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6. Con cara de resucitados

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

Mira los ojos de los que tienen fe y verás cómo viven serenos y felices.

«Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo.

El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio».

Son palabras de Juan Pablo II en su carta «Quédate con nosotros, Señor».

La manera de dar testimonio de Jesús en tiempo pascual no puede ser otra que reflejar en el rostro la serenidad gozosa del Resucitado.

Los cristianos de hoy tenemos que vivir contagiados por Cristo para transmitir a otros lo que hemos «visto y oído». Es la única forma de hacer creíble el mensaje.

Recordemos brevemente:

El Viernes Santo enterraron a Jesús.

Sus seguidores estaban tristes y hasta posiblemente desesperados.

Como otras muchas cosas, habían olvidado las palabras del Maestro:

«En el mundo padecerán persecuciones… pero su tristeza se convertirá en gozo».

Los fariseos, en cambio, andaban gozosos porque habían terminado con el profeta que les hacía sombra. Pidieron a Pilato que sellara la losa y pusiera soldados que custodiaran el sepulcro.

(Con esto sirvieron de instrumento para la glorificación del Resucitado)

El domingo, temprano, las caras tristes de los que siguieron a Jesús, comienzan a transformarse en rostros gozosos.

Primero fueron los ángeles que, rompiendo las piedras del sepulcro, se sentaron sobre ellas, para dar la gran noticia:

«¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?: ¡Resucitó, no está aquí!»

Las mujeres que vienen llorando para embalsamar el cuerpo de Jesús, lo encuentran felices por el camino: Ha venido a saludarlas y agradecerles su generosa intención.

María Magdalena, que llama la atención por su llanto desesperado, se llena de gozo indecible al oír que el mismo Jesús la llama por su propio nombre.

Los apóstoles, juntos en el cenáculo, oyen de labios del Señor el saludo pascual: «La paz sea con ustedes»… «Y se llenaron de alegría».

Dos que iban a Emaús, tristes, regresan en plena noche llevando al Cenáculo, ligeros y felices, la gran noticia: «lo reconocimos al partir el pan».

Tomás (tan incrédulo como todos los demás antes de ver a Jesús) ocho días después cae emocionado a los pies del Señor, diciendo: «Señor mío y Dios mío».

De la Virgen Santísima habría tanto que decir, que es mejor hacer como los evangelistas, guardar respetuoso silencio: Ella, que siempre esperó, vivió un gozo inenarrable en la mañana pascual.

¿Cuánto les duró a aquellos felices seguidores de Jesús la noticia y el encuentro con el Resucitado?

De muchos de ellos sabemos que les duró hasta el martirio: toda la vida evangelizando con gran sacrificio y generosidad, como testigos del Señor.

La certeza de haber visto vivo a Jesús… contemplado su muerte… y gozado con su resurrección, los mantuvo valientes y felices hasta la muerte.

Han pasado los siglos.

Hay muchos que no creen porque no han visto, ni oído, ni han sido contagiados por los que vieron y oyeron.

Pero también es cierto que hay otros muchos que aceptan al Resucitado y viven llevando, en el rostro, el gozo de la resurrección que renueva, cada día, sus entrañas.

Mira los ojos de los que tienen fe y verás cómo viven serenos y felices.

A estos los tocó Jesús resucitado.

Ellos son la presencia de la Esposa de Jesús que suspira por ver al Resucitado y repite, cada día: ¡Ven, Señor Jesús!

 
 

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