal vez es aún más significativo el aspecto de una globalización cultural, que resulta posible por los medios modernos de comunicación: está rápidamente llevando a las sociedades asiáticas a una cultura consumista global, secularizada y materialista. Tiene como consecuencia la erosión de la familia tradicional y de los valores sociales que hasta ahora han sostenido a los pueblos y sociedades», n. 39.

16. Un acercamiento al tema se encuentra en CREPALDI Giampaolo Mons., «La chiesa e la globalizzazione», en Salesianum, Annus LXVI, n. 1, LAS, Roma, 2004, pp. 109–117.

17. «La globalización debe estar al servicio de la persona humana...», op. cit, n. 5.

18. Cfr. Bollettino della Sala Stampa della Santa Sede, n. 0209, 30.IV.04.

19. De hecho la literatura sobre la solidaridad se ha multiplicado. Sólo por citar algunos ejemplos cfr. VIDAL Marciano, Para comprender la solidaridad, Verbo Divino, Madrid, 1996; GARCÍA Roca J., «Condiciones de una solidaridad digna del hombre», en Éxodo, n. 34, 1996; VELASCO J. Martín, «Hacia una cultura de la solidaridad», en Corintios XIII, n. 80, 1996. También la revista de Teología Pastoral de la Universidad de Comillas, Sal Terrae, enero de 2004, dedicada al tema: «Espiritualidad y cooperación internacional: hacia una síntesis entre fe y solidaridad cristianas».

20. Cfr., ARANGUREN Gonzalo Luis, «Ser solidario, más que una moda», en Caritas española, año XLVI, Suplemento, X. 97, págs. 17–28; también publicado en Cuestión Social, año 7, n. 4, IMDOSOC, México, diciembre–febrero.1999–2000, págs. 349–366.

21. Reflexiones sobre el problema de la relación Iglesia–cultura postmoderna se pueden ver, por ejemplo, en: POUPARD Cardenal Paul, «L’Église catholique face aux défis de la modernité», en Modernitat i religió, Annals XII Universitat d’Estiu, Andorra 1995, pp. 93–108; SÁNCHEZ DE TOCA Alameda Melchor, «Modernidad, postmodernidad y valores cristianos», en Cuestión Social, año 9, n. 2, abril–junio.2001, IMDOSOC, México, págs. 135–150.

22. Aun cuando en la exhortación no se hable explícitamente de «globalizar la solidaridad».

23. «Por eso, —dicen los Obispos en su Propositio 67— ‘la solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el misterio de Dios uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto por todos. Se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de los otros, especialmente de los más necesitados’» Ecclesia in America 52.

24. Para profundizar este punto puede verse: BERNAL Sergio, SJ, «Globalización y solidaridad en el Sínodo de América», en Ecclesia, volumen XIII, no. 3, VII–IX, Instituto de Ciencias Humanas–Universidad del Mayab 1999, págs. 317–337; también publicado por Cuestión Social, año 8, n. 2, abril–junio.2000, IMDOSOC, México, págs. 133–147.

25. Cfr. TURCOTTE Cardenal Jean–Claude, «La solidaridad en la Iglesia de América. Reflexión sobre la exhortación apostólica Ecclesia in America», publicado en francés en La Documentation Catholique, n. 2202, 18.IX.99, y en español en Cuestión Social, año 7, n. 2, junio–agosto.1999, IMDOSOC, México, págs. 113–118. Cfr. también GUZMÁN Carriquiry, «América Latina; globalización e identidad», en Cuestión Social, año 11, n. 1, enero–marzo.2003, IMDOSOC, México, págs. 56–70.

26. «Ante la globalización es preciso imaginar y construir nuevas formas de solidaridad», n. 4. Mensaje de JUAN PABLO II a la Conferencia Internacional en el XX aniversario de la Laborem Exercens, en L’Osservatore Romano (en español), 21.IX.01, pág. 6.

27 Cfr. «Fomentar la solidaridad entre las generaciones especialmente con los niños y los ancianos», n. 4. Discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, 11.IV.2002, en L’Osservatore Romano (en español), 3.V.02, pág. 5.

28. Cfr. Ibid n. 5.

29. Cfr. Bollettino, Sala Stampa della Santa Sede, n. 0280, 17.V.01, n. 4.

30. Cfr. nn. 3–5, en L’Osservatore Romano (en español) 18.VII.03, p. 4.

31. «Es necesario guiar y regular la globalización en beneficio de toda la familia humana». Discurso de Juan Pablo II a la Asamblea Plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, 2.V.2003, en L’Osservatore Romano (en español), 16.V.03, p. 4.

32. Cfr. El empresario: responsabilidad social y globalización. Mensaje de Juan Pablo II a los participantes a la Conferencia Internacional organizada por el Pontificio Consejo Justicia y Paz y la Unión Internacional de Empresarios Cristianos, 4–5.III.2004.

 
 

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