3. El lenguaje de
nuestros políticos
María Velázquez Dorantes
El lenguaje de los políticos mexicanos es inusual,
aunque ellos lo consideren original, lo único que logran colocar de
manifiesto es su falta de preparación y sobre todo de lectura, el poco
manejo de las palabras y el uso correcto del Español.
¿Cómo nos representan lingüísticamente los políticos
mexicanos? De la forma más lamentable y torpe, su lenguaje en cuestión de
ascendencia marca la descendencia. Existen políticos que por sentirse
“cómicos” hacen falacias de su vocabulario, otros por verse elegante y
confundir más a la ciudadanía caen en errores de argumentación de su
discurso y ¿a dónde va a parar todo esto? En la consideración de un México
poco preparado, en una concepción de intimidación ante los otro países en
sus profesionales y lógicamente en la burla.
El lenguaje de los políticos mexicanos es inusual,
aunque ellos lo consideren original, lo único que logran colocar de
manifiesto es su falta de preparación y sobre todo de lectura, el poco
manejo de las palabras y el uso correcto del Español. Existen quienes se
han pasado un largo período por defender el idioma español, y vienen
representantes políticos y sociales que lo sitúan en decadencia.
Hay representantes políticos que “suponen”, otros a los
que la retórica se les perdió, hay quienes intentan manifestar una
sociedad mexicana muy cotidiana y eso ya no existe, porque en México la
gente está estudiando, se está preparando, sin embargo, la imagen que
dejan ver los gestores de la República Mexicana es todo lo contrario, sus
formas de expresión, sobre todo verbales, son demasiado ambiguas, confusas
tanto para el exterior como para la comprensión interior de la sociedad
mexicana.
Las falacias de ese lenguaje conducen a México a un
país sin cultura y educación, puesto que destruyen el mensaje y el
lenguaje, abusan de las palabras y lo que queda de ellas es desconfianza,
manifiestan incoherencia en sus discursos. Y cada uno de los dignatarios
políticos se identifica con una palabra, la cual parece ser que se trata
de un sinónimo de chascarrillo y risa, contrario al respeto y a la
responsabilidad de su cargo público.
Y todo esto por muy insignificante que pueda parecer
esta conduciendo a una crisis lingüística terrible para México, y para sus
mexicanos; lo que los políticos dicen y cómo lo dicen, deja ver un
panorama internacionalmente efímero, por lógico y de tristeza más que de
comicidad. México no debe crecer ante la “graciosidad”, sino por ser un
país rescatado de los malos hábitos gramaticales y por ponerse a la
delantera en los mejores niveles académicos.
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