8. La angustia de la
salvación católica
Alejo Fernández Pérez
Si los cristianos pusiesen el mismo empeño en
santificarse, como el que ponen en denigrarse, combatirse y defenderse los
unos de los otros, es seguro que la paz y la justicia de Cristo reinaría
bastante más en este mundo convulso
Desde hace dos mil años, el blanco de la mayoría de los
ataques se concentran en la Religión Católica, la religión del amor. Y
siguen. Ahora utilizan Internet. ¡Qué bien la maneja el diablo! En esta
ocasión algunos protestantes la han tomado con la “angustia”, que según
ellos, provoca en los católicos sus “dudas sobre la salvación”. Soy poco
amigo —aunque haya que seguir haciéndolo— de perder el tiempo en rebatir
argumentos trasnochados, caducos y obsoletos. Me parece mucho más positivo
que los católicos se formen bien en su doctrina, que la hagan vida.
Después, cuando estén llenos de Dios, pasarán a la ofensiva, con la
alegría de estar ofertando a los demás la maravilla de la verdadera
doctrina de Cristo.
El problema del misterio de la Salvación eterna es
bastante antiguo, y nunca totalmente resuelto en ninguna religión. Y menos
que nadie lo entienden “los listos”. “Yo te bendigo, ¡OH Padre! —exclamó
un día Jesús— porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los
inteligentes y se las has revelado a los niños.” Efectivamente, a los
sabios les hace sombra su propia sabiduría porque creen saberlo todo; a
los inteligentes les estorba su misma inteligencia, porque no son aptos
para recibir otra luz que la intelectual.
El católico tiene una cierta ventaja sobre las demás
religiones para la aceptación de muchos de estos misterios: “la Iglesia
Católica”, implantada por Cristo, tiene una organización dada por el mismo
Cristo. Sus palabras son definitivas: “Tu eres Pedro y sobre esta Iglesia
edificaré ‘mi’ Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra
ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos y todo lo que atares
en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatares en la
tierra será desatado en los cielos”. De estas palabras ha salido el mayor
Reino sobre la tierra. O se creen o no se creen; pero si se creen, y los
católicos las creemos, hay que actuar en consecuencia. Con Cristo y su
Iglesia no hay componendas
Para empezar, digamos que no vemos por ninguna parte
que los católicos estén angustiados por el problema de la salvación.
Nuestra dudas o angustias las combatimos con armas formidables: la oración
, la cruz y La Iglesia con su “Catecismo de la Iglesia Católica”, que
compendia maravillosamente toda la doctrina católica, tanto de la fe como
de la moral y nos conduce de la mano a la palabra de Dios y a la
salvación. Seis años de trabajo y más de dos mil obispos, cardenales,
teólogos, párrocos y laicos contribuyeron a su definitiva redacción.
Suponemos que algo sabían del tema, cuando además el Papa le dio su
aprobación. A los católicos nos basta estudiar en el Catecismo los puntos
sobre cualquier duda o tema en discusión, tales como la salvación, el
infierno, la eternidad, la confesión,...para saber a qué atenernos y
quedar en paz.
Antes de hablar, de dialogar, de
intervenir en un foro u otro medio es preciso considerar si merece la pena
o no. Hay cuestiones sobre las que no se debe dialogar ni transigir. “La
transigencia —leemos en el nº, 394 de Camino de San J. Escrivá— es señal
cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal,
de honra o de fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe”.
“Un caballero transigente volvería a condenar a muerte a Jesús”. O sea,
cuando un sectario se acerque a hablarle de “su doctrina” no pierda más de
15 segundos en despacharle… correctamente. No olvidemos que nuestra
principal arma es el AMOR, cosa que no está reñida con la energía. Un
simple “No estoy interesado”, debería bastar. San Ignacio de
Loyola nos aconsejaba: "Tened gran
cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los
oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas.
No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores".
La Iglesia habla siempre con una sola voz . La
interpretación o las dudas doctrinales las resuelven el Papa con los
cardenales, obispos y asistido por especialistas de todo orden que
conforman un “Estado Mayor” técnicamente insuperable. Además cuenta con la
ayuda inestimable del Espíritu Santo. Por tanto, sus mandatos —sobre todo
cuando se trata de dogmas— son tan de obligado cumplimiento como los de
cualquier gobierno o empresa
En su día, la Iglesia decidió, tras los procedimientos
exhaustivos con que acostumbra, aprobar la forma actual de perdonar los
pecados. Si mañana estima, de acuerdo con sus prerrogativas, que se haga
de otra forma —no es dogma de fe—, los católicos la aceptaremos, como
aceptamos la actual y ¡Punto en boca! ¿Tiene o no tiene el Papa potestad
para ello? Por otra parte, ¡Cómo nos envidian la confesión y al Papa
muchos protestantes! ¡Y cómo descansa nuestra alma tras una buena
confesión! Los que presumen de confesarse directamente con Dios, ¿no son
los mismos que para dirigirse a cualquier autoridad lo hacen a través de
la secretaria correspondiente?
