4. Católicos ¿Sí o
no?
Sergio Barrón
Dos tristezas y una alegría que deberíamos tener
presentes todos los que nos decimos católicos.
Después o antes del criterio puramente humano existe
otro criterio... a lo largo de la historia del cristianismo la reputación
de la Iglesia Católica siempre se ha puesto en tela juicio. Antes de ayer
por su creación y novedad promovida por aquel hombre de Nazaret. Ayer por
su dominio y poder a nivel social, político y económico. Hoy por la mañana
por su apertura y evangelización de todos los pueblos de la tierra. En
estos momentos por el nuevo rostro y personalidad del sucesor de Pedro ¿y
mañana por...?.
Dos tristezas y una Alegría son las que deberíamos
tener presentes todos los que nos decimos católicos.
Primera tristeza
El pensamiento moderno es claramente relativista y
antihumanista. Todo tiene valor cuando es determinado por el sujeto mismo,
así la validez de las acciones y comportamientos de los demás tendrá
diferentes acepciones. Acepciones caracterizadas por tener parámetros
demasiado egoístas y discriminatorios. El otro será aceptado en la medida
que respeta las reglas de otros. ¿Quién hace éstas reglas? Cada sujeto,
por tanto no existen reglas definitivas. Vivir de esta manera deshumaniza,
pues nadie tiene el derecho de ser él mismo. Las consecuencias son claras:
la pérdida del sentido de la vida, estrés extremo, exceso de violencia,
etc. se deja de tener objetivos pues todo es subjetivo...
La tristeza primera consiste en que los niños,
adolescentes, jóvenes y adultos crecen con esta mentalidad, a veces
consciente otras inconscientemente. La tristeza se convierte realidad
cuando los católicos dejamos de hacer lo que nos corresponde y abandonamos
a nuestros hermanos en medio de tan abrumante tempestad. ¿Qué debemos
hacer para cambiar esta tristeza en alegría?
Segunda tristeza
Lo grave no es que el pensamiento moderno sea
relativista y antihumanista, sino que nosotros los católicos lo asumamos
como nuestro. Existen “católicos” que están convencidos que la Iglesia
debe “modernizarse”, debe “abrirse” a los tiempos actuales. Por ejemplo,
creen que debe aceptar que la mujer decida sobre su capacidad de dar vida.
Etiquetan a la Iglesia de cerrada y antihumana porque, según ellos(as),
está prohibiéndole del derecho a decidir, está obligándole a
responsabilizarse de vidas que no están dispuestas a recibir en ese
momento. La Iglesia es intransigente porque no acepta la subjetividad y la
comodidad de la vida fácil. Estos “católicos” luchan por cambiar la
esencia del ser cristiano, y no seguramente porque sientan que es fácil
ser fiel a ésta, sino por el contrario, saben que ser otros cristos entre
sus hermanos les exigirá renunciar a sí mismos, renunciar al subjetivismo
preponderante. Basta con investigar un poco acerca del juicio que se hace
a la Iglesia respecto al aborto, homosexualidad, sexualidad etc.
La tristeza segunda consiste en que muchos de los
mismos “católicos” están atentando contra su propia Iglesia, le están
pidiendo que renuncie al fundamento que es —sobretodo— el Amor. La
tristeza se convierte realidad cuando, los que se dicen “católicos”, miden
el actuar de Dios con parámetros humanos y de ésta misma manera tratar de
entenderlo. ¿Qué debemos hacer para cambiar esta tristeza en alegría?
Alegría
“Los caminos del Señor no son nuestros caminos”... Dios
actúa a pesar de la resistencia e incomprensión humana. De hecho su actuar
se descubre con mayor claridad cuando la oscuridad es más intensa, cuando
el dolor es más fuerte, cuando la desesperanza es insoportable, cuando el
odio parece aniquilar, cuando la ancianidad es signo de decadencia, cuando
la enfermedad es repugnante, cuando volver a las fuentes pareciese signo
de retroceso, cuando tener fe es obsoleto, cuando la fidelidad es síntoma
de idiotez, cuando hablar con la verdad es moralmente erróneo... cuando
todo es como no queremos que sea. El Dios de la Vida siempre se manifiesta
al corazón afligido y deseoso de felicidad, lo único que quiere es que el
hombre sea plenamente feliz. Esta es la mayor y mejor de las Alegrías.
Cuando se experimenta el actuar de Dios en la propia vida es cuando las
alegrías pasajeras pasan a ser Verdaderas Alegrías Profundas.
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