12. «Globalizar la
solidaridad»: ¿Proyecto viable?
Víctor Manuel Chávez Huitrón
Reflexiones sobre la propuesta de Juan Pablo II a los
25 años de su Pontificado
Texto originalmente publicado en la
Revista La cuestión social,
Año 12, n. 3, julio-septiembre IMDOSOC,
México 2004.
Todo se
decide, en última instancia, en hacer vida o no el Evangelio. Porque el
Evangelio se puede reducir a un conjunto de máximas, a una historia, a un
referente ocasional y hasta en un mito; pero también conocer, creer y
vivir el Evangelio —con la mayor profundidad posible— se puede convertir
en la puerta de acceso a una humanidad distinta y mejor. Ésta es la
apuesta intelectual, pastoral y espiritual
que se descubre en los 25 años de Pontificado de
Juan Pablo II:
hacer conocer y vivir el Evangelio, a fin de ayudar a que los hombres de
todos los pueblos y culturas tengan vida en abundancia (cfr.
Jn
3, 16). Pero la apuesta requiere ser contextualizada,
pues poner en práctica el Evangelio y la doctrina social cristiana no
puede ser una simple aplicación técnica o conclusión de un proceso
deductivo1 para que se realice de forma correcta y en
profundidad.
En el actual contexto mundial, tan
complejo como fascinante, el Papa ha acuñado el concepto «globalizar la
solidaridad», y va entrando —no sin fatiga— en la mentalidad de la
Iglesia, sobre todo a la hora de establecer compromisos concretos que la
realicen. A decir verdad, su contenido se va delineando poco a poco entre
«ensayo y error». Pero cabe preguntarse hasta dónde alcanza este impulso
del Papa en una época de cambios
o cambio de época.
1. ¿POR QUÉ JUAN PABLO II HABLA DE
GLOBALIZAR LA SOLIDARIDAD?
El Papa está convencido de la vitalidad y
urgencia del mensaje evangélico para el hombre contemporáneo, pero sabe
que la eficacia de esta propuesta pasa, también, a través de ese ejercicio
comunitario de «analizar con objetividad la situación propia [de cada
país], esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del
Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices
de acción...», como lo había expresado ya Pablo VI (Octogesima
Adveniens 4).
La globalización: el nuevo nombre de la
cuestión social
Y es en
el ejercicio de discernimiento realizado a nivel global —como sucesor de
Pedro y pastor de la
Iglesia universal—, en esta etapa de la historia, que emerge el fenómeno
amplio, complejo y polivalente de
la globalización:
principal y más impactante manifestación del devenir económico, político,
social, religioso y cultural de los últimos decenios de la humanidad. No
es nuevo el proceso de globalización, pero sí este tipo
en tiempo, forma, medios, contenido, fundamentos, impacto y objetivos que
consigue. Ha dicho Juan
Pablo II que
la globalización
es el nuevo nombre de la cuestión social.2
Juan Pablo II
capta con realismo
y esperanza que este
proceso llamado globalización
comporta no sólo «desafíos y amenazas», sino también «retos y
oportunidades» para que el mensaje de la Iglesia sea escuchado y aceptado
de forma fecunda. Y es que «la globalización no es, a priori,
ni buena ni mala —afirma
Juan Pablo II—. Será lo que la
gente haga de ella. Ningún sistema es un fin en sí mismo, y es necesario
insistir en que la globalización, como cualquier otro sistema, debe estar
al servicio de la persona humana, de la solidaridad y del bien común».3
Son ya 25 años de camino y de discernimiento evangélico–ético los que
están detrás de tales afirmaciones.
2. ¿DESDE CUÁNDO JUAN PABLO II HABLÓ DE ESTO?
La globalización y el Gran Jubileo del año 2000
Al
inicio de su pontificado Juan Pablo II
enfrentó con éxito el descrédito de la doctrina social de la Iglesia.4
Con la década en que fueron escritas las tres encíclicas sociales5
se abrió paso una visión renovada de esta doctrina social con al menos
tres características fundamentales: es parte de la misión evangelizadora
de la Iglesia (cfr.
Sollicitudo Rei Socialis 41) y parte
esencial de la nueva
evangelización (cfr. Centesimus Annus
5); pertenece por su naturaleza a la disciplina de la teología moral y no
es ninguna tercera vía, ni mucho menos una ideología (cfr.