Los que creen que el Señor en su infinita bondad nunca
los llevará al infierno, hagan lo que hagan. ¿Están Seguros que tras su
muerte no se pueden llevar una sorpresita? Pues Cristo dijo: “Todo pecado
les será perdonado a los hombres pero los pecados contra el espíritu Santo
no serán perdonados ni en este mundo ni en el venidero”. También añadió
“Aquel que me niegue ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre
celestial”. Se cuenta que rogando un día Teresa de Calcuta por los
pecadores, oyó una voz que decía: “Teresa, yo quiero, pero los hombres no
quieren”. O sea, que “Dios quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad” pero ¿lo quieren los pecadores? Por
otra parte, parece que la Iglesia no se ha atrevido a afirma que alguien
en concreto esté en el infierno, ni siquiera Judas, de quien exclamó
Jesús: “Más le valiera no haber nacido”. No parece que sea muy seguro,
estar tan seguro
La Iglesia Católica actúa como un ejército bien
formado, disciplinado y con altísima moral. Miles de Mártires, Santos,
Vírgenes, Misioneros,… y un gran número de Hospitales, Centros de
Acogidas, Instituciones benéficas, Centros de Enseñanza… avalan la
importancia de su misión desde hace más de dos mil años. Y todo esto bajo
persecuciones, ataques destructores desde dentro y desde fuera, pobreza,
silencios contra su obra, mentiras continuadas,… ¿Qué otra institución se
le puede comparar? ¿Qué católico, que conozca bien su religión, no se
siente orgulloso de serlo?
Cuando se carece de formación, cuando no se está
anclado en la doctrina es muy fácil ser pasto de cualquier charlatán. En
estos casos aparecen las sectas y ciertas religiones que ofrecen
soluciones definitivas y a gusto para todo y para todos. Como el diablo,
usan la Biblia, y muy bien, para combatir a Cristo. No hay duda que la
Biblia es a veces oscura o parece contradecirse. En todos estos casos,
cuando las razones no sirven, recurramos al camino seguro: a la Iglesia.
El único camino.
En ese
camino entra la obediencia. No hay alternativas: obedecer o marcharse.
Sobran listos y faltan santos. Muy especialmente debemos obediencia en
materias de fe y de costumbre al
Romano Pontífice, aun cuando no hable excátedra. Hay que obedecer ni más
ni menos que como hay que obedecer las ordenes de cualquier jefe militar o
empresarial o de cualquier otro tipo. Sin jefe, sin director no hay
empresa ni buena ni mala.
El
problema básico de hoy para el católico es su escasa formación.
Un católico sin formación es como un
soldado sin preparación ni entrenamiento: son derrotados y mueren
fácilmente en el primer combate. No podrán ni sabrán defender a la
Iglesia. Un católico aceptablemente formado es un árbol que ninguna
tempestad puede arrancar, una roca que ninguna riada puede arrastrar y un
muro contra el que se estrellan todos los charlatanes de las más de 4,000
sectas, cuya única y diabólica misión parece ser la de destruir a la
Iglesia Católica. Y cosa rara, muy pocas veces atacan a ninguna otra
religión o secta.
Cuando Jesús el día de Pentecostés sopló sobre los
apóstoles, diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo, a quien perdonéis los
pecados, les serán perdonados, a quien se los retengáis les serán
retenidos”. En ese momento dio a los apóstoles y sus seguidores un poder
sobre las conciencias como nadie jamás tuvo antes. Así se entiende la
envidia y el odio de Satanás y de los hombres diabólicos a esta Iglesia.
Sin embargo, la Iglesia necesita ayuda; necesita quien
la defienda y necesita estar preparada para cumplir el mandato de Cristo:
“Id por todo el mundo, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar
todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la
consumación de los siglos” ( Mt 28 19-20). Con Cristo junto a nosotros
hasta la consumación de los siglos, la victoria está asegurada, pero en el
camino se perderán muchos de nuestros hermanos; si no estamos preparados y
bien formados para una lucha, donde lo primero que hay que vencer son
nuestros propios defectos.
|