10. El imperio de la
ley
Miguel Rivilla San Martín
Por encima de la ley humana, que obliga a todos los
ciudadanos, está la Ley de Dios que obliga a todos los hombres.
Hay que
ver con qué énfasis y rotundidad algunos progres de salón nos recuerdan a
toda la ciudadanía, con ocasión de la objeción de conciencia de alcaldes a
casar uniones gays, que no “matrimonios”,
que “todos,
absolutamente todos los ciudadanos estamos
sujetos al imperio de la ley”.
¡Cuánto hay de oportunismo y hasta de interés
partidista en tales posturas¡. Al querer ahora dar lecciones y hacer gala
de cumplimiento legal, muchos se olvidan de las campañas pasadas negándose
a hacer el servicio militar, promovidas por estos progres, en razón de su
objeción de conciencia.
Es lógico el recurrir, en una sociedad pluralista y
democrática, a la obligatoriedad del imperio de la ley para todos. De
acuerdo. Pero, en otro orden de cosas, no estaría mal recordar lo
siguiente:
Por encima de la ley humana, que obliga
a todos los ciudadanos y cuyo desconocimiento o ignorancia de la misma,
según todos los juristas, no excusa de su cumplimiento, está la
Ley de Dios que obliga a todos los
hombres. Está ley o Decálogo está escrita no en piedra, sino en el corazón
de cada persona. Nadie está exento de su cumplimiento, aunque diga que él
es ateo, agnóstico o increyente.
No estaría fuera de lugar que cuantos ahora se
desgañitan recordando a los demás “el imperio de la ley civil”, meditasen
que ellos están sujetos, lo acepten o no al imperio de la ley divina.
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