6. Una Cuaresma con
los ancianos
Jesús García Burillo, Obispo
La ancianidad, en primer lugar, es una bendición de
Dios, un signo de su amor, un especial don divino.
Queridos amigos:
Cada año emprendemos la Cuaresma
como un camino, relativamente corto, que nos lleva hasta la Pascua.
Cuarenta días para hacer un camino hacia el interior de nosotros mismos,
de modo que, abriendo nuestro corazón a la acción de Dios, al final del
tiempo cuaresmal nos encontremos dispuestos para celebrar la Pascua.
La resurrección del Señor será
el acontecimiento que ilumine nuestra vida, y le dé un sentido de gozo y
esperanza, de seguridad plena en Aquel que hace nuevas todas las cosas.
Para hacer este camino interior,
se nos señalan tres medios bien conocidos: la oración, la limosna y el
ayuno. Son tres instrumentos que tienden a facilitarnos el camino de
nuestro interior, acercándolo al modo de ser de Aquel que todo es luz.
“Cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne”, en la expresión
del profeta Ezequiel. El Papa nos ha invitado este año a hacer estos
ejercicios cuaresmales centrando nuestra atención en las personas mayores.
Tal vez porque él mismo se reconoce un anciano, con las riquezas que todos
los ancianos atesoran, con las dificultades que padecen y las lecciones
que a todos nos dan.
La ancianidad, en primer lugar,
es una bendición de Dios, un signo de su amor, un especial don divino. Es
un tiempo donde las personas mayores pueden afrontar sus grandes
interrogantes existenciales que quizás descuidaron en otro tiempo por la
necesidad apremiante de ocuparse de tareas más urgentes. Si el anciano
acoge el tiempo final de su vida a la luz de la fe, puede encontrar una
oportunidad extraordinaria para comprender y vivir todos los
acontecimientos de su vida a la luz del misterio de la cruz, que da pleno
sentido a su existencia humana, y que la transformará algún día en gloria.
Esta sabiduría que los ancianos
viven en sus adentros, con una densidad de experiencia inigualable, pueden
ofrecerla también a los demás para iluminar su camino de progreso,
convirtiéndolo en una forma de civilización más humana. Para la sociedad,
los ancianos han de ser objeto de una gran comprensión, por ellos mismos y
por la gran función que ejercen al servicio de la sociedad. Ellos tienen
grandes potencialidades que pueden y deben poner al servicio de la
comunidad.
Nuestra acogida debería ayudar a
evitar las tendencias depresivas que en ellos se dan con alguna
frecuencia. El cuidado de los mayores, especialmente en los momentos
difíciles, ha de ser un centro de interés para todos los cristianos. Esta
Cuaresma puede ser para nosotros un tiempo en que manifestemos nuestra
solidaridad con los ancianos y con sus familias.
Es una forma de limosna, es
decir, de solidaridad. Dejarán de sentirse solos si se saben acompañados y
se sienten útiles en la medida en que también ellos pueden colaborar en
determinadas tareas de la familia o de la comunidad. La opinión pública ha
de asumir que los ancianos no son personas de escasa utilidad, sino que,
por el contrario, son un gran valor social. Y la Administración Pública ha
de proveer de ayudas económicas e iniciativas legislativas que les
favorezcan. La eutanasia que se percibe o anuncia en el horizonte de
nuestra sociedad y de nuestra legislación no será, evidentemente, para los
ancianos un motivo de ilusión o de esperanza.
Todos hemos de descubrir el
recíproco enriquecimiento que se da entre las distintas generaciones. Las
familias cristianas, las comunidades parroquiales, las asociaciones de
fieles,… Todos estamos invitados a vivir esta Cuaresma acompañando con
afecto y comprensión a las personas mayores. La Cuaresma nos ayuda a todos
a reconocer nuestra limitación como el polvo de la ceniza que recibimos,
aceptando nuestro presente como una realidad cercana, hermana muerte, que
nos lleva en un clima de paz interior al encuentro definitivo con Dios:
Aquel que me tejió en el vientre de mi madre y me creó a su imagen y
semejanza.
Con todo afecto, vuestro obispo.
Jesús García Burillo, Obispo de
Ávila
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