5. La muerte y la
vida eterna
Miguel Rivilla San Martin
Un cristiano auténtico debería corregir
el dicho popular y formularlo de esta o parecida manera. “Nada
está definitivamente perdido en esta vida. Hay salida para todo, incluso
para la muerte”.
Hay
muchas frases hechas que la gente repite inconscientemente y que para un
verdadero creyente son falsas, al carecer de contenido real. Tal es la
manida expresión: “En esta vida
todo tiene remedio...
¡menos la muerte!”.
Un
cristiano auténtico debería corregir el dicho popular y formularlo de esta
o parecida manera. “Nada está definitivamente perdido en esta
vida. Hay salida para todo, incluso para la muerte”.
En efecto, nuestros
sentidos nos dicen con una aparente contundencia y rotundidad que
todo lo humano es finito, que nadie ha vuelto del reino del más allá
y que todos somos seres para la muerte.
Para que el ser humano encuentre una
salida lógica al hecho incontrovertible y desconcertante de su finitud, no
valen los argumentos racionales, experimentales o científicos, aptos sólo
para constatar que todo lo que nace, muere y que nada material es eterno;
sino el único argumento es el de la fe cristiana,
basada en el poder y bondad de Dios, creador y salvador de cuanto existe.
Jesucristo, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios
encarnada, nos ha dejado dicho en el Evangelio: “Yo soy la resurrección y
la vida. El que cree en Mi, aunque muera, vivirá y todo el que cree y vive
en Mí no morirá para siempre”. (Jn. 11, 25-26)
Sobran todos los argumentos racionales y experimentales
para el que tiene fe y no hay argumento alguno posible para el que carece
de ella.
|