Sollicitudo Rei Socialis 41); y tiene
una eminente dimensión práctica que la lleva a ser estímulo y fundamento
para la acción, tanto que se hace creíble por el testimonio de las obras y
no por su lógica interna (cfr. Centesimus Annus
57).
En la
década de los 90, la doctrina social se inscribe en el escenario de la
preparación y realización del Gran Jubileo del año 2000, y recuerda
Juan Pablo II que «el año jubilar
debía ser de ese modo el restablecimiento de [la] justicia social» (Tertio
Millennio Adveniente, 13). En este
marco, la solicitud de condonación o reducción de la «deuda internacional»
de los países empobrecidos y en vías de desarrollo (cfr. Ibid.
51) se entiende como parte de este programa que restablece la justicia
social. Y es en ese camino de la Iglesia dentro del escenario mundial, en
la última década del siglo XX e inicios del XXI, que
Juan Pablo II
centra parte de su mensaje en
aprovechar la globalización
como vehículo para extender la solidaridad
a todos los niveles de relación humana,
sin excluir a nadie y en
atención a toda la persona.
Para buscarlo la Iglesia basa el discernimiento ético sobre la
globalización en dos principios: «el primero es el valor inalienable de
las personas humanas y de todo orden social... El segundo es el valor de
las culturas humanas que ningún poder externo tiene el derecho de
menoscabar y menos aún de destruir. La globalización no debe ser un tipo
de colonialismo».6
De
frente al nuevo siglo de la era cristiana, la «nueva imaginación de la
caridad» a la que invita Juan Pablo II
en Novo Millennio
Ineunte (cfr. n. 50) encuentra en la
globalización su pretexto, su contexto y su desafío, y en los principios
morales arriba señalados su punto de arranque.
3. ¿QUÉ ES LA GLOBALIZACIÓN PARA JUAN PABLO II?
Más
allá de la discusión “globalización o mundialización”, sin polemizar de
forma directa con los principales autores de finales del siglo sobre el
tema de la globalización,7 pero no por ello desconociendo el
debate y la complejidad y movilidad del fenómeno presente ante nuestros
ojos e invasor de nuestro ambiente familiar, laboral, social, cultural
—incluso eclesial—, Juan Pablo II
simplemente aferra las características generales del proceso de
globalización y las adereza con particularidades según el auditorio y la
circunstancia se lo permitan. De 1991 a la fecha encontramos alrededor de
unas treinta referencias en su Magisterio. Lo primero es la
constatación del fenómeno,
de su complejidad
y de su rápida evolución.
Así percibe Juan Pablo
II la globalización:
—
«La globalización es una característica
del mundo actual... Se trata de un proceso que se impone debido a la mayor
comunicación entre las diversas partes del mundo, llevando prácticamente a
la superación de las distancias, con efectos evidentes en campos muy
diversos» (Ecclesia in America
20).
—
Es el término que mejor connota
la actual evolución histórica.8
—
Está dominada por la economía,9
concretamente por el comercio y «su característica principal es la
creciente eliminación de las barreras que dificultan el movimiento de las
personas, del capital y de los bienes. Representa una especie de triunfo
del mercado y de su lógica que, a su vez, produce rápidos cambios en los
sistemas sociales y en las culturas. Muchas personas, especialmente las
más pobres, la viven como una imposición, más que como un proceso en el
que pueden participar activamente».10
Para
Juan Pablo II la
globalización
es sinónimo de interdependencia
(cfr. Centesimus Annus 27)
que involucra personas, familias, empresas, Estados, etc., pero este
fenómeno es ambivalente, es decir, que se encuentra a mitad del camino
entre un bien potencial y
un daño social para toda la
humanidad.11
Luces y sombras de la globalización
Las
características positivas de la globalización —de este bien
potencial— están diseminadas en
varios de los mensajes, discursos y exhortaciones de
Juan Pablo II,
sin embargo, parece dominar en el análisis la identificación de límites,
errores y peligros. Respecto a estas características negativas de la
globalización que provocan un
daño social
y que se imponen como retos también para la acción de la Iglesia, sin
pretender ser exhaustivos,
Juan Pablo II identifica las
siguientes:
a. La lógica del mercado genera una nueva cultura que
reduce la actividad pública y el voluntariado a todos los niveles. El
individualismo y desinterés por lo social se expanden. El mercado impone
su escala de valores de forma que se mueven los horizontes de sentido y
los referentes de la vida válidos en otro tiempo.
b. Existe el riesgo de destruir las estructuras
sociales construidas con esmero a través del tiempo, obligando a la
adopción de nuevos estilos de vida, de organización y de trabajo en donde
no todos salen ganando ni se sienten a gusto.
