5. ¿Matrimonio entre
homosexuales?
Alejo Fernández Pérez
La legalización de matrimonios entre homosexuales no
es más que un eslabón de una larga cadena, una escaramuza de una guerra
mucho mas amplia y trascendental: La destrucción de la civilización
cristiana occidental.
En los países occidentales más progres y ricos se ha
desatado una carrera: la de quien legaliza antes a las uniones de
homosexuales, equiparándolos en todos los aspectos, incuso los económicos,
con los matrimonios normales: los de toda la vida, los de uno con una y
para siempre.
Parece que una minoría bien organizada se ha empeñado
en cargarse el mejor tesoro que tiene la sociedad: la familia. Para ello,
el mejor camino es desprestigiar, banalizar y prostituir al matrimonio.
Llámense como quieran a estas uniones entre homosexuales, que siempre han
existido, regúlese como se quiera, pero jamás sean llamadas ni equiparadas
al “matrimonio” . En Alemania las llaman : “Sociedades de Vida
Registrada”.
En ninguna
otra época como en la actual se ha aceptado el hecho de la homosexualidad
con tanta comprensión como hoy. Lo que la Iglesia y la sociedad
condenan en los homosexuales es lo mismo que condenan en los
heterosexuales: el uso del sexo fuera de los límites de toda razón y moral
, el engaño disimulado y la degeneración social.
Y esto sí lo están imponiendo las mayorías políticas dominantes de media
Europa, no la Iglesia, ni la sociedad ¿Dónde está la tan cacareada demanda
social en que se escudan los políticos? ¿No será mas bien la lucha por un
puñado de votos, o el miedo a ciertos grupos de presión secretos o no tan
secretos con un indudable poder internacional?
Nuestra sociedades, están hartas de problemas ficticios
que no existen más que en las mentes calenturienta de algunos progres y
políticos, cuya única meta es el poder. Tras dos o tres mil años de
civilización nadie había parido una idea tan brillante como ésta. ¿O ha
sido un aborto?
Afortunadamente, gran parte de la sociedad y la Iglesia
no se rigen por modas, no se venden por unos votos más o menos y no se
doblega por presiones de ningún foro. Otra cosa es que buena parte de
nuestra sociedad se haya empantanado tanto en sus costumbres y moral que
aquí nadie sabe ya lo que es bueno o malo. Todo vale. Lo realmente
vergonzoso y lamentable es que se haya elevado a la categoría de dogma, lo
que no pasa de ser una vulgar degradación social y política.
Supongamos que se aprueban estas leyes. Por las mismas
razones, a continuación, se exigirán leyes análogas para tres o más
homosexuales. ¿Por qué no para dos o tres personas normales, sin enredos
sexuales, que convivan juntas por motivos económicos, de trabajo o
amistad? ¿Por qué no para ancianos jubilados que viven solos y no
pretenden más que compañía? Al fin y al cabo lo que más importa son las
subvenciones económicas, lógicas en familias que tienen o pueden tener,
criar y mantener hijos; pero absurdas en los demás casos. Sin embargo,
repita Vd. una tontería o barbaridad 1000 veces todos los años y, al
final, aparecerán mentes sesudas que justificarán cualquier cosa. Y,
siempre en nombre de la libertad, de la democracia, de la paz, de la
justicia y de la solidaridad. ¡Faltaría más!
La Iglesia
recordaba recientemente que «los hombres y mujeres con tendencias
homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza».
Pide, al mismo tiempo, evitar «todo signo de discriminación injusta».
¿Por qué se ocultan estas afirmaciones en los medios de difusión? Son esos
medios poderosos de difusión y presión que sirven a ideologías conocidas:
fracasadas unas y vigentes otras.
La legalización de matrimonios entre
homosexuales no es más que un eslabón de una larga cadena, una escaramuza
que no tiene más objeto que despistar al personal sobre una guerra mucho
mas amplia y trascendental: La destrucción de la civilización
cristiana occidental. Un marxismo
trasnochado fracasó estrepitosamente en el intento, pero algunos aún no se
han enterado; un capitalismo en continua adaptación a los problemas
sociales puede ser igual de peligroso. ¿Quién manda hoy? Unos dicen que
los EE.UU., otros que el pueblo judío con su inmenso poder, otros se
decantan por las nuevas ideologías sobre la Globalización, la Nueva Era,…
que juntas con las numerosas sectas, religiones y ONGs hacen que
importantes gobiernos nacionales, grupos sociales de todo tipo, obreros,
gays, universitarios, sindicales y otros se limitan a bailar —aunque ellos
crean otra cosa— al son que les toca una media docena de personas, casi
ninguna política, situadas en el vértice de la pirámide del poder mundial.
Desgraciadamente, hablar del pensamiento cristiano y de
recta razón a quienes no se mueven más que por el odio, el rencor, los
votos, el poder o las riquezas es como arar en el agua. El pueblo, que no
es tan tonto como creen ciertos políticos, y sí conoce el valor de la
familia y del matrimonio, difícilmente permitirá que “le den gato por
liebre”.
Buena parte de la clase política ya está demasiado
desprestigiada, denigrada, infamada,… No les vendría mal un gesto de
valor, de honestidad y de decencia política, negándose, por una vez, a ir
por caminos equivocados. ¡Y ellos lo saben! Además, ¿Quién conoce a algún
político de relieve, que haya dado uno de sus hijos o hijas para ser
adoptado por una de estas parejas?
Anotemos una información esclarecedora, extensible al resto de España
—Véase el periódico “HOY” del 23-10-2002—: Se nos dice que en
Extremadura hay 3.200 parejas registradas, de ellas 196 parejas de hecho,
de las que 188 son heterosexuales y 8 homosexuales,…
Otra vez,
“El parto de los montes” ¿Qué es lo que realmente se pretende? ¿Saben
realmente nuestros políticos lo que hacen y sus consecuencias? ¿Para esto
tanta bulla? ¿Quién podría contestar?
A nivel mundial, pregunten a Rockfeller.
En España pregunten a Polanco. El primero contestará con una sonrisa
burlona; el segundo con un: ¡Niño, esas cosas no se preguntan! Sólo nos
resta un poder en el que podemos confiar contra todas estas fuerzas y
legislaciones: el de Cristo y su Iglesia. El dijo: “El cielo y
la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”.
A lo largo de 2.000 años ninguna fuerza ha podido doblegar a su Iglesia.
Los cadáveres de quienes lo intentaron han quedado en el camino de la
historia. La Iglesia se levantó siempre, curó sus heridas y sigue su
camino.
|