12. ¿Destructor de
la Teología de la Liberación?
Ana M. Becerra
Al papa Benedicto XVI se le hacen muchas acusaciones
ridículas. Una de ellas es la de destructor de la Teología de la
Liberación. ¿Qué hay de cierto en ello?
Señor director:
Al papa
Benedicto XVI se le hacen muchas acusaciones ridículas. Una de ellas es la
de destructor de la Teología de la Liberación. ¿Qué hay de cierto en ello?
El mismo día de su elección como Sucesor de San Pedro, la televisión
española entrevistaba a algunos de los llamados «Teólogos de la
liberación». Estos afirmaban que el nuevo Papa, cuando había sido el
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, los había condenado
porque no tenía las categorías mentales necesarias para apoyarlos. El
mensaje era claro: «se trataba de un hombre cerrado a las nuevas formas de
pensamiento».
Pero ¿en qué consiste este movimiento de los años
sesenta y setenta? Se le puede aplicar el dicho de que el infierno está
empedrado de buenas intenciones. Se trata de un movimiento teológico que
tenía la opinión de que la tradición teológica existente hasta entonces no
resultaba aceptable. Y proponía hacer una nueva teología basada en la
Escritura, pero interpretada desde la psicología, la sociología y la
interpretación marxista de la historia. Su objetivo inmediato, muy loable,
era enfrentar la pobreza y la opresión sufrida en América Latina.
Se trata de una Teología muy atractiva, pues dialogaba
directamente con la ciencia humana de moda en los años sesenta y setenta,
el marxismo, y buscaba dar una respuesta social. Pero en la práctica, se
estaba causando un ruptura en el seno de la Iglesia. Tremendas
descalificaciones a la jerarquía y a los que no comulgaban con sus ruedas
de molino. ¿Qué tenía esa doctrina que la hacía peligrosa para la fe?
Algunos lo intuían, pero muy pocos lo sabían explicar.
El entonces Cardenal Ratzinger elaboró un dictamen que
llega al núcleo de la «Teología de la Liberación», y que muestra su
incompatibilidad con la fe.
Según el Prefecto, esta teología vaciaba «seriamente la
realidad global del cristianismo en un esquema de praxis sociopolítico de
liberación».
Y esto era casi imperceptible porque «muchos teólogos
de la liberación siguen usando gran parte del lenguaje ascético y
dogmático de la Iglesia, pero en clave nueva; de tal manera que, quien la
lee o la escucha partiendo del otro fundamento distinto [del tradicional],
puede tener la impresión de encontrar el patrimonio tradicional;
ciertamente con el añadido de algunas afirmaciones “un poco extrañas”,
pero que, unidas a tanta religiosidad, no podrían ser peligrosas» (J.
Ratzinger – V. Messori, Informe sobre la fe, BAC, 1985, p. 195).
Esta teología nueva «se presenta como una nueva
hermeneútica de la fe cristiana», es decir, como una reinvención de todas
las formas de la vida eclesial: la constitución eclesiástica, la liturgia,
la catequesis y las opciones morales (cfr. ibid. p. 194).
Este dictamen dio lugar a dos documentos de la
Congregación de la Fe (CDF), Libertatis nuntius (6-VIII-1984) y Libertatis
conscientiae (23-III-1986). Con estos textos se dio por zanjada la
cuestión.
Ante este fino análisis intelectual elaborado por el
Cardenal Ratzinger, cabe preguntar a esos Teólogos si captar el fondo de
una cuestión tan difícil, si descubrir el cambio de doctrina que ellos
proponían, es estar cerrado a las nuevas formas de pensamiento. Da la
impresión de que etiquetan de cerrado a quien no piensa como ellos.
Hasta aquí la exposición de alguno de los mitos que
empiezan a correr sobre Benedicto XVI. Al desenmascararlos, se puede ver
por contraste la verdadera personalidad del nuevo Papa: es un hombre
valiente que supo no ceder ante el nazismo, de un hombre que sabe dialogar
pacientemente con los teólogos, de un hombre de exquisita finura
intelectual y de un gran sentido de la verdadera fe.
Habemus Papam. Tenemos un Papa nuevo, dotado de una
gran humildad, que se manifiesta en esa capacidad de escuchar y en esa
valentía para llamar a los errores por su nombre, sin desear quedar bien
ante los hombres, sino sólo ante Dios.
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