c. A los veloces descubrimientos en el campo biomédico,
por ejemplo, no le sigue una adecuada legislación: «nos encontramos aquí
ante el aumento prometeico del poder sobre la naturaleza humana, hasta el
punto que el mismo código genético humano se mide en términos de costos y
beneficios».
d. Aparecen modelos éticos utilitaristas, es decir,
que priorizan la innovación técnica y la eficiencia sobre la dignidad de
las personas, transgrediendo el principio de que los sistemas son para el
hombre y no al revés. También hay que tener cuidado con las éticas que
promueven una visión relativista de las normas que garantizan el bien
común.12
e. La globalización está causando todavía
más pobreza, desigualdad e injusticia: «En un mundo controlado por las
naciones ricas y poderosas, África [por ejemplo] se ha convertido
prácticamente en un apéndice sin importancia, a menudo olvidado y
descuidado por todos» (Ecclesia in Africa,
40). Las personas, familias, grupos y naciones débiles cargan con el peso
de la injusta distribución de los bienes,13 y algunos llegan al
punto de quedar excluidos de participar en esta economía global.14
f. «¿Y que decir de la globalización
cultural producida por la fuerza de los medios de comunicación social?
Estos imponen nuevas escalas de valores por doquier, a menudo arbitrarios
y en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy difícil mantener
viva la adhesión a los valores del Evangelio» (Ecclesia in
America 20).15
4. ¿CÓMO ENTIENDE EL PAPEL DE LA IGLESIA EN ESTE
PROCESO DE GLOBALIZACIÓN EL PAPA JUAN PABLO II?
La
Iglesia de frente a la globalización16
Ante
todo este panorama desafiante, Juan Pablo II
asegura que «la Iglesia seguirá colaborando con todas las personas de
buena voluntad para asegurar que en este proceso [de la globalización]
triunfe la humanidad entera, y no sólo una élite rica que controla la
ciencia, la tecnología, la comunicación y los recursos del planeta en
detrimento de la gran mayoría de sus habitantes. La Iglesia espera
ardientemente que todos los elementos creativos de la sociedad contribuyan
a promover una
globalización que esté al servicio de toda la persona y de todas las
personas».17 De forma que
el mensaje y actitud de la Iglesia es clara: la globalización tiene que
ser puesta al servicio de todos los hombres y del bien común. Además, debe
considerar prioritariamente a los más débiles dentro
y por causa de la misma
globalización. La Iglesia debe, pues, “globalizar la solidaridad” desde y
con su acción pastoral considerada integralmente (teología, pastoral,
evangelización, catequesis, pastoral litúrgica y social, etc.).
5. ¿POR QUÉ LA SOLIDARIDAD COMO RESPUESTA?
En el
mensaje a los participantes a la conferencia internacional sobre el tema
Confronting globalization: global governance and politics of
development (29.IV.04),
Juan Pablo II
ratificó el reto de dar vida a una organización solidaria individuando las
causas de los desequilibrios económicos y sociales, y proyectando
decisiones operativas que aseguren a todos un porvenir bajo el signo de la
solidaridad y de la esperanza.18
Solidaridad
y esperanza pueden
considerarse los ejes transversales que recorren todas las directrices de
acción de Juan Pablo II
al inicio de este siglo.
Solidaridad y esperanza
fundadas en el resplandor de la
verdad.
Se
puede considerar que la intuición de Juan Pablo II
de proponer la solidaridad como expresión del compromiso cristiano y como
vía de acceso al bien común, parte del hecho que el
concepto solidaridad
ha adquirido un valor relevante en la sociedad postmoderna occidental,
tiene nuevos significados y connotaciones si bien de matriz filantrópica,
altruista, secular e incluso mediática.19 Hablar de
solidaridad se ha convertido,
incluso, en una moda20
a la que los cristianos deberán permanecer atentos para no reducirla
perdiendo la fundamentación y proyección cristiana. La solidaridad
cristiana puede ser un concepto y un hábito aceptados por la sociedad
post–moderna, propuesta con la que la Iglesia acerca su mensaje de
salvación y de amor
a los hombres de hoy.21 Pero
también puede ser, en su puesta en práctica por parte de los cristianos y
las comunidades católicas, un testimonio válido y creíble del mensaje
evangélico.
6. ¿QUÉ ES LO ESPECÍFICO DE LA SOLIDARIDAD
CRISTIANA?
