2. Ponme a dormir
Mikel Agirregabiria Agirre. Getxo
Una clave familiar que mide la felicidad y el éxito
alcanzados dentro de un hogar.
Pasados los años, se llega a descubrir cuáles son las
vivencias más significativas y gratificantes de una vida. Una de mis
favoritas entre las más felices y repetidas es despertar de madrugada. En
plena oscuridad ir recobrando la percepción del entorno: sentir la
presencia de mi esposa apoyada en mi hombro y brazo izquierdos, sus pies
junto a los míos, su respiración sosegada y su sueño sereno.
El juego del despertar incluye desde hace pocos años
una adivinanza de saber dónde estamos: Si en nuestro hogar de Getxo o en
la casa de Alicante. El colchón es similar y no vale palpar el cabezal o
el borde de la cama, ni apurar la memoria del día anterior. El truco es
tratar de acertar sin abrir los ojos, por algún leve ruido como la lluvia
exterior en los ventanales o el tráfico lejano. Entonces comprendo si
estamos de vacaciones o durante el curso, pero eso no importa demasiado,
cuando se está entre personas amadas.
Luego sigue la preocupación por nuestros hijos:
¿Estarán en sus cuartos de al lado, o en su residencia de estudios? ¿Han
de madrugar? ¿El pequeño que estudia lejos parecía feliz en su última
llamada? ¿Los abuelos qué tal estaban según la conversación de cada noche?
¿Y el resto de la amplia familia? Cuando el repaso indica que todo parece
estar en orden, casi inmejorablemente, no cabe mayor felicidad.
Todo este sosiego lo atribuimos a un lema familiar que
les enseñamos a nuestros hijos. Cuando la mayor nació, su precocidad con
el habla —en distintos idiomas porque uno le parecía poco— fue impactante.
Ella recreó la expresión de "ponme a dormir", que incluía rezar sus
oraciones, arroparla con su peluche del momento, leerle o contarle un
cuento con precisión milimétrica para evitar inexactitudes, debatir con
ella el desenlace de la historia, darle un beso y velar un buen rato
mientras parecía dormir… pero estaba al acecho para evitar quedarse sola
hasta que Morfeo la acunase, siempre con una tenue luz en su cuarto.
Ahora que pasamos más tiempo solos, mi esposa ha
recupero el mimoso lema de "ponme a dormir". No en vano hemos compartido
juntos nuestras vidas desde que éramos unos críos, ella de 18 años y yo de
20. Definitivamente es fácil compartir la idea de que sentirse querido es
la sensación más humana que se puede experimentar. No existe mayor aprecio
interpersonal que saberse querido en el seno de una familia, por parte de
los padres, de la pareja, de los hijos, de los hermanos, de los familiares
propios y políticos. La verdadera medida del éxito público en la vida,
donde también la estima de colaboradores, colegas y superiores es
decisiva, se determina por la dimensión del triunfo íntimo dentro del
propio hogar.
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