7. El
destierro de los signos religiosos
Víctor
Corcoba Herrero
Si ya resulta paradójico que la Biblia y el crucifijo
se retire de actos académicos, no menos absurdo resulta que la Universidad
pode toda referencia al valor religioso, cuestión vital para crecer ante
la vida y uno mismo.
Los signos religiosos han caído en desgracia. Realmente
todo lo que huele a religiosidad, aunque formen parte de nuestras raíces
históricas. Hay un inconcebible y mezquino afán por romper vínculos
cristianos de toda la vida y tradiciones ancestrales. Se destierra doquier
referencia pública a la fe. Las multitudinarias manifestaciones piadosas
también son silenciadas, salvo algunas populares convertidas más en
espectáculo que en recogimiento. Y lo que es peor, el derecho
constitucional de las personas a manifestar su religión, comienza a
ponerse en entredicho. Aparte de ser ruin poner veto a la libertad de
culto, reducir la religión exclusivamente a la esfera de lo privado, es
una actitud poco neutral y nada enriquecedora, sobre todo entre la
población universitaria en formación, a la que le hace falta cultivarse
íntegramente. La censura en el pensamiento no es de recibo y pasa factura.
Esa embestida laicista protagonizada por algunos sectores políticos carece
de fundamento y hasta de sentido común. A veces raya lo inconstitucional.
Adentrarse en el pensamiento de las
religiones no debe acomplejarnos, todo lo contrario, los planes de estudio
debieran revitalizarlas. Por encima de inútiles nostalgias, hay que poner
el acento en valores perdidos y acentuar la mirada en un nuevo renacer
cristiano, sin perder la memoria histórica como proyecto de avance
cultural. La España católica ha de perder miedos o caer en resignaciones
que no conducen a puerto alguno. Si ya resulta paradójico que la Biblia
(el libro de los libros) y el crucifijo (la señal del cristiano) se retire
de actos académicos, no menos absurdo resulta que la Universidad, nacida
de la ex corde Ecclesiae,
pode toda referencia al valor religioso, cuestión vital para crecer ante
la vida y uno mismo, desde el altar de la conciencia y el retablo del
tiempo, sapiencia singular para comprendernos y comprenderse. Para no
pocos, los signos religiosos nada le dicen. Piensan que, con un patrimonio
económico aceptable, está demás el patrimonio espiritual. Dios queda lejos
de ese mundo de mercado, marcado por vivir al día.
Estos conocimientos que se potencian, descafeinados de
toda dimensión ética, no sirven para la vida, para nada son útiles, más
bien nos aborregan. Hay otros saberes que precisamos con urgencia para
poder discernir y reponer convivencias saciadas en la comprensión. Las
religiones, y la católica en especial, tiene una constitutiva dimensión
humanista, puesto que siembra un respeto pleno y total hacia el ser
humano, dotándole de una dignidad cultural cualificada. Los resultados ya
los tenemos. Antaño la Universidad representaba la universalidad y
pluralidad; hoy —por desgracia— suele representar la voz del político de
turno y el cortijo de un determinado pensamiento, amparándose más de un
docente (trepa) en una falsa (indecente) libertad de cátedra. Ya no sólo
se han eclipsado los signos religiosos de los centros docentes, también
escasea la figura del intelectual cristiano. Parece haber desaparecido (o
permanece adormecido), incluso los que en otro tiempo escalaron puestos
por la gracia divina, de los espacios de cultura y docencia.
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