En la
encíclica Sollicitudo Rei Sociales
Juan Pablo II
veía una conexión lógica y natural: «la
interdependencia
debe convertirse en solidaridad,
fundada en el principio de que los bienes de la creación están destinados
a todos», y definía la solidaridad en términos de reconocimiento del
otro como persona —con dignidad,
derechos y deberes—, con una personalidad y capacidad de aportar siempre a
la construcción del bien común (cfr. Sollicitudo Rei Socialis
39). La solidaridad es la voluntad firme y perseverante de empeñarse por
el bien común (cfr. Ibid.
38); es virtud cristiana que se supera a sí misma en la gratuidad, el
perdón y la reconciliación (cfr. Ibid.
40). La solidaridad cristiana empuja el compromiso para pasar del «simple
compartir» al «sentirse todos responsables de todo», y del «trabajar por
el bien común» a la actitud del que «asume como propia la causa justa del
prójimo», nivel este último que emerge del comprender y sumir la lucha por
la justicia de la que hablan las Bienaventuranzas en el Evangelio.
La
Iglesia misma —como actor activo en la historia humana pero sin pretensión
de poder temporal—, «sacramento universal de salvación» (Lumen
Gentium 1), está llamada a vivir esta
solidaridad. Afirmó Juan
Pablo II en
Ecclesia in Africa:
«La Iglesia, como familia de Dios en la tierra, debe ser signo vivo e
instrumento eficaz de solidaridad universal, para la edificación de una
comunidad de justicia y de paz de dimensiones planetarias. Solamente
surgirá un mundo mejor si se construye sobre sólidos fundamentos de sanos
principios éticos y espirituales» (n. 114). La apuesta es, entonces, según
Juan Pablo II,
el desarrollo de un
ethos social solidario que permita y
facilite humanizar el proceso de globalización.
7. ¿QUÉ LÍNEAS DE ACCIÓN DIO EL PAPA JUAN PABLO II
PARA GLOBALIZAR LA SOLIDARIDAD?
Fiel a
la concepción de la enseñanza social de la Iglesia de Pablo VI
a la fecha, que «frente a situaciones tan diversas nos es difícil [al
Magisterio pontificio] pronunciar una palabra única, como también proponer
una solución con valor universal» (OA
4), Juan Pablo II
indica en esta llamada a «globalizar la solidaridad»
una directriz de acción lo
suficientemente amplia en una «aldea
global». La directriz de acción deberá ser contextualizada, discernida y
concretada por cada comunidad —sea civil que eclesial—, según sus propios
recursos y generosidad sobre todo al momento de establecer con creatividad
las acciones concretas que se deben ejecutar. El ejercicio anterior se
descubre, por ejemplo, en los resultados de cada uno de los Sínodos
Continentales realizados en torno al año 2000, como preparación al paso de
la Iglesia —viva y presente en cada Iglesia local—, de un milenio
cristiano a otro.
Para la Iglesia en Europa
Para
Europa globalizar la solidaridad significa «servir a la caridad» para
hacer crecer la cultura de la solidaridad; «redescubrir el sentido
auténtico del voluntariado cristiano» para llevarlo de la filantropía a la
altura de la caridad de Cristo;
reconquistar la conciencia de la dignidad de cada hombre; «salir al
encuentro de las necesidades de las personas, iniciando —si es preciso—
nuevos caminos allí donde más urgentes son las necesidades» (Ecclesia
in Europa 85). «Además, Europa debe
convertirse en parte activa en la promoción y realización de una
globalización ‘en’ la solidaridad. A
ésta, como una condición se debe añadir una especie de globalización
‘de la’ solidaridad y de
sus correspondientes valores de equidad, justicia y libertad» (Ibid.
112). La invitación a Europa es a que no atesore para sí, sino «que se
enriquezca en orden a Dios» (cfr. Lc
12,
21).
Para la Iglesia en África
Para África desarrollar la «virtud de la
solidaridad» derivará en contribuir a globalizarla,22 y esto
pasa por desarrollar una «actitud de diálogo», por crear estructuras y
medios que lo garanticen, a fin de favorecer la «solidaridad pastoral
orgánica». Este diálogo ad intra
se deberá extender, también, al diálogo ecuménico y con los musulmanes (cfr.
Ecclesia in Africa, 65–66).
Lo anterior contribuye a construir una «verdadera cultura de la paz» (Ibid.
138).
