7. La esperanza de
los hijos
Mikel Agirregabiria Agirre
Si a algo nos obligan los hijos durante toda nuestra
vida es a… esperarles.
Hace dos horas que mi esposa y yo estamos
preparados para emprender el viaje de vacaciones en coche. Hemos despejado
los cuartos de baño y preparado el desayuno, antes de despertar a nuestros
hijos, dándoles tiempo a desperezarse. Poco a poco se han levantado, les
hemos recordado los atascos previstos y animado a agilizar sus trámites
preparatorios. Todavía calculamos que les quedan otras dos horas antes de
que el “pater familias” que
suscribe pierda los nervios y se ponga a dar gritos, y ellos finalmente se
animen a iniciar un viaje de 850 Km.
Porque si algo define la condición por antonomasia de
la paternidad o maternidad es la “espera”. Nueve meses para que nazcan, un
año más para que comiencen a hablar y andar; otro año más para que dejen
de usar pañales,… y otras veinte (o treinta) años más para que alcancen
cierta madurez. Nosotros estamos en esta fase inconclusa. Y después sigue
la espera, a que se concluyan sus estudios, encuentren trabajo, se casen,
tengan sus propios hijos,…
Ser padre o madre es una realidad irreversible: Cuando
acaba de nacer un hijo entiendes que tu vida ha cambiado definitivamente.
Desde ese momento tienes mucho que aprender, que improvisar,… y que
esperar. Pero los hijos son también la mayor esperanza de ninguna persona
pueda soñar. Ellos nos permiten vivir doble o triplemente nuestra vida y
pervivir tras nuestra muerte.
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