2. ¿Por qué no
renuncia el Papa?
Ahora resulta que el Papa Wojtyla sufre dolor en la
propia carne, pero —a la vez— tiene la cabeza suficientemente clara como
para rezar, ofreciendo sus dolores por la Humanidad entera. Es el icono
del Cristo vivo y colgado en la Cruz.
Desde esta tribuna querría dirigir una palabra de
agradecimiento a aquellos que —desde hace tiempo— se compadecen de Juan
Pablo II, ya que no les parece oportuno que continúe gobernando la Iglesia
con tan precaria salud. No se crea el lector que va de broma este
agradecimiento. No, ni lo más mínimo: lo digo seriamente. Si no fuera por
ellos, el Papa Wojtyla ahora mismo no sería una imagen tan nítida de
Cristo colgado y, a la vez, viviente en la Cruz.
Sí, al pie de la Cruz también había un buen grupo que
ni de lejos intuían la trascendencia de aquel espectáculo (patético ante
los ojos mundanos). Y retaban a Cristo: "Si eres Hijo de Dios, baja de la
cruz (...). Que baje ahora de la cruz, y creeremos en él" (Mt 27, 40.42).
Ahora, en el amanecer del tercer milenio, los propios descendientes de
aquella "peña" le dicen "sensateces" del mismo estilo al actual Vicario de
Jesucristo: "Presenta la renuncia y demuéstranos que no eres avaricioso
del poder"; "renuncia y creeremos en tu humildad"...
Pero resulta que el Señor no bajó de la Cruz. Éste es
el hecho. Él no nos redimió ni con brillantes sermones (que los hizo), ni
con milagros (que también los hizo). Jesús nos salvó definitivamente con
el espectáculo del Calvario, con el dolor asumido obediente y
voluntariamente para ofrecerlo al Padre como propiciación por nuestros
pecados. Ésta es nuestra fe. Y este convencimiento nos permite sospechar
que el pontificado de Juan Pablo II se encuentra en estos momentos en una
etapa de madurez (precisamente gracias a su dolor y a sus impedimentos
físicos).
Desde aquel solemne atardecer de la muerte de
Jesucristo, la Iglesia se ha gobernado con oración y dolor. Y Claro está
que estas mismas personas se preguntan qué pasaría —llegado el momento— si
el Papa no tuviera la cabeza clara: ¿cómo podría, entonces, gobernar? Es
comprensible y digna de ser agradecida esta insistente "preocupación" por
el Santo Padre. Pero no olvidemos que de Pedro y de sus sucesores se ocupa
el Espíritu Santo personalmente. De hecho, aun cuando podría no haber sido
así, no se conoce en la historia de la Iglesia ningún caso de Romano
Pontífice que haya padecido demencia senil. Ni uno sólo. ¡Y eso que de
todo ha ocurrido!
Además, el sentido común me hace recordar la cantidad
de hitos, éxitos, hechos de extraordinario valor y maravillas que
habríamos dejado de ver si Karol Wojtyla hubiera hecho caso cuando
empezaron —ya desde los años 80— a decir y repetir que él tenía que
renunciar por motivos de salud. Probablemente nunca como ahora la
institución del Pontificado ha tenido tanto prestigio; como tampoco nunca
antes había logrado unas dimensiones y un alcance tan amplios como ahora.
Mientras los medios de comunicación hablan y hablan del estado de salud
del Papa, él reúne miles y miles de personas (algunas veces han sido
millones). Y de eso no hablan, como si no tuviera ninguna relevancia. No
es cosa nueva: los que asistieron al Calvario tampoco se dieron cuenta de
la importancia y de la repercusión que iba a tener para siempre el gesto
de Cristo en la Cruz. ¡Gracias, Juan Pablo II!
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