5. Con María,
acompañando a Juan Pablo II...
María Susana Ratero
En tanto tú, madre querida, seguro estás allí, a los
pies de su lecho, mirándole, como mirabas a Jesús en la cruz. Dándole
fuerzas, abrazándole para que él sienta en tu abrazo todo el amor que sus
fieles, a veces, nos olvidamos de enviarle.
María, madre querida, he visto
en la televisión la imagen de nuestro querido Papa saludando desde una
ventana, sufriendo, llevando su cruz...y no entiendo, María, no puedo
entender la razón de tanto sufrimiento.
-Hija- y tu voz tiene el mismo
tono que cuando me explicabas acerca del Calvario- ése hombre que ves
allí, avanzando dificultosamente por el peso de su cruz, ése hombre al que
ya ni voz le ha quedado, refleja el rostro de Cristo que debes conocer, el
mérito de un sacrificio que debes valorar.
-Ay, Señora, yo sólo atino a
orar por él.
- Y eso está bien, querida, pero
aún puedes hacer más. Si intentas entender el valor de la entrega de Juan
Pablo II, el inmenso significado de su sacrificio. Si puedes creer que él
predica a Cristo ahora con la misma fuerza que cuando estaba en años de
juventud. Si pudieras sentir que este hombre te habla de Cristo desde la
cruz, entonces, hija, tanto dolor no habrá sido en vano...
- Señora, puedo intentar
comprender esto que dices pero ¿ Cómo hacer para que dé frutos en mi alma?
- Pues recuerda el dolor del
Papa cada vez que sientas que el peso de tu cruz te hace caer. Y
levántate. Levántate por él. “Por usted, querido Papa, por usted sigo
caminando aunque no entienda...” Cada vez que sientas que no puedes,
recuerda su rostro sereno y hallarás las respuestas que el mundo no puede
darte.
- Señora, cuánto debemos
agradecer a tu Hijo por habernos dado a Juan Pablo como guía, camino,
ejemplo...
- ¿Sabes hija?. A veces lees la
vida de los santos y sé que piensas que hubiera sido hermoso compartir su
época.
- Sí, muchas veces he pensado
eso.
- Pues ahora tienes la
oportunidad de mirar y escuchar la voz de este santo, este pastor
extraordinario que vela por sus ovejas más allá de sus fuerzas...
- Me siento triste, Señora, por
todas las veces que él habló y yo ni me preocupe en saber que dijo.
- No te quedes en la tristeza.
Busca sus palabras, sus consejos, comienza leyendo sus cartas en la medida
que puedas ir comprendiendo. No te desesperes porque él ya no pueda
hablar, pues ya ha dicho lo necesario. El lenguaje que ahora utiliza es el
del silencio. Se ha convertido en el silencioso pastor que avanza con su
rebaño. Ya las palabras están dichas. El trayecto ha sido recorrido. Ahora
debes sacar de su ejemplo el mayor fruto posible para tu alma.
El viento de la tarde agita tu
mando celeste. Me quedo imaginándote entre los árboles, recogiendo las
oraciones de tus hijos por el Santo Padre, como quien recoge delicadamente
las flores de un preciado jardín. Haces, con las plegarias, un exquisito
ramo, que llevarás a tu Hijo como súplica, como ofrenda.
Entre las oraciones que juntas
en tu manto puedo ver las más diversas variedades. Están las silenciosas,
de los enfermos, las sencillas de los humildes, las simples, de los
niños... pero ¡Ay! Acabas de lastimar tu dedo con una espina... ¿Espinas
entre las oraciones?
- Sí, hija, espinas encuentro
entre algunas oraciones. Espinas que representan envidias, falta de
caridad, soberbia....
- También las hallarás, supongo,
entre los que oran casi sin ganas...
- Pues te equivocas mucho allí.
Esas oraciones nacidas en la sequedad del alma, tienen un perfume
especial. Tienen el perfume de la perseverancia y de la fe, aún en medio
de la noche oscura. La oración que continúa a pesar de la aridez perfuma
exquisitamente el jardín del alma. Y te aseguro que la fuerza de ese
perfume humedecerá la tierra reseca y, en esa alma perseverante, ya no
habrá sequedad, sino que mil pequeños arroyos brotarán en ella y regarán
las semillas que creía muertas.
Has terminado de formar el ramo.
Es precioso. Te alejas ahora para presentarlo a Jesús.
Alcanzo a ver como agregas una
flor perfecta, sin mancha, espléndida, radiante. Tu propia oración, tu
propia súplica.
Mientras te alejas, comienzo a
orar. Quisiera que cuando pases nuevamente por el jardín de mi alma puedas
recoger muchas flores. Trataré de que no tengan las espinas del rencor o
la vanidad, para no lastimar tu purísimo corazón.
Haré oración por Juan Pablo II,
trataré de entender el valor de su entrega generosa, intentaré conocer
mejor sus enseñanzas. Sí, ése es el mejor homenaje que puedo hacer a su
dolor.
En tanto tú, madre querida,
seguro estás allí, a los pies de su lecho, mirándole, como mirabas a Jesús
en la cruz. Dándole fuerzas, abrazándole para que él sienta en tu abrazo
todo el amor que sus fieles, a veces, nos olvidamos de enviarle... con el
viento, con los pájaros, con el alma...
Perdóneme usted, querido Juan
Pablo II, por todas las veces que no le nombré, por todas las oraciones
que no hice por sus intenciones.
Reciba usted, Santo Padre, este
abrazo sincero, silencioso... tan profundo como el cariño que le tengo,
tan inmenso como el mar que nos separa.
NOTA de la autora:
"Estos relatos sobre María
Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que
siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que
estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se
le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o
expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin
intervención sobrenatural alguna."
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