13. Encíclica
Redemptor Hominis – una vista rápida
Walter Turnbull
La encíclica Redemptor Hominis es el documento
inaugural del pontificado de Juan Pablo II. En ella hace una aguda
observación sobre la situación de la humanidad a fines del segundo
milenio, y principalmente parece querer aclarar algunas ideas sobre la
naturaleza y la misión de la Iglesia en esa etapa llena de confusiones
para la Iglesia y para la humanidad.
Comienza presentando y celebrando la
herencia recibida de sus antecesores, especialmente los más recientes, y
del Concilio Vaticano II, y su disposición a desarrollar esta herencia.
Comenta que, gracias a esas aportaciones, la Iglesia
tiene ahora una mejor conciencia de su misterio y de su misión, y esta
conciencia la lleva a una mayor cohesión y a un mejor diálogo con los no
católicos, la hace más capaz de manejar la crítica (constructiva o
destructiva) y más disponible para la misión de la salvación de todos.
Paulo VI —nos recuerda Juan Pablo II—, en su Encíclica Ecclesiam suma, nos
ha enseñado el amor intrépido a la Iglesia, como sacramento de la unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano.
Menciona también progresos en el camino de la unión de
los cristianos y la necesidad de seguir adelante, pero sin renunciar a los
tesoros de la verdad divina, enseñada por la Iglesia. Lo mismo se aplica
al acercamiento con religiones no cristianas.
Respecto a la situación actual del hombre, nos
presenta un panorama preocupante.
Progreso material sin control ético, destrucción de la
naturaleza, consumismo en unos y carestía de otros, comercio de armas en
vez de ayuda, estructuras incapaces de absorber las injusticias, regímenes
totalitarios que violan los derechos humanos. Situaciones que provocan
angustia y amargura. Afortunadamente ya se habla de derechos humanos, pero
desafortunadamente no se toman en cuenta. El hombre debería someter el
mundo material, sin embargo, es el mundo material y la organización social
los que lo someten a él. A la persona se le subordina al progreso
material. El hombre halla distante del orden moral, de la justicia y del
amor social
Hacen falta mecanismos de distribución de las riquezas,
preocupación por el bien común universal, el desarrollo de las personas y
no sólo la multiplicación de cosas, control de los instintos por las
fuerzas interiores. El progreso de la técnica exige un desarrollo
proporcional de la moral y de la ética.
Es el respeto a los derechos de cada persona lo que
fundamenta el bien del hombre, la paz, el sentido del estado, la justicia
social. Muestra de la falta de ello son los totalitarismos de nuestro
siglo.
Entre estos derechos se incluye el derecho a la
libertad religiosa junto al derecho de la libertad de conciencia. La
violación de tal derecho contrasta con la dignidad del hombre. Es difícil
aceptar que sólo el ateísmo tenga derecho de ciudadanía, mientras los
hombres creyentes son tratados como ciudadanos de «categoría inferior», e
incluso —cosa que ya ha ocurrido— son privados totalmente de los derechos
de ciudadanía.
No se trata de pedir ningún privilegio, sino el respeto
de un derecho fundamental.
La «realeza» del hombre consiste en la prioridad de la
ética sobre la técnica, de la persona sobre las cosas, en la superioridad
del espíritu sobre la materia.
La salvación está solamente en Cristo y en la
Redención realizada por él.
Es en la unión con Cristo que el hombre adquiere una
vida nueva, en la filiación divina por la gracia del Espíritu Santo, que
infunde en nosotros los sentimientos del Hijo. Esa vida divina que era su
vocación desde el principio, destinado a la gracia y a la gloria.
La Redención da satisfacción al amor y a la paternidad
del Padre expresadas en la creación y en la alianza que ha ofrecido al
hombre. La Cruz sobre el Calvario, es otra manifestación de la paternidad
de Dios, el cual se acerca de nuevo en Él a todo hombre, dándole su
Espíritu.
Cristo manifiesta plenamente al propio hombre y le
descubre la sublimidad de su vocación. Él es el hombre perfecto, que ha
devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina.
El hombre que quiere comprenderse a sí mismo debe
acercarse a Cristo.
