4. Cuando pasa el
Nazareno
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
Han pasado los añosy ahora mi mirada sacerdotal
contempla la calle de la amargura de una manera muy distinta.
“Cuando pasa el Nazareno / de la
túnica morada / con la frente ensangrentada / la mirada del Dios bueno / y
la soga al cuello echada…”
Era una poesía que aprendimos de
memoria a los 11 ó 12 años, cuando estábamos en el seminario menor a la
sombra de la Virgen del Espino, viviendo las primeras Semanas Santas de
nuestra vida y los primeros pasos hacia un sacerdocio todavía lejano, que
ya se perfilaba, con dolores y gozos, como ha sido en realidad (¡gracias a
Dios!).
A mi manera imaginaba a Jesús
pasando por la calle de la amargura, seguido de soldadotes que le
golpeaban y maltrataban.
Junto a Él unas cuantas mujeres
sencillas, de túnicas oscuras y mucho dolor en el alma. Entre ellas, ¿cómo
no?, santa María; la mujer virgen y madre que debió tener un corazón
físicamente enorme y espiritualmente gigantesco, para soportar tanto
dolor.
Pasaron los años y ahora mi
mirada sacerdotal contempla la calle de la amargura de una manera muy
distinta:
Se ha hecho más larga, más
profunda, como una inmensa marea humana que va caminos del dolor, para
desembocar como un río inmenso en un mar sin fin y sin fondo.
Abro los ojos y voy descifrando
y acercando imágenes. Primero imprecisas y luego se aclaran hasta poder
contemplar:
Niños pequeños cargando una
cruz, no precisamente de juguete, sino una pesada cruz que es el trabajo
propio de los mayores…. comiendo poco y durmiendo en el suelo o en una
banca de la plaza de Armas.
Veo caminar con la cruz a ese
hombre de mucho dinero, cuyo corazón fue desterrado hace años a la
soledad. Se pudre en dinero pero nadie lo quiere y su cruz se alarga.
Jamás habrá quién conozca la profundidad del dolor de ese corazón rico y
marginado.
Veo a las madres solteras,
cargadas de hijos, que llevan sobre los hombros su propia cruz y sobre
ella las cruces de sus pequeñuelos que le jalan el vestido, sucio y roto,
pidiéndole pan, arroz y… ¡mamá, propina!
Veo camas y camillas hechas cruz
de dolor, de vacío, de soledad, de incomprensión, sin las medicinas
indispensables, sin higiene y lo que es más duro, sin la palabra de amor
de unos hijos que se fueron lejos.
Por la calle de la amargura van
los cuerpos destrozados por la metralla, los coches bomba que dejan un
abanico de muertos y heridos inocentes. ¡Y ese doloroso invento de los
últimos tiempos, los hombre bomba!; suicidas fanáticos que pretenden
glorificar a Dios autodestruyéndose y matando a hombres y mujeres creados
a imagen del Dios bueno que los creó sólo por amor.
Y allá, algo tan borroso y
doloroso y tan infamante para la humanidad de hoy: Una multitud de fetos a
los que no se permite salir a la vida: la gran vergüenza de la humanidad
de hoy y de manera especial de esos personajes adinerados y “sabios” que
matan millones de hombres y mujeres negándoles el derecho a ver la luz que
Dios creó también para ellos.
Toda esa multitud marcha lenta,
cuesta arriba, por la calle de la amargura.
Parece un inmenso pueblo nómada
que busca otra patria, sin saber dónde está, un río inmenso que no sabe si
existe el mar.
Cierro mi ventana.
Un Cristo sangrante cuelga de la
pared. Lo contemplo profundamente y le pregunto:
- ¿Señor, quién estrenó la calle
de la amargura? ¿Quién empuja todo este río de gente por dónde tú fuiste
también? ¿Quién se empeña en que toda la humanidad pase por esta calle
empinada y amarga? Y me parece oír tu voz redentora y amiga que me
contesta:
- Lo sepan o no, yo voy delante,
llevándolos hacia esos brazos misericordiosos de mi Padre que creó a todos
por amor.
Cerré los ojos y recordé:
“Cuando pasa el Nazareno…”
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