Para la Iglesia en Oceanía
Dado el proceso de evangelización en Oceanía no se
puede hablar, todavía, de la directriz de globalizar la solidaridad
cristiana. La sensibilidad de los Padres Sinodales y sus necesidades
pastorales son de otro tipo.
Para la Iglesia en Asia
Para
Asia el trabajo de «comunión ad intra
contribuye a la solidaridad entre las iglesias particulares» (Ecclesia
in Asia 26), y este camino se hace
necesario por las diferencias lingüísticas, ideológicas, rituales, etc.,
que provocan división. Pero también hay un llamado concreto a la
solidaridad con lo pobres en los
siguientes términos: «La solidaridad con los pobres resulta más creíble si
los cristianos viven con sencillez, siguiendo el ejemplo de
Jesús»
(Ibid.
34). El compromiso de la Iglesia debe ser más proactivo y colaborador: en
«el servicio a la familia humana, la Iglesia se dirige a todos los hombres
y las mujeres sin distinción, esforzándose por construir juntamente con
ellos la civilización del amor, fundada en los valores universales de la
paz, la justicia, la solidaridad y la libertad, que encuentran su plenitud
en Cristo»
(Ibid.
32).
Para la Iglesia en América
Si bien
para los Padres Sinodales el tema requería ser tratado en términos de
construcción de la comunión,23
para Juan Pablo II
las cosas se resuelven sobre el terreno de la
justicia social
y de la profunda actitud solidaria.24
Dice Juan Pablo II:
«La economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios de
la justicia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que
han de ser capacitados para protegerse en una economía globalizada, y ante
las exigencias del bien común internacional... La Iglesia en América está
llamada no sólo a promover una mayor integración entre las naciones,
contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultura globalizada de la
solidaridad (cfr.
Propositio 67), sino también a
colaborar con los medios legítimos en la reducción de los efectos
negativos de la globalización, como son el dominio de los más fuertes
sobre los más débiles, especialmente en el campo económico, y la pérdida
de los valores de las culturas locales a favor de una mal entendida
homogeneización» (Ecclesia in America
55).
Evidentemente que en un continente
caracterizado por la disimetría, dado que el Norte es rico y desarrollado
y el Sur empobrecido y en vías de desarrollo, la globalización de la
solidaridad exige un camino doble: del Norte hacia el Sur extendiendo las
posibilidades de desarrollo (cfr. Centesimus Annus
58), y del Sur hacia el Norte extendiendo la fe, la religión cristiana y
sus valores hacia las sociedades secularizadas y en proceso de
descristianización.25
Otras directrices de acción
Otro reto es el de construir
nuevas formas de solidaridad en el
mundo del trabajo: «aunque el cambio actual es profundo, deberá ser aún
más intenso el esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad para tutelar
la dignidad del trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las
instituciones afectadas».26
También, es necesario educar a
las nuevas generaciones a la solidaridad,
a fin de propiciar la solidaridad entre generaciones dada la erosión
cultural propia del tiempo presente.27 Por otro lado, es de
vital importancia que la actividad política regule los mercados según los
criterios de la solidaridad.28 Esto implica, necesariamente,
intensificar la colaboración entre actores políticos y actores del mundo
de la economía.29
En el Mensaje a la Cáritas Internacional, con
ocasión de su XVII Asamblea, el Papa plantea al menos cuatro directrices
de esta globalización de la solidaridad: buscar equilibrar las relaciones
entre naciones ricas y pobres; superar los programas y las políticas que
atienden aspectos parciales de los problemas; trabajar en relación
estrecha y constante con las organizaciones internacionales; y, para
nosotros los cristianos, pero también para todos los hombres, la exigencia
de un verdadero camino espiritual: «la conversión de las mentalidades y de
las personas».30
La tarea es concreta pero no sencilla: se trata de
desarrollar un «concepto de una globalización éticamente responsable»,31
es decir, solidaria, que permita el paso de la simple «cooperación
económica» a la «cooperación social y cultural»,32 a fin de
construir juntos el futuro.
8. ¿TODO ESTO QUE PROPONE JUAN PABLO II ES VIABLE,
ES POSIBLE REALIZARLO EN LO CONCRETO, O ES UNA UTOPÍA EN EL SENTIDO
PEYORATIVO DEL TÉRMINO?
