3. Personalismos
propagandísticos
Víctor Corcoba Herrero
Urge el propósito de enmienda por parte de los
cacatúas bravucones, que bajo la madriguera de la cultura, acrecientan su
patrimonio descaradamente, importándoles un pito elevar el pensamiento a
nuevas cimas de libertad.
Ahora que los gobiernos suelen confundirlo todo y
confundirnos a todos, puesto que no pocos titulares de Instituciones están
bajo sospecha para desgracia de los ciudadanos, también a uno le invade la
duda sobre el terco deseo de fomentar grandilocuentes conmemoraciones
culturales, por parte de las diversas Administraciones, con los
consentidos derroches habidos y por haber. De pronto, cualquier organismo
estatal, autonómico o local, se vuelve editor de panfletos, convoca
premios millonarios y festines con mantel mariscado; aunque los eventos
nada tengan que ver con la historia de su historia cultural. Por supuesto,
previo omitir todo lo que huele al Dios de la historia. Es el nuevo tabú.
El hombre se cree asimismo el Creador. Y estos loros de la falsa
sapiencia, no iban a ser menos. Ese Dios, alianza de culturas, no suele
tener cabida en este tipo de pomposos actos discriminatorios, más
rimbombantes que un peñasco. Mejor así, porque casi siempre detrás de
todos ellos, se esconden más personalismos propagandísticos, avivados por
el político de turno, que otra cosa. Esa es la cuestión que clama al
cielo, mientras unos viven del cuento, otros malviven en polígonos de
mierda. ¿Qué cultura es esta que no lucha por la igualdad?
La retraída cultura simplista que hoy se subvenciona y
protege, por parte del papá Estado, aparte de ser aburrida y repelente,
ciega más que despierta y ensordece en vez de encandilar. Sus endiosados
cultivadores, que siempre responden al dictado y a la voz de su amo, por
aquello de que no le retiren las migajas, olvidan la verdadera razón de
ser de la cultura, la que salvaguarda lo humano, la que humaniza, la que
se desvela y afana por el ser y para todo ser. Esa sería la mejor manera
de profundizar en la pluriculturalidad, con la escucha y la participación
masiva, jamás restrictiva. No hay otra forma. El saber no debe entender de
colores partidistas, sino de universalidades. Sin embargo, los hechos
cantan por si solos: se ha perdido la buena educación del entendimiento,
porque la cultura verdadera, los poderes la amortajan. Ahí es donde debe
estar el cultivo, más que en llegar a ser, antes hay que hallarse los unos
con los otros, a través de los mundos vividos, activando actividades que
fomenten espacios donde gastarse y desgastarse el tiempo, más en donarse
que en endiosarse, más en reclutar que en recluir.
La cultura no debe ser privilegio de algunos, puesto
que nace con la vida vivida. Olvídense de las titulaciones academicistas.
También ha de huirse de los figurines pesebristas. A mi juicio, habría que
dar una especial prioridad a los sembradores de concordias desinteresadas.
El interés todo lo prostituye. Para ver otros horizontes más sosegados,
hay que instruir desde la ética y reconstruir estéticas perdidas, capaces
de reanimar doquier significado por insignificante que nos parezca. Ya
está bien de tanto desbocado brindis, pagado con el dinero de
contribuyentes incapaces de llegar a final de mes, trabajando a destajo,
lo que evidencia que, esta cultura aborregada, no necesita Ministerio, ni
Consejería o Concejalía. Tal y como está el patio de voceros hazmerreíres,
creo que urge el propósito de enmienda, la petición de disculpas por parte
de los cacatúas bravucones, que bajo la madriguera de la cultura,
acrecientan su patrimonio descaradamente, importándoles un pito elevar el
pensamiento a nuevas cimas de libertad. La cultura es más un amor al arte
y el arte es sobre todo un señorío del alma, que extiende su mano al
abrazo. Para más ofensa, todavía la libertad es una fruta prohibida para
muchos, a pesar de la abundante cosecha de emisarios de la ilustración.
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