12. Con María,
amasando la Primera Eucaristía...
María Susana Ratero
Se acerca, María Santísima, el Jueves Santo. Ese
momento tan especial en que Nuestro Señor Jesucristo, en su infinita
misericordia y por una exquisita delicadeza, decide quedarse con nosotros
“hasta el fin del mundo”... quedarse bajo las apariencias del pan y del
vino, quedarse en la Eucaristía.
Mucho tiempo le llevó a mi alma comenzar, tan siquiera
comenzar, a comprender, apenitas nomás, tan altísimo misterio. Fue sólo
después de leer a Grignon de Montfort en “El amor de la Sabiduría Eterna”
que sentí como que se abrían todas las puertas de mi alma y una luz serena
y pura me inundaba... ¡Ahora comenzaba a comprender!!!! Y este comenzar es
sólo descubrir un pequeño trozo, como un cubito de hielo en relación a un
gigantesco iceberg...
Quisiera irme con la imaginación a esa noche, María,
pero no me atrevo sola...
—Entonces ¿Qué esperas para pedirme que te acompañe?
—Señora mía, es que a cada instante te pido que me
expliques esto o aquello... yo, temo ser molesta...
Me miras... me miras al alma y te ríes como mil
campanas....
—¡Querida mía! Si supieras cuánto me agrada ser
“molestada” de esta manera. Cómo quisiera mi corazón que las almas que
tuviesen dudas, soledades, angustias, se acercaran a “molestarme” como tú
dices... Hija, nada agrada más a una mamá que sentarse junto a sus hijos
para explicarles, mostrarles caminos, aliviar las penas del alma. Dime
ahora, ¿Qué quieres conocer de la última Cena?..
Bajo la mirada y callo.
—¡Vaya! Pero ¿Qué tan complicado puede ser, hija?.
—Yo... Señora, quisiera preguntarte si... si el pan de
la Primera Eucaristía lo amasaron tus manos.
Miro tu rostro grabado en mi alma... tu rostro, que
tiene una mirada especial y única para cada hijo... Tus ojos miran la
lejanía, mas allá del tiempo y del dolor... mas allá de mis preguntas.
—Cuando Jesús partió esa noche a descansar al monte de
los Olivos, se despidió de mí con un abrazo profundo, apretado,
silencioso... Muchos momentos en nuestra vida estaban más llenos de
miradas y de gestos que de palabras. Mi alma presentía el desenlace. Quise
quedarme cerca suyo pero sin interferir. Él necesitaba de mi amor la
compañía, no las preguntas.
A la mañana siguiente, cuando regresaba para enseñar en
el Templo, vi que Pedro y Juan se dirigían a una casa de dos plantas,
siguiendo a un hombre que cargaba sobre sus hombros un cántaro con agua.
Decidí seguirlos. Cuando entraron a la casa, la esposa del hombre me
invitó a pasar:
—Pase usted, por favor, a esta casa...
—Señora, yo no quisiera...
—Soy yo la que insiste. La madre debe estar con el
Hijo.
Y entré a la casa. La mujer era muy sencilla y me
permitió ayudarla con los preparativos de la cena. Le pedí me dejara
amasar el pan, a lo que ella accedió gustosa.
Mientras mis manos formaban la masa, lentamente, mi
alma se iba llenando de recuerdos por lo que, sin comprender muy bien lo
que estaba sucediendo, comencé a meditar todas estas cosas en mi
corazón...
Mis manos amasaban... como cuando estaba en Egipto y el
pan tenía sabor de nostalgia de la tierra amada. Amasaba como cuando vivía
José... recuerdo que él decía que mi pan tenía sabor “especial”. También
recordé como se había amasado para las bodas de Caná, cuando Él me había
dicho que “aún no había llegado su Hora”. Pan... “el pan nuestro de cada
día” que Él nos había enseñado a pedir al Padre...
Mi corazón se deja llevar por tus palabras, Maestra del
alma, y me veo a tu lado, mientras amasas el pan sin levadura...
—El pan sin levadura, que nos recuerda la salida
apurada de Egipto, donde no hubo tiempo de fermentar la masa.
Cuando el sencillo alimento está listo, te encargas de
la cocción, con esmero y delicadeza, dándole ése toque personal que cada
hijo reconoce de su madre... por ello, el pan de cada mesa, aunque
repetido, es siempre único.
Jesús y los Apóstoles llegan a la casa y se disponen a
cenar. El pan está sobre la mesa. Con una parte se acompaña la cena.
Después de ella, Jesús toma uno de los panecillos. Este gesto, tan
conocido por ti, María, te llega al alma. El Maestro mira el sencillo
alimento y te reconoce en él. Puedes ver su mirada que,
imperceptiblemente, te dice: “Gracias, madre, por no dejarme solo en esta
hora”.
—¿Qué sentiste en ese momento, Madre?
