Un elefante
silencioso
Miguel Ángel Loma Pérez
Paulatinamente hemos llegado a la aberrante situación
de que la lucha en defensa de la vida contra cualquier ataque a su
integridad, desde su gestación hasta su muerte natural, está quedando
relegada a unos pocos, que además son considerados como una especie de
trasnochados radicales, fanáticos fundamentalistas, intolerantes e
intransigentes.
Cuestiones
trascendentales que hace unos años provocaban debates afrontados con un
mínimo rigor en los medios de comunicación, aparecen hoy tratados con la
misma frivolidad con que se abordan las actividades copulares de cualquier
personajillo elevado a la categoría de estrella mediática de la telebasura.
Con cuatro lugares comunes y un capotazo demagógico se despachan hoy «las
nuevas conquistas de la libertad y el progreso», ya se trate de la
clonación de seres humanos, la distribución gratuita de píldoras abortivas
entre adolescentes, las bondades de la eutanasia que viene, el matrimonio
entre homosexuales y su derecho a adoptar menores, o la equiparación de
los embriones humanos con una cosecha de champiñones transgénicos.
En este ambiente de
absoluta trivialización, un claro exponente de la descomposición de los
fundamentos cristianos que construyeron y cimentaron Occidente, es el
silencio impuesto sobre el aborto criminal y la permanente demagogia con
que se aborda este genocidio que nunca contará con película-denuncia de
Costa Gavras, ni de cualquier otro director comprometido con la defensa de
los cada vez más torcidos derechos humanos. Muy al contrario, la defensa
del aborto o la pasividad y el silencio absoluto ante la vigencia y
expansión de las leyes que lo amparan y multiplican, suele ser el marchamo
progresista con que se acreditan los voceros del llamado pensamiento
débil, débil sólo en sus fundamentos porque en sus medios de comunicación
y difusión resultan harto poderosos. De este modo, la opinión favorable al
aborto o la indiferencia absoluta ante su escalada criminal es la prueba
de fuego, más bien de sangre, con que se supera el examen del progresismo
y se accede a la elite del pensamiento políticamente correcto.
Basta analizar el caso
español para comprobar cómo se ha conseguido insensibilizar a la opinión
pública en muy pocos años, y cómo la mayoría de políticos católicos y una
parte importante de la clerecía, se desentienden de tan fundamental asunto
como si se tratase de una cuestión adjetiva que en el fondo ni les
concierne ni les inquieta, únicamente les incomoda. Ejercitando la
memoria, esa facultad tan aborrecida por el hombre posmoderno, recordemos
por un momento que en nuestra nación se aprobó el aborto únicamente como
excepción al principio constitucional de respeto al derecho a la vida que
tienen «todos» (artículo 15 de la Constitución), y sólo con el objetivo,
eso nos decían, de que fuera permitido para unos restrictivos supuestos de
naturaleza gravísima. Fue en este sentido en el que se pronunció el
Tribunal Constitucional respecto a la llamada Ley del Aborto, limitando su
despenalización a tres únicos supuestos: el denominado aborto terapéutico,
cuyo objeto era evitar un grave peligro para la salud física o psíquica de
la embarazada; el denominado aborto ético, para casos de embarazo por
violación; y el denominado aborto eugenésico, cuando se presume que el
feto nacería con graves taras físicas o psíquicas. Pero como una cosa es
lo que dice la ley y otra muy diferente su interpretación y aplicación, la
doctrina sentada por la desgraciada sentencia del TC ha sido tan
expansivamente letal con los inocentes no nacidos, que la práctica
totalidad de los 70.000 abortos que se ejecutaron en el 2001 en España
(último año del que disponemos de datos), se realizaron al amparo del
supuesto legal conocido como aborto terapéutico, pero en su vertiente más
abierta, esto es: «aborto practicado para evitar un grave peligro para la
salud psíquica de la embarazada», que además de precisar la certificación
de un hecho menos objetivo que el exigido para los demás supuestos
legales, ofrece la «ventaja» añadida de poder ejecutarse en cualquier
momento de la gestación, sin límite alguno de tiempo; circunstancia que
todavía parece ignorar mucha gente que aún se asombra cuando se le explica
cómo funciona la maquinaria legal de asesinar criaturas no nacidas. Y así,
de esta manera tan fraudulentamente consentida, el supuesto, y nunca mejor
dicho, del «grave peligro para la salud psíquica de la embarazada» se ha
convertido