7. La primavera
perdida
Víctor Corcoba Herrero
A la tierra le falta entusiasmo, florecimiento
poético, juventud de amor. Ya me dirán, pues, cómo se vive, o se vivirá en
las nuevas generaciones, si nadie ama a nadie o nada se ama. Olvidamos que
el corazón vive del amor y en el amor resucita.
He salido a la búsqueda de Primavera para huir con ella
como un loco enamorado de sus perfumes, pero no se fía de mis versos por
si estuviesen contaminados de falsedad. Los cuerpos, embellecidos por el
bisturí más que por el corazón, respiran poca autenticidad. Eso es la
verdad. Ya se sabe, cuando el amor se convierte o se invierte en necedad,
peligra la vida y la vida es un peligro, porque aumentan los abusos de
unos y otros. Hoy todo es posible en la selva, violaciones y violencias,
rajarte en canal y tirarte al cubo de la basura. Ante el aluvión de
sanguinarios hechos, nadie se da a nadie, por si acaso. En consecuencia,
las pasiones también han perdido su esencia, la del corazón de poeta.
Aquel fervor primaveral donde las limpias metáforas tejían poesías a
través de miradas entrecruzadas, fusionadas y fundidas en el alma de
Dulcinea, se han degenerado de toda naturalidad, de todo noble deseo, el
de hallar en la felicidad del otro su propia felicidad.
Lo de comprometerse y prometerse un amor ciego, —me
dice Primavera que ha llegado de visita al jardín de mis pupilas—, se ha
vuelto antiguo. Lo que no se lleva, tampoco es fácil encontrarlo. Es casi
como buscar una aguja en un pajar. Eso de amar sin medida, de querer con
todas las fuerzas, de olvidarse de sí y donarse entero, se considera
anodino. Los desenfrenos, tan de moda hoy, tienen que ver poco con esa
sacudida emotiva y saludable que permite al ser humano salir de sí mismo,
cuando se topa con la poética belleza, encanto que lleva consigo Primavera
como renovación de aires, restitución de vida o renacimiento de actitudes.
A la tierra le falta entusiasmo, florecimiento poético, juventud de amor.
Ya me dirán, pues, cómo se vive, o se vivirá en las nuevas generaciones,
si nadie ama a nadie o nada se ama. Olvidamos que el corazón vive del amor
y en el amor resucita.
Advierto que he visto triste a Primavera, una dama que
fue el verso de todos los poetas y una flor que fue la poesía de todos los
amantes. La siembra de litronas como brindis al recibimiento, es una
estupidez. Una mortaja más. Eso de moverse a golpe de interés interesado,
como aspas de molinos enviciados, genera vacío difícil de regenerar. Por
mucho contacto de epidermis y de fantasías que le demos al físico. Lo de
no amar a nadie es como no amarse así mismo. Ahora lo que mola es
revolcarse como animales y vivir como colmenas. No tiene mucho sentido,
pues, el Ministerio de la Vivienda si, además, los especuladores del
ladrillo siguen a sus anchas elevando precios. Ni el de Cultura, porque
tampoco nada nos humaniza. Sería mejor unirlos todos en uno, dado que
hasta en la ley natural también todo se reduce a uno: el Ministerio del
Amor. Nos saldría más barato y a lo mejor encontrábamos la semántica
apropiada para definir lo de “éramos dos y un solo un corazón”.
En cualquier caso, Primavera se niega a entrar en la
tierra. El amor Light, de aquí te pillo y aquí te mato, la saca de quicio.
Todo es un mercado de golfos insensibles. Los besos según dónde. Las
noches según cama. No importan los géneros, ni acabarán importando las
especies. Algunas personas están más rebajados que el chuletón de ternera.
“¡Qué pena!” —Insiste Primavera—. Es la ley sin ley, contra la ley
natural, la que nos lleva a un callejón de odio y venganzas. No importa lo
que es esencia en la vida o fidelidad hasta la muerte. Da la sensación que
los nuevos dioses de la tierra quieren enterrarnos el amor en vida,
afianzado en el matrimonio sobre todo lo demás. Han empezado
irresponsablemente por injertarnos unas alianzas distintas y distantes a
lo que fue el génesis, oscureciendo valores y anocheciendo virtudes,
sembrando dudas. Ya veremos cómo termina este guirigay de fríos armarios,
donde todo se compra, se cambia o se vende.
De seguir
en esta onda, nadie acabará conociendo a nadie. Todo será posible en este
mundo dislocado por los mercaderes, el alquiler materno de la mujer, las
uniones de conveniencia, los descendientes sin ascendientes…Eso sí, la
familia no existirá, pero en la colmena seguirá habiendo zánganos, reinas
y tropa. Así es la vida que nos forjamos para desgracia de nosotros, a
golpe de poder y decretazo, sin debate alguno, a la carrera, enamorados en
vez de lo “poéticamente justo”, de lo “políticamente correcto”, para
perder los mínimos votos y así continuar siendo de todo, menos tropa
ciudadana.
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