La
radicalidad evangélica exige astucia
y mansedumbre: astucia para
discernir y detectar las oportunidades para que el Evangelio fermente la
cultura y el ethos
social, y mansedumbre para
trabajar con paciencia y firmeza en dicho proyecto. En la todavía
joven era cristiana, el actual
proceso dominante llamado globalización
o mundialización, no
obstante los debates en torno a sus fuentes, características, contenidos y
futuro, provoca en la Iglesia la necesidad de buscar cosas
nuevas en el Evangelio que jamás
pierde actualidad. A
Juan Pablo II le ha correspondido
aceptar esta provocación a finales del siglo XX y principios del siglo XXI,
y ha venido un resultado que es toda una propuesta
ad hoc
para inculturar el Evangelio: la propuesta de “globalizar la solidaridad”.
No en vano parece que trabajaba en una posible encíclica sobre
la caridad en términos de “globalizar la solidaridad”, pero la llamada a
la casa del Padre lo encontró el 2 de abril pasado antes de terminar.
“De
la letra al hecho hay mucho trecho”, dice un dicho popular. Pues bien, yo
creo que “globalizar la solidaridad” no se percibe ahora como un proyecto
que esté en marcha, pues domina la globalización de la economía y el
dominio de la lógica del mercado —con sus aspectos positivos y negativos—,
pero se viene construyendo toda una reflexión y acción que ha comenzado a
desbordar los ámbitos eclesiales y pastorales en torno a la necesidad de
que la globalización tome otro rumbo, que esté regida bajo otra lógica y
que sea aprovechada como un medio idóneo para un más de
humanidad, ahora interconectada
planetariamente a todos los niveles de la actividad humana.
El
deseo y llamada de Juan Pablo II
a globalizar la solidaridad —no obstante que algunos resultados se han
conseguido como la condonación parcial o total de la deuda internacional
de algunos países pobres—, tiene todavía un rostro desfigurado y pocos
actores operando el proyecto. Al Magisterio pontificio no le corresponde
descifrar todo el mapa de su realización, ni tiene el poder en los ámbitos
de la actividad temporal para imponer su visión, pero tiene la
verdad sobre el hombre
revelada en Cristo
y su Evangelio como punto de partida para proclamar que ¡es posible
globalizar la solidaridad!
Por ahora es más un deseo y un proyecto que se
vislumbra viable sólo si se cumplen tres condiciones:
-
Que el hombre supere —como fruto de un
proceso de largo plazo de crear un nuevo humanismo—,
la visión que tiende a reducirlo a materialidad, a inmanencia, a
consumo, a objeto, a medio, todo ello con el fin de re–encontrarse y
re–proyectarse en el futuro con esperanza.
-
Que la Iglesia —en cada lugar y tiempo— sepa
discernir la realidad social en la que se encuentra inmersa y de la que
absorbe valores y antivalores, a fin de guiar su permanente necesidad de
conversión para que, con la autoridad moral de las obras, sea creíble su
mensaje.
-
Si se logra dar a la solidaridad, como valor aceptado
por todos (sin distinción de ideología, religión y condición social),
una profundidad que la visión cristiana de la persona y la vida social
posee, y que forma parte de la doctrina social de la Iglesia.
Las condiciones arriba mencionadas se
convierten en parte de la tarea previa que el Duc in altum
exige a la Iglesia en este momento de la historia para hacer que, poco a
poco, se globalice la solidaridad.
NOTAS:
1. Sobre la
valoración de un método inductivo
es ilustrativa esta confesión de JUAN PABLO II
sobre la fenomenología: «La fenomenología es, ante todo, un estilo de
pensamiento de relación intelectual con la realidad, cuyos rasgos
esenciales y constitutivos se quieren captar evitando prejuicios y
esquematismos. Quisiera decir que es casi una actitud de caridad
intelectual con el hombre y el mundo y, para el creyente, con Dios,
principio y fin de todas las cosas. Para superar la crisis de sentido, que
afecta a una parte del pensamiento moderno, en la encíclica
Fides et Ratio
(cfr. n. 83), quise insistir en la apertura a la metafísica, y la
fenomenología puede dar a esa apertura una contribución significativa».
«Alocución de JUAN PABLO
II a la Delegación del Instituto
Mundial de Fenomenología de Hanover», 22.III.2003, en
L’Osservatore Romano
(en español), 28.III.03, pág. 6.
2. «In particolare, il fenomeno della
globalizzazione, che è il nome nuovo della questione sociale,
impone di fare ogni sforzo per fare convergere le forze in campo verso un
autentico spirito di fraternità». «Una coalizione a favore di un lavoro
dignitoso», n. 4. Discorso di Giovanni Paolo II all’Associazioni
Cristiani Lavoratori Italiani, 27
aprile, 2002, en La Traccia. L’insegnamento di Giovanni Paolo II,
n. 4, maggio, 2002, Roma, pp. 326–327.
