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6. La puerta de la Misericordia

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

Lo único que corresponde a la miseria que todos cargamos es la misericordia infinita de nuestro Creador que quiso hacerse cercanía y salvación

El domingo de la octava de la Pascua, solía llamarse “in albis” porque los nuevos bautizados (catecúmenos) se quitaban las túnicas blancas que habían llevado durante toda la semana en los actos litúrgicos.

Era como dejar de lado el vestido especial que los caracterizaba como nuevos cristianos y emprender la vida de adultos con el resto de la comunidad.

Ese domingo de la octava de la Pascua también se termina el día largo “que hizo el Señor”. Esto significa que la Pascua es tan querida para la Iglesia que su fiesta no dura un día de 24 horas, sino 7 días de 24.

Es el tesoro grande, la entrega total de Jesús que redimió toda la humanidad. ¡Cómo no celebrar el triunfo del Esposo que dio la vida por ella!

Ese día también es el día de la gran afirmación de fe de santo Tomás. Algunos llaman a este santo “el incrédulo” porque fue el último apóstol en aceptar la resurrección de Jesús.

Pero, si nos metemos en el alma de santo Tomás, tendremos que reconocer que la mayor parte de nosotros hubiéramos actuado como él:

¿Cómo era posible creer que un crucificado, a quien se había torturado tan cruelmente y después de muerto le habían clavaron la lanza en el costado, podría presentarse vivo de nuevo en medio de los suyos?

Por lo demás, el hecho de que el Santo no hubiera sido crédulo, ni aceptado a la primera lo que dijeron sus compañeros, ha sido una ayuda para nuestra fe, a través de los siglos.

Recordamos la escena:

Tomás ha dicho que no creerá mientras no vea y toque las llagas de Cristo.

Ocho días después de la resurrección Jesús se aparece, le llama y le dice:

- “Acerca tus dedos y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente”.

Está claro que Tomás no pudo hacerlo y echado a los pies de su Maestro no atinó a decirle más que: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Las palabras con las que Jesús cierra la escena son una gozada para todos nosotros:

“¡Porque me has visto, Tomás, has creído! ¡¡Dichosos los que sin ver creen!!”.

Lo que no hizo en aquel momento Santo Tomás fue meter sus ojos por el costado abierto de Jesús:

Hubiera visto la misericordia brotando a borbotones.

El Papa Juan Pablo II, que vivió impulsado por el Espíritu de Jesús, lo ha descubierto y por eso nos ha pedido que en la octava de la Pascua recordemos el amor hecho misericordia y manifestado en los chorros de agua y de sangre que brotaron del corazón traspasado de Jesús.

La sangre y el agua de que habla Juan, con tanta insistencia, refiriéndose al momento en que el centurión traspasó el costado de Cristo, corresponde, no a un pasado, sino a un hoy siempre presente; el hoy de la redención, la hora de la salvación.

Por eso, la Iglesia universal en ese día recuerda una devoción que ha entrado tan rápidamente en el corazón de nuestra humanidad: La Divina Misericordia.

Esta devoción entró fácilmente en nuestros corazones porque lo único que corresponde a la miseria que todos cargamos es la misericordia infinita de nuestro Creador que quiso hacerse cercanía y salvación en los dos grandes sacramentos que, según los Santos Padres, están bajo el signo de la sangre y el agua:

El Bautismo que nos da la vida divina haciéndonos hijos de Dios.

La Eucaristía que nos alimenta diariamente para que crezcamos en esa misma gracia.

Como ves, pocos días del año vienen tan cargados de profundidad en la liturgia como ese domingo de la octava de Pascua.

Te invito a abrir, una vez más, la puerta del Corazón de Cristo para que, entrando por ella, puedas entender la misericordia infinita del Padre que aceptó el dolor y la humillación de su amado y predilecto Jesús por la salvación de toda la humanidad.

 
 

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