—Cuando Él dijo “que será entregada por vosotros y por
todos...” mi alma de madre se estremeció, todo mi amor de madre quiso
salir corriendo a llorar tras los árboles... pero mi corazón de esclava me
detuvo. Si Él se entregaba, yo también. Mi entrega sería el silencio, mi
ofrenda sería estar tan cerca de Él como pudiera...
—¿Tendrías fuerzas?
—Hija, ya no había tiempo para las preguntas, ya ni
siquiera había preguntas. Jesús estaba pidiendo “Tomad y comed todos de
Él”... y eso hice... con mi corazón tomé un trozo de pan y lo comí...
Después, después solo pude caminar tras Él.
Al partir el pan se realizaba la primera Eucaristía, la
de la cena fraterna, la que celebró el sacerdote eterno. Y estuvo amasada
por tus purísimas manos, María ¿Quién más pudo haber sido digna de ello?
Solo tú, querida Madre, solo tú... desde ese día y por siempre te has
quedado junto a tu Hijo en cada altar, como madre atenta.
—¿Sabes hija? Cuando Él decía que este pan era Su
Cuerpo, y este vino era Su Sangre, yo recordé vivamente el momento de la
Encarnación, en aquel lejano día de Nazaret. Comprendí que tantísimo amor
no tiene límites en su entrega, y, por ser Quien es, puede multiplicarse
infinitamente sin perder su divina esencia.
—Nazaret —murmuro con el alma inundada de asombro y
gratitud.
—¿Entonces… entonces cada vez que recibo la Eucaristía,
llega a mi alma Jesús como llegó a tu purísimo vientre?
—Pues, así es. Sé que te cuesta un poco comprenderlo.
Pero a medida que lo vayas descubriendo, y eso sólo será por una especial
gracia de Dios, más asombro y amor habrá en tu alma...
—Señora mía ¿Los Apóstoles supieron que tu habías
amasado el pan?
—Después lo supieron. Después. Pues volvía yo a amasar
para cuando se reunían a celebrar aquellas primeras misas... Recuerdo que
Pedro me pedía amasase cuantas veces pudiera. ¿Cómo negarme? Si amasar ese
pan era como preparar nuevamente la ropita de Jesús camino a Belén...
esperarlo, y aquella primera cuna de paja se tornaba ahora cuna de harina
tibia... pero cuna al fin. Solo que aquella cuna recibió al niño, pero
siguió siendo cuna... en cambio ésta, de pan, una vez que la habita el
Hijo ya no es pan, sino que, por la transubstanciación, se torna en
Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo...
—Señora ¡Qué gran honor el de las manos que amasan tan
delicado pan! Creo que nunca podré llegar yo a hacerlo, ni siquiera una
vez.
—Ay, hija querida, ¡Cómo ves todo a través de las
apariencias y te dejas engañar por ellas!... Amasar el pan para la
Eucaristía no es sólo tomar harina entre las manos. Hay muchas otras
maneras, muy necesarias todas, en que cada cristiano debe aprender a
amasar ese pan.
—Explícame, por favor, Madre, que nada entiendo.
—Mira, cada vez que aconsejas a alguien recibir la
Eucaristía, cada vez que instruyes a un niño acerca del inmenso valor de
la Santa Comunión, cada vez que te preocupas de que un moribundo la reciba
apropiadamente, estás amasando el pan.
—Señora, ¿Cuándo fue la última vez que amasaste en esta
tierra?
—Fue el día de mi partida hacia mi Hijo... fue un día
muy especial, pues casi todos mis queridos hijos vinieron a verme en ese
tiempo... pero eso es otra parte de la historia. Ahora, sólo dime si he
respondido a tu pregunta.
—Claro, Madrecita mía, claro, como siempre. Me dejas el
alma llena de posibilidades, de caminos, de oportunidades para ayudar a tu
Hijo en su obra de Redención. Aunque mi ayuda sea como un granito pequeño
de arena, es ya demasiado para mí, que son tan inservible y poca cosa.
—Ve hija, ve a amasar el pan en el alma de los que
Jesús te va poniendo en el camino. En la señora que va con cara triste al
almacén y a la que tú puedes darle una palabra con perfume de eternidad.
En tu compañero, que hoy no puede sonreír porque está desilusionado de las
promesas del mundo. A él puedes hablarle de que hay promesas de eternidad
que nadie puede romper. A ese joven, que busca y busca entre el ruido y la
prisa, caminos que se le desdibujan. A él puedes hablarle de que hay una
puerta, estrecha, sí, pero que conduce a praderas de eterna lozanía.
Amasar el pan. María querida, me has enseñado a amasar
panes de eternidad. Gracias, dulce maestra, madre amorosa, gracias.
A ti, que lees estas líneas, te invito a que ayudes a
María a seguir amasando panes que luego, por la infinita misericordia de
nuestro Dios, serán cuna de Eucaristía...
NOTA de la autora:"Estos relatos sobre María Santísima
han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por
ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos
sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El
mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas
que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural
alguna."
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