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7. Benedicto XVI: ante los desafíos de la modernidad

Rodrigo Guerra López

Joseph Ratzinger hoy es Benedicto XVI. La compleja realidad de su persona, de la Iglesia y del mundo en el que tendrá que desenvolverse es parte constitutiva del misterio que lo envuelve y que lo hace un personaje imprescindible en el escenario convulsionado de comienzos del nuevo milenio.

La conmoción mundial por la muerte de Juan Pablo II fue seguida de una nueva conmoción: la elección de Joseph Ratzinger como sucesor de Pedro. Las críticas al nuevo Papa no han tardado en aparecer. Por una parte, algunos de los personajes con los que en el pasado el cardenal alemán se había enfrentado desde la trinchera de la Congregación para la Doctrina de la Fe de inmediato han reaccionado ácidamente. Hans Küng le ha dado 100 días al nuevo Pontífice para mostrar signos de "apertura", mientras que Leonardo Boff dice sentirse defraudado, ya que, en su opinión, el perfil de Ratzinger va a agravar la situación de dolor, amargura y división interna que existe en la Iglesia católica. Otras voces, esta vez más nacionales, han dicho que Ratzinger es un ultraconservador opuesto a todo cambio, un inmovilista que no cuenta con las categorías para leer el mundo posmoderno y sus exigencias reales. Un Papa caracterizado por el "no" a todas las cosas gratas de la vida.

La caricaturización del perfil de Ratzinger tiene diversas causas. Su cosmovisión filosófica y teológica se construye en un espacio alternativo al que jaloneó a la Iglesia durante el periodo correspondiente a la Guerra Fría. Esto quiere decir que el teólogo alemán no simpatizó jamás ni con los grupos racionalistas que buscaban desmitificar al "Cristo de la fe" para dar paso al "Jesús histórico", ni con los neotomismos antimodernos que criticaban, y critican, todo pensamiento diverso al de Tomás de Aquino como peligroso o extraviado.

Ratzinger maduró intelectualmente en un diálogo profundo con grandes figuras del pensamiento católico del siglo 20 que buscaban recuperar la especificidad del cristianismo frente a sus categorizaciones teóricas. En efecto, autores como Maurice Blondel, Romano Guardini, Henri de Lubac o Hans Urs von Balthasar, si bien tienen cada uno su propia perspectiva, coinciden en señalar que lo esencial del cristianismo no es su moral, no es una cierta filosofía y mucho menos un cierto proyecto social. El cristianismo no anuncia una idea sino a una Persona viva. El cristianismo no es una teoría sino un momento de Dios (kairós) que se expresa en el tiempo (krónos) y que construye una compañía presente en la historia (koinonía).

Asimismo, Ratzinger desarrolló una crítica de la modernidad ilustrada desde la recuperación de la perspectiva antropológica ofrecida por Agustín de Hipona. En efecto, la modernidad ilustrada se ha caracterizado desde la época de Descartes, de Vico y de Kant como el esfuerzo por construir desde la razón autofundada un proyecto histórico que permita la emancipación práctica de los seres humanos. Este sueño de liberación desde la razón se ha desplomado durante el siglo 20 dejando al descubierto las múltiples preguntas que caracterizan al hombre posmoderno en la actualidad.

El puro pensar racionalista y pragmático ha fracasado y es preciso reformularlo. Sin embargo, la reformulación más profunda no proviene de alguna astuta teoría sino de la certeza respecto de que el hombre no vive sólo del pan de la factibilidad; como hombre, y en lo más propio de su ser humano, vive de la palabra y del amor que se donan. Lo donado es el pan del que se alimenta el hombre en lo más propio de su ser. Sin lo donado, sin lo gratuito, sin el amor, cualquier hombre o mujer llega pronto a la situación del "ya no puedo más" aunque viva en medio de un confort extraordinario. La fe cristiana precisamente es una opción en pro de que lo recibido precede al hacer. La fe cristiana precisamente significa creer en que Alguien me ha amado primero y que ese amor sostiene mi ser y mi obrar a pesar de mi fragilidad y de mi limitación.

Desde esta perspectiva, Ratzinger logra hacer una novedosa interpretación sobre el Estado moderno: éste no puede ser considerado en modo alguno "sociedad perfecta" (como quieren algunos católicos) o máxima expresión del Espíritu (como quiere Hegel). El Estado no puede sostenerse por sí mismo. Los valores que lo lubrican y vitalizan no provienen del poder sino de estratos profundos en la vida de las personas y de las familias que emergen plenamente cuando la interpelación cristiana acontece. Recientemente Jürgen Habermas, conocido filósofo de la última generación de la Escuela de Frankfurt, ha reconocido que Ratzinger tiene razón en lo esencial a este respecto. Habermas dice: "el cristianismo, y nada más, es el fundamento último de la libertad, de la conciencia, de los derechos humanos y de la democracia, puntos de referencia de la civilización occidental".

En el mundo posmoderno y globalizado, marcado por la irracionalidad, la diversidad, y el fragmento, Ratzinger tiene un inmenso desafío. No es lo mismo reproponer la fe en un contexto de alta ideologización como el de la Guerra Fría que en un ambiente de desencanto existencial y pragmatismo utilitario como el que caracteriza a muchas sociedades en el mundo presente. La nueva interdependencia global sumada a las nuevas modalidades de violencia terrorista reclamarán una palabra y una acción del nuevo Papa que tal vez nos hagan comprender mejor el significado del nombre que eligió: Benedicto. Su homónimo más inmediato fue precisamente el Pontífice que trabajó por la paz en el inédito clima de la Primera Guerra Mundial.

Asimismo, muchas de las obras del Ratzinger teólogo se concentran en atender la situación de la Europa secularizada. Con todo y lo importante que esto pueda ser, el nuevo Papa tendrá que mirar con suma atención a Latinoamérica, continente aún marcado por la pobreza y la marginación, y en el que se encuentran las reservas cuantitativas y cualitativas más importantes de la Iglesia católica en la actualidad. A este respecto, conviene recordar que si en el texto Libertatis nuntius de 1984 hizo fuertes llamadas de atención al intento de fusionar algunas modalidades de marxismo con el cristianismo, en Libertatis conscientiae de 1986, Ratzinger propuso abiertamente la necesidad de vivir y aplicar un auténtico programa cristiano de liberación integral para todos, en especial, para los más pobres de nuestras tierras. De esta manera, la Teología de la Liberación que Juan Pablo II había calificado de "oportuna, útil y necesaria" en una carta a los obispos brasileños en aquel mismo año, recibió de parte de Ratzinger un fundamento que en cierta medida permanece inexplorado y que tal vez ahora pueda ser desplegado más plenamente.

Joseph Ratzinger hoy es Benedicto XVI. La compleja realidad de su persona, de la Iglesia y del mundo en el que tendrá que desenvolverse es parte constitutiva del misterio que lo envuelve y que lo hace un personaje imprescindible en el escenario convulsionado de comienzos del nuevo milenio.

 
 

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