Cristo libera al hombre de lo que limita la libertad
desde su interior. Trae al hombre la verdadera libertad basada en la
verdad. Exige una actitud honesta respecto a la verdad y advierte que se
evite cualquier libertad aparente.
Juan Pablo II nos da, en su estilo de teología poética,
algunas precisiones que debemos considerar los católicos de este tiempo
sobre el ser y el actuar de la Iglesia. Presentamos algunas (de las
muchas) ideas.
El camino de la Iglesia es el hombre, cada hombre
concreto, con toda su realidad, su vida espiritual y sus necesidades
materiales, con su continua inclinación al pecado y su aspiración al bien.
La Iglesia es sensible a todo lo que sirve al bien del hombre y también a
todo lo que lo amenaza.
La Iglesia ve esa humanidad, destinada a la gracia y a
la gloria, como un tesoro que tiene que cuidar y trabajar por su dignidad
y por hacer la vida del hombre cada vez más humana.
La misión de la Iglesia, hoy más necesaria que nunca,
es revelar a Cristo al mundo, anunciar la doctrina de la fe y la moral
cristiana. Jesucristo es principio y centro de la misión de la Iglesia.
La conciencia de esta misión hace a la Iglesia más
idónea para el servicio al hombre.
Esta misión no significa nuca una destrucción, sino un
nuevo nacimiento, y no puede ser detenida por nadie.
La Iglesia es custodia y maestra de la verdad que Dios
nos ha revelado. Tenemos una responsabilidad ante esta Verdad. La Iglesia
está precisamente dotada de una singular asistencia del Espíritu Santo
para que pueda custodiarla fielmente y enseñarla en su más exacta
integridad. La verdad tiene su expresión en el Evangelio, en la tradición
y en la teología. La teología es útil para una mejor comprensión de la
verdad, pero sin separarse de la unidad en la enseñanza de la fe y la
moral, y al servicio del magisterio y de los compromisos apostólicos.
La Iglesia es también custodia de la verdadera
libertad del hombre.
Juan Pablo II nos hace también una maravillosa
exposición del misterio de la Eucaristía como centro y vértice de la vida
sacramental, en la que encontramos la «fuente de la vida y de la
santidad», nos unimos a Cristo y nos unimos como pueblo de Dios. No es
lícito —nos advierte— quitar a este Sacramento su significado esencial ni
descuidar la observancia de las normas litúrgicas.
Esta Eucaristía estaría privada de su eficacia sin un
esfuerzo por la conversión, sin una actitud de arrepentimiento. La Iglesia
defiende el derecho del alma a un encuentro personal con Cristo que
perdona, y de Cristo a un encuentro con cada uno, en el Sacramento de la
Penitencia.
La Iglesia del nuevo Adviento, la Iglesia que se
prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de
la Eucaristía y de la Penitencia.
Como miembros del cuerpo de Cristo, hemos sido llamados
(vocación) a compartir la realeza de Cristo. La realeza se expresa en
disponibilidad al servicio, y para servir es necesaria una madurez
espiritual, vivir una moral cristiana y humana.
Debemos ser fieles a esta vocación. Los esposos en la
indisolubilidad del matrimonio y los sacerdotes en la fidelidad a su
celibato, para la construcción de la comunidad familiar.
Madurez significa usar la libertad responsablemente
para el bien, y no usar de ella como se quiera, como si fuera un fin en sí
misma.
Finalmente, Juan Pablo II nos recuerda dos elementos
indispensables en el camino de la Redención.
El primero es la presencia de María. En un delicioso
compendio de la doctrina sobre María, nos recuerda que ella, mejor que
nadie, puede introducirnos como en la dimensión divina y humana del
misterio de la redención. Por medio de ella, el amor del Padre se acerca a
cada uno de nosotros en formas más accesibles y comprensibles a cada
hombre.
El segundo es la oración. Una oración grande, intensa,
creciente, unidos a María como los apóstoles en el Cenáculo. Solamente la
oración puede lograr que estos cometidos y dificultades sean ocasión de
conquistas en el camino hacia la tierra prometida.
Termina suplicando a María que se digne perseverar con
nosotros en la oración, para que podamos recibir el Espíritu Santo y
seamos testigos de Cristo hasta los confines de la tierra.
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