3. «La globalización debe estar al
servicio de la persona humana, de la solidaridad y del bien común», n. 2.
Discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las
Ciencias Sociales, 27.IV.2001, en
L’Osservatore Romano (en
español), 11.V.01, p. 4.
4. Fue
emblemático su Discurso inaugural de la III Conferencia del Episcopado
Latinoamericano, en Puebla de los Ángeles, en México. Sin embargo, nos
muestra la claridad de su pensamiento al respecto en la entrevista
realizada por el Filósofo POSSENTI Vittorio,
días antes de ser nombrado Sumo Pontífice, y que fue publicada por primera
vez años más tarde por la revista
Il Nuevo Areopago,
anno 10, n. 1, Bologna, 1991, pp. 8–61. Recientemente también editado por
la Lateran University Press,
Roma, 2003.
5. Laborem Exercens,
1981; Sollicitudo Rei Socialis,
1987 y Centesimus Annus,
1991.
6. «La globalización debe estar al
servicio de la persona humana...», op. cit.,
n. 2.
7. Cfr.
por ejemplo, HUNTINGTON P.,
«The clash of Civilizations?», en
Foreign Affairs,
vol. 72, n. 5, Summer 1993;
FUKUYAMA F.,
El fin de la historia y
el último hombre, Planeta–De Agostini,
Barcelona, 1996;
HUNTINGTON P.,
El orden político en las sociedades
en cambio, Paidós Ibérica, Barcelona,
1997, entre otros.
8. Cfr. «L’amore e l’accoglienza
costituiscono la prima e più efficace forma di evangelizzazione», n. 3.
Discorso del Papa ai partecipanti all’Assemblea Plenaria del
Pontificio Consiglio della Pastorale per i Migranti e gl’Itineranti,
en L’Osservatore Romano (en
italiano), 19.V.04, p. 5.
9. «La globalización es, con mucha
frecuencia, resultado de factores económicos que hoy más que nunca
determinan las decisiones políticas, legales y bioéticas, a menudo en
detrimento de los intereses humanos y sociales». «En los avances
científicos y en la globalización se debe respetar siempre la dignidad
humana», n. 4. Discurso de Juan Pablo II a la Conferencia
Internacional sobre Globalización y Educación Católica Superior,
5.XII.2002, en L’Osservatore Romano
(en español), 13.XII.02, pág. 4.
10. «La globalización debe estar al
servicio de la persona humana...», op. cit.,
n. 2.
11. Cfr. Discorso ai
partecipanti all’incontro promosso dalla fondazione
«Etica ed Economia» di Bassano del Grappa, n. 4, 17.V.2001, en
Bollettino, Sala Stampa della Santa Sede,
n. 0280, 17.V.01.
12. Cfr. «La globalización debe estar al
servicio de la persona humana...», op. cit,
nn. 3 y 4.
13.
Dice JUAN PABLO II en
Ecclesia in Oceania,
por ejemplo: «Le nazioni più piccole dell’Oceania sono particolarmente
vulnerabili alle politiche economiche basate su una filosofia sociale di
questo tipo [razionalismo economico], che ha un senso affievolito della
giustizia distributiva, ed è troppo poco preoccupata che ciauscuno abbia
le cose necessarie alla vita nonché uno sviluppo umano integrale» n. 27.
14. «Muchos países asiáticos no pueden
entrar en una economía global de mercado», Ecclesia in Asia
39.
15. También se repite esta preocupación
en Ecclesia in Asia: «Tal
vez es aún más significativo el aspecto de una globalización
cultural, que resulta posible por los
medios modernos de comunicación: está rápidamente llevando a las
sociedades asiáticas a una cultura consumista global, secularizada y
materialista. Tiene como consecuencia la erosión de la familia tradicional
y de los valores sociales que hasta ahora han sostenido a los pueblos y
sociedades», n. 39.
16. Un
acercamiento al tema se encuentra en CREPALDI Giampaolo
Mons., «La chiesa e la globalizzazione»,
en Salesianum,
Annus LXVI, n. 1, LAS,
Roma, 2004, pp. 109–117.
17. «La globalización debe estar al
servicio de la persona humana...», op. cit,
n. 5.
18. Cfr. Bollettino della Sala
Stampa della Santa Sede, n. 0209, 30.IV.04.
