4. Supresión de la televisión
Mikel Agirregabiria Agirre
El desastre social que propician los contenidos de las
televisiones aconseja evitar su recepción.
Una semana de vacaciones, deliberadamente sin Internet,
ha sido suficiente para comprender que el principal riesgo para niños y
adultos proviene de esas aparentemente inocuas televisiones genéricas. Lo
que pretendía ser una “semana blanca” retrasada, con el mal tiempo
reinante en Alicante, se convirtió en un tiempo para analizar los
contenidos televisivos reinantes en la España del siglo XXI. La conclusión
más obvia es que casi toda la oferta de las programaciones es altamente
desaconsejable para mantener una lucidez mínima, un elemental sentido
común y algún tipo de código ético aplicable a la vida cotidiana. El daño
que incontestablemente causa a los más jóvenes resultará incurable a pesar
de los denodados esfuerzos familiares y educativos que se apliquen, si no
es con la condición previa de restringir o apagar la televisión actual.
l panorama matutino comienza en TVE, A3 y Tele5 con
debates políticos de pesados “sabihondos contertulios”, preferentemente de
Madrid, que sólo repiten las frases sacadas de contexto de los políticos
nacionalistas, tanto de Euskadi como de Catalunya. Siguen insufribles
programas del corazón, con las mil y una anécdotas irrelevantes de
personajes anodinos que han sido encerrados en alguna casa de Somosierra o
en algún corral de Kenia, además de la panda habitual de famosillos que
viven del cotilleo de sus insignificantes “sucedidos”.
Los
informativos, aparte del peculiar equilibrio y selección de lo
“noticiable” que merecería un análisis y valoración extenso, son un
escaparate de “periodistas populares”, que llegan a llenar toda la
pantalla con su nombre y cara (dura). Hasta el propio
McLuhan se
sorprendería de que ahora el “mensaje es el periodista”, cuyo primer plano
acerca hasta la menor arruga (Angels Barceló es el caso límite de lo que
una mala realización puede perpetrar, porque no todos los días los poros
faciales presentan su mejor imagen) o que es entrevistado por sus colegas
en los debates en profundidad. Incluso los corresponsales “de provincias”
aparecen en medio de la imagen, tapando el incidente del que supuestamente
pretenden informar.
La tarde se llena con programas de entrevistas a
“personas de la calle”, que sorprendentemente sólo presenta las miserias
de caraduras de uno u otro género que se rejuntan en inimaginables
fórmulas de seudo-convivencia, con mayoría de “gente que trabaja la noche”
y todo tipo de esperpentos personales, familiares y sociales en pleno
horario infantil de tarde-noche. El mensaje tácito que se transmite es que
si quieres ser “famoso”, lo que parece ser el ideal de vida contemporánea,
sólo has de ser más “anormal” que los ya bastante estrambóticos
especimenes que se presentan como modelos ejemplares de nuestra era.
Las series de “producción propia” son muestras del
paradigma preconizado, que es lo más marginal que se pueda imaginar: Un
programa de “éxito” presenta una “modélica” comunidad de vecinos donde no
existe una sola familia convencional. En pro de la tolerancia que nadie
discute, tienen cabida toda suerte de “unidades familiares”… menos la
familia “a secas”. Negando y renegando de la estadística más elemental, no
aparece ni un solo matrimonio, con o sin hijos; únicamente algún resto de
matrimonio liado con algún otro resto.
Una sociedad que se traga sin rechistar semejantes
bodrios aderezados con anuncios de estúpidos productos, la mayoría de los
cuales son absoluta y manifiestamente innecesarios, corre un riesgo cierto
de acabar idiotizada, masificada y sin capacidad de reacción, lo que
parece ser el objetivo último de tanta basura tele-distribuida.
La información que proviene de Internet es
infinitamente más variada, complementaria, especializada y juiciosa que
esta predominante bazofia televisiva, que ni entretiene, ni informa, y
menos aún “forma”. La prensa escrita se recoge en hemerotecas y sus
opiniones vienen debidamente firmadas, siendo mucho más plurales a pesar
de la concentración de los “grandes grupos”. Consejo final: Si quieren ser
más cultos, más honestos y más humanos, eviten toda forma y modalidad de
televisión, con alguna insólita excepción como la información
meteorológica, películas sin cortes o esos escasos espectáculos deportivos
poco comentados.
|