1. De la sumisión a
la rebelión
Víctor Corcoba Herrero
Yo apuesto por una rebelión en favor de una vida más
digna para todos, puesto que el escenario contemporáneo de guerras,
injusticias e inmoralidad, no me deja ver la sonrisa primaveral, donde
anida luz y savia.
Ha llegado la primavera, con la semana santa, en un
momento en que todo está como muy desesperanzado y hasta la cintura de los
árboles resienten nuestro cansancio. Caminan muchos corazones rotos de
pena, mutilados, mudos de versos, con la mirada caída de tanto beber
tristeza. Andamos como borrachos: de vacío en vacío. Así no hay flor que
nos levante. Todo está como muy dislocado. Por una parte está el típico
señorito insatisfecho, que pretende tener todo los derechos y ninguna
obligación. Su máxima complacencia, en todo caso, es acrecentar sumisos.
Por la otra banda está un nutrido grupo de ciudadanos que han optado por
la pasividad, nada les hostiga, se someten a la jerarquía social digan lo
que digan o fomenten lo que fomenten. Sin embargo, cabe preguntarse si
éstos que han llegado a esa cúspide jerárquica, considerados élites o
estrellas, líderes especialistas que no suelen admitir discernimiento
alguno, se consideran dioses en su especialidad, desatienden
responsabilidades de ilustrar con el ejemplo, con la autoridad del sentido
común y de la coherencia.
A mi juicio hemos perdido equilibrios tan vitales como
aquellos que nos desordenan el orden natural, que es innato a la
existencia. Lo asumimos aunque descienda la amargura a los portales de la
primavera y nos reconozcan como víboras a ras de suelo. En el pecado va la
penitencia. Verdaderamente habría que sublevarse contra la legión de
cínicos y corruptos, esos garbanzos negros que se aprovechan de la
democracia, culpables de que la humanidad rompa lazos solidarios, porque
no puede haber riqueza sin justicia social, libertad sin orden, pluralidad
sin familia bien avenida. A juzgar por las manos que se extienden en la
calle, la pobreza aumenta en España. A poco que nuestros políticos fuesen
menos gastosos, se podría establecer un salario vital con aportaciones de
empresarios y administraciones, para esos hogares que malviven en doquier
chabola de un polígono marginal. Eso sería predicar con argumento, a favor
de una Europa más sensible, poniendo los avances de la ciencia, de la
economía, y del bienestar social en lugar distinto a un consumismo sin
sentido, sino al servicio de todo ser humano necesitado.
El mundo de la marginalidad avanza de muchas maneras.
Hay un eco desesperante en los cielos tristes de esa infancia que crece en
las chabolas, mientras dos pasos adelante está la otra frontera, la de la
sociedad de la opulencia que pasa de reconocer la responsabilidad de hacer
extensivo el bienestar a todos, aunque un malestar espiritual también nos
empobrezca de forma diferente, por mucho barniz de cirugía estética que
uno se embadurne por el cuerpo. El alma no entiende de tintes, sino de
entregas a una existencia que, para ser agradecida, debe ser entregada sin
condicionante alguno a toda vida. Quizás sea un buen tiempo, el actual,
para reflexionar sobre todo ello, puesto que la atmósfera pascual está
penetrada de un sentido meditativo y de un despertar primaveral. Son
nuevos los corazones de los cristianos, renovados por la semana santa. Y
no menos vivo es el zumo de la primavera. También ayuda a renacer por
dentro, dejando en el aire una estela de amor que se agradece, para que la
convivencia reconduzca pasos perdidos.
“Paz, paz, paz para leer/ un libro abierto en el alba/
y otro en el atardecer”, dicen unos versos de Alberti. Y yo me pregunto:
¿cómo puede haber paz si matamos a la primavera, ese embrión que es pura
poesía, el primer brote de la existencia de un ser humano? Todos hemos
sido ese verso, la vida que germina. Aquí no cabe la sumisión, ni lavarse
las manos como Pilatos, porque la primavera humana no puede desaparecer,
hay que cultivarla para que florezca, sin vasallajes, la cultura de la
familia y de la existencia. Las irresponsabilidades, más pronto que tarde,
se pagan. Hoy tampoco se educa para la responsabilidad, cuestión vital
para que la madurez afectiva retoñe. El resultado del desenfreno, ya lo
percibimos. La misma sanidad nos dice que un altísimo porcentaje de nuevos
casos de sida en nuestro país contrajeron la infección por vía sexual.
En consecuencia, ante tantos desajustes que perturban
la ansiada primavera, pienso que la docilidad cuando la degradación de la
educación y la cultura salta a la vista, requiere pasar de la sumisión al
plante; plantar nuevas actitudes que nos regeneren de las barbaries que
coexisten y cohabitan. Pese a las guerras de intereses, la injusticia de
la justicia y las dificultades porque los desiguales alcancen a los
iguales en el bienestar social, cuando vemos las cosas con ojos de
compartir todo se ve muy diferente. Nos falta esa mirada crecida de
esperanza, cuya unidad se funde en la auténtica libertad. ¿Cómo puede
nacer una generación juvenil abierta a la verdad, sentir la belleza como
algo propio, revalorizar la nobleza, si la familia ya no se presenta como
una primavera expansiva a la vida y al amor desinteresado? Tal y como está
el patio de revuelto en sombras, debiera conmovernos gestar un nuevo
renacer, donde puedan contemplarse sin sobresaltos las bellas flores de la
alegría, la humildad, la sencillez y el servicio. Donde el amor, al amor,
mueva los corazones.
Ya se sabe que la nueva civilización comienza con cada
uno de nosotros, con cada corazón que se decide a amar, y amar hasta las
últimas consecuencias. Podemos y debemos hacerlo. Es el momento. Y, al
forjarlo, podremos darnos cuenta de que hasta las lágrimas salidas del
alma fructifican, preparan el terreno para un nuevo florecer, más en el
espíritu que en el cuerpo. Annan propone crear un nuevo Consejo de
Derechos Humanos como parte de la reforma de la ONU. Puede ser un buen
comienzo para el florecimiento y un buen principio para que la
discrepancia se analice, no suponga inacción, sino acción concertada en el
optimismo y en la capacidad humana. Yo apuesto por esta rebelión en favor
de una vida más digna para todos, puesto que el escenario contemporáneo de
guerras, injusticias e inmoralidad, no me deja ver la sonrisa primaveral,
donde anida luz y savia.
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