19. De
hecho la literatura sobre la solidaridad se ha multiplicado. Sólo por
citar algunos ejemplos cfr. VIDAL Marciano,
Para comprender la
solidaridad, Verbo Divino, Madrid,
1996; GARCÍA Roca J.,
«Condiciones de una solidaridad digna del hombre», en
Éxodo,
n. 34, 1996; VELASCO J.
Martín, «Hacia una cultura de la
solidaridad», en
Corintios XIII, n. 80, 1996. También
la revista de Teología Pastoral
de la Universidad de Comillas,
Sal Terrae, enero de 2004, dedicada
al tema: «Espiritualidad y cooperación internacional: hacia una síntesis
entre fe y solidaridad cristianas».
20. Cfr.,
ARANGUREN Gonzalo
Luis, «Ser solidario, más que una
moda», en Caritas
española, año XLVI, Suplemento, X.
97, págs. 17–28; también publicado en Cuestión Social,
año 7, n. 4, IMDOSOC, México, diciembre–febrero.1999–2000, págs. 349–366.
21.
Reflexiones sobre el problema de la relación Iglesia–cultura postmoderna
se pueden ver, por ejemplo, en: POUPARD
Cardenal Paul,
«L’Église catholique face aux défis de la modernité», en
Modernitat i religió,
Annals XII Universitat d’Estiu, Andorra 1995, pp. 93–108;
SÁNCHEZ DE TOCA Alameda Melchor,
«Modernidad, postmodernidad y valores cristianos», en
Cuestión Social,
año 9, n. 2, abril–junio.2001, IMDOSOC, México, págs. 135–150.
22. Aun cuando en la exhortación no
se hable explícitamente de «globalizar la solidaridad».
23. «Por eso, —dicen los Obispos en su
Propositio 67— ‘la
solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el misterio de Dios
uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto por todos. Se expresa
en el amor del cristiano que busca el bien de los otros, especialmente de
los más necesitados’» Ecclesia in America
52.
24.
Para profundizar este punto puede verse: BERNAL Sergio, SJ,
«Globalización y solidaridad en el Sínodo de América», en
Ecclesia,
volumen XIII, no. 3, VII–IX, Instituto de Ciencias Humanas–Universidad del
Mayab 1999, págs. 317–337; también publicado por Cuestión Social,
año 8, n. 2, abril–junio.2000, IMDOSOC, México, págs. 133–147.
25. Cfr.
TURCOTTE Cardenal
Jean–Claude, «La solidaridad en la
Iglesia de América. Reflexión sobre la exhortación apostólica
Ecclesia in America»,
publicado en francés en La Documentation Catholique,
n. 2202, 18.IX.99, y en español en Cuestión Social,
año 7, n. 2, junio–agosto.1999, IMDOSOC, México, págs. 113–118. Cfr.
también GUZMÁN
Carriquiry, «América Latina;
globalización e identidad», en
Cuestión Social,
año 11, n. 1, enero–marzo.2003, IMDOSOC, México, págs. 56–70.
26.
«Ante la globalización es preciso imaginar y construir nuevas formas de
solidaridad», n. 4. Mensaje de JUAN PABLO II
a la Conferencia Internacional en el XX aniversario de la
Laborem Exercens,
en L’Osservatore Romano (en
español), 21.IX.01, pág. 6.
27 Cfr. «Fomentar la solidaridad entre
las generaciones especialmente con los niños y los ancianos», n. 4.
Discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las Ciencias
Sociales, 11.IV.2002, en
L’Osservatore Romano (en español),
3.V.02, pág. 5.
28. Cfr. Ibid
n. 5.
29. Cfr. Bollettino, Sala
Stampa della Santa Sede, n. 0280,
17.V.01, n. 4.
30. Cfr. nn. 3–5, en
L’Osservatore Romano (en español) 18.VII.03,
p. 4.
31. «Es necesario guiar y regular la
globalización en beneficio de toda la familia humana». Discurso
de Juan Pablo II a la Asamblea Plenaria de la Academia Pontificia de las
Ciencias Sociales, 2.V.2003, en
L’Osservatore Romano (en
español), 16.V.03, p. 4.
32. Cfr. El empresario:
responsabilidad social y globalización.
Mensaje de Juan Pablo II a los participantes a la Conferencia
Internacional organizada por el Pontificio Consejo Justicia y Paz y la
Unión Internacional de Empresarios Cristianos, 4–5.III.2004.
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