9. Bienvenido
continuismo
J. Antonio Doménech Corral
Me ha complacido que precisamente uno de los mejores y
más acreditados teólogos de nuestro tiempo —si no el mejor- como es Joseph
Ratzinger, que fue llamado el “teólogo supremo” de Juan Pablo II, sea el
que ocupe la silla de Pedro.
Nunca en la historia de los Papas se había manifestado
tan unánime consternación y pesar por la muerte de un pontífice, como por
Juan Pablo II. Nunca tampoco tan generalizada coincidencia en el vaticinio
del sucesor hasta el punto de saltar hecho añicos el tradicional aforismo
de “quien entra Papa en el cónclave sale cardenal”, como en Benedicto XVI.
Aunque luego el ritual anuncio de su temprana elección fuera acogido con
tal libertad y disparidad de criterio, que incluso alguno pudo resultar
doctrinalmente blasfemo; como el protagonizado por el dirigente de un
partido español de izquierda que se atrevió a afirmar que “esto demuestra
que el Espíritu Santo también puede equivocarse”. O también el
desconcertante y desafortunado de un religioso, habitual en programas rosa
de cierta cadena de TV también española, que no tuvo reparo en techarla
públicamente de “equivocada y continuista”; como temiendo perder con el
nuevo ex inquisidor Papa su pingüe “chollo” extra sacerdotal.
A mí, teólogo, me ha complacido que precisamente uno de
los mejores y más acreditados de nuestro tiempo —si no el mejor— como es
Joseph Ratzinger, que fue llamado el “teólogo supremo” de Juan Pablo II,
sea el que ocupe la silla de Pedro. Porque garantiza la fidelidad a la
doctrina. Igualmente me ha complacido constatar el signo inequívoco de la
asistencia del Espíritu a su persona con los carismas específicos a su
nueva y universal misión, cuando le ha hecho exclamar en el acto de
inauguración de su pontificado: “mi verdadero programa de gobierno es no
hacer mi voluntad ni seguir mis propias ideas, sino ponerme junto con toda
la Iglesia a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme
conducir por Él”. Una firme promesa de renuncia a criterios y actitudes
personales que más hicieron temer su elección.
E incorporado ya a su nuevo oficio de Papa, verlo
dispuesto a programar viajes en la línea continuista del pontificado
anterior, como parte de su misión de pastor universal; que se anticipa y
sale al encuentro de su rebaño visitándolo en sus diferentes ambientes,
sin esperar pasivo a que vengan a exponerle sus cuitas.
Pero sobre todo, como valenciano, me complace que
mantenga el empeño de su antecesor en venir a nuestra ciudad en el verano
de 2006, con motivo del “V Encuentro Mundial de la Familia”, para presidir
su clausura. El tiempo y el lugar más oportunos donde “celebrar el don
divino de la familia, profundizar en su comprensión, en el papel que
desarrolla en la sociedad y sacar conclusiones” (en España), cuando
nuestro Gobierno es el único del resto de países de Europa, a excepción de
Holanda, que se ha atrevido a modificar recientemente su vigente código
civil para dar paso a la legalización del matrimonio homosexual y su
equiparación al heterosexual en todos los derechos. En frontal agresión.
Y quizá al estilo de Juan Pablo II por añadidura, nos
sorprenda Benedicto XVI en su visita a Valencia con la beatificación o
canonización en tierra natal de alguno de los tres valencianos cuyos
procesos, en su última fase, se están resolviendo actualmente en Roma.
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