1. La carrera de la vida
Mikel Agirregabiria Agirre
Una metáfora automovilística, válida para cualquier
edad, que enseña a llegar muy lejos.
El profesorado está acostumbrado a percibir las
peculiaridades de su alumnado, desde la más elemental singularidad de cada
persona —que es un universo único— hasta las severas deficiencias
sensoriales y cognitivas propias de los casos de “educación especial” ante
minusvalías físicas, sensoriales o psíquicas. El personal docente con
experiencia sabe perfectamente que, entre la capacidad potencial de cada
uno de nosotros y el desarrollo final que logremos, lo definitivo es la
voluntad propia que obra milagros insospechados. La constancia, la
tenacidad y el empeño forman la piedra filosofal buscada por la alquimia.
Como educador, siempre hubo una historia alegórica que
me fue muy útil para motivar a mis alumnos y alumnas en mis funciones de
tutoría, incluso de personas adultas. El cuento —de cosecha propia— relata
la salida de una carrera de largo recorrido. Se presentan muchos coches,
de muy variada apariencia, potencia y antigüedad. Sus conductores se
analizan y pronto llegan a conclusiones precipitadas. Algunos creen que,
al disponer de vehículos más adaptados o más modernos, serán seguros
ganadores. Igualmente, otros se desaniman rápidamente al comprobar que sus
automóviles no parecen tan lustrosos como los de otros competidores mejor
dotados.
Dado que la carrera está programada a varios años, tras
la presentación de los equipos se producen muchas reacciones inesperadas.
Los presuntos vencedores se toman el día libre, porque pronto podrán
recuperar la ventaja que concedan a sus más débiles contendientes. Los que
aceptan su papel de perdedores arrojan la toalla sin avanzar siquiera unos
kilómetros. Los jueces avezados pronto descubren quiénes serán
probablemente quienes triunfen al final de la larga y afanosa aventura:
Son justamente quienes se aprestan a correr con todas sus posibilidades,
aunque sean reducidas, sin mirar a los demás ni aceptar jamás la derrota,
sabiendo que llegarán hasta donde estén dispuestos a no desfallecer.
En las carreras automovilísticas reales es cierto que
el coche es determinante, porque todos los conductores son esforzados
vocacionales seleccionados por una acreditada valía de trabajo previo en
su currículum. En la vida cotidiana y entre la gente normal sucede que la
principal diferencia entre unos y otros no es el cociente de inteligencia,
ni las habilidades sociales, ni la edad, sino el carácter esforzado y la
energía dispuesta a sacrificar.
En la escuela y en la sociedad advertimos repetidamente
la pertinaz tragedia de las capacidades desaprovechadas, la penosa
catástrofe de los abandonos prematuros, y la sempiterna maldición de la
pereza, la desidia y la apatía… incluida la de los educadores y
progenitores que aceptamos el “fracaso escolar”. Muchas veces nos
consideramos demasiado incompetentes, nos suponemos demasiado mayores, nos
sentimos demasiado cansados. Es evidente que otras personas estarán más
dotadas que nosotros, que no seremos los mejores y que nos costará más
lograr nuestros objetivos. Pero recordemos que sólo fracasa, quien no lo
intenta una y otra vez.
Fallar es legítimo y honorable;
abandonar sin intentarlo es lo más triste y deshonroso. Schiller señaló: “La
voluntad de la persona: he ahí su felicidad”.
No existe mejor cualidad y facultad que una firme voluntad: Y esto está al
alcance de todos, porque la voluntad es el alma de cada uno de nosotros,
lo que nos hace grandes o pequeños.
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