2. La palabra,
cemento de la familia
Si en lugar del orden alfabético, las palabras del
diccionario se dispusieran en orden cronológico, y aun repetidas, según
fueran entrando en nuestras vidas, el diccionario tendría que ser un
mamotreto inconmensurable que empezaría con la palabra: “mamá”.
Si en lugar del orden alfabético, las palabras del
diccionario se dispusieran en orden cronológico, y aun repetidas, según
fueran entrando en nuestras vidas, el diccionario tendría que ser un
mamotreto inconmensurable que empezaría con la palabra: “mamá”.
Cuando, balbuceantes, conseguimos por primera vez
pronunciarla, entramos realmente al mundo.
“Mamá”, fue el primer paso que dimos, trastabillando,
al emprender el viaje maravilloso que significa recorrer el mundo a través
de la palabra; ir de nosotros con el preciado cargamento de lo que somos a
la espalda, silbando a veces, otras llorando, camino del “otro”.
Es un hecho que, aunque el “otro” como destino resulta
humanamente imposible, la palabra nos acerca. Gracias a ella, en la
búsqueda, no vamos a tientas; gracias a ella podemos decir: “te quiero”, y
achicar un universo de distancias.
Deseablemente, el matrimonio es, en el camino al
“otro”, la mayor proximidad que puede existir. Fruto de esa proximidad el
hijo será quien vuelva a renovar en su boca la palabra, la que viene dando
saltos desde tiempos y pueblos ya enterrados, a agitar la atmósfera con su
vibración cálida y nueva.
La palabra, la herencia más preciada de los que nos
precedieron, repite su periplo cultural y vuelve a quedar dispuesta para
usarse y seguirnos acercando; y seguirnos salvarnos de nuestra soledad,
abriéndonos a los demás en el viaje del encuentro.
Donde hay un niño hay una esperanza, y donde hay dos,
dos. La familia se multiplica y crece. La esperanza también. Sobre un
fondo de cubiertos, de ollas que se lavan y una cafetera pitando, las
voces, las palabras, son la música del hogar. Esta música nunca debería
faltar en una casa. Las palabras en una familia no deberían agotarse
nunca, aunque le dieran la vuelta al diccionario.
La
comunicación entre padres e hijos, entre hermanos, como toda comunicación
auténtica, lleva camino de ida y vuelta.
Transmite información en los dos sentidos, algo muy útil y necesario para
que marche la vida de una familia. Qué cierto es que “hablando se entiende
la gente”, pero no menos cierto es que los acentos, las pausas y las
inflexiones de voz, portan cargas emocionales de contenidos que desbordan
a las palabras añadiéndoles valores ocultos, a menudo más importantes que
la información misma. Esto lo sabe muy bien la madre que ha llamado a la
distancia por teléfono a un hijo. Hará las preguntas del rigor más banal
que usted ya conoce, y al colgar no le quedará la información de las
respuestas sino el grato sabor de haber escuchado la voz de un hijo.
En ninguna otra parte tiene significado más cabal la
palabra prójimo en referencia con el “otro” que en la familia, donde el
“otro” nos queda justamente tan “próximo”, sobre todo si lo comparamos con
aquel “otro” que, si estiramos el idioma, bien pudiéramos llamar “léjimo”,
ese “otro” que transcurre apresurado por la calle, sin tiempo de mirarle a
la cara.
En la familia se dan los lazos sociales más próximos, y
nuestra responsabilidad está en función de esa vecindad. Por una condición
de existencia, somos más responsables de aquellos que tenemos más cerca,
de aquellos con quienes nos tocó vivir. En contraparte y de cara a la
sociedad, también seremos responsables de las familias que tenemos.
A fin de cuentas, en esta lucha perdida que libramos
contra el tiempo, más que los logros y los fracasos de la vida, nos
daremos por ganadores en la derrota final de nuestros días por todos los
momentos en que atravesaron el muro de nuestro túnel voces amables y
cariñosas que un día nos llamaron “mamá” o “papá”.
Ojalá y al salir del mundo, al final de nuestro
diccionario personal, fuera la palabra “hijo”, aquella que cerrara
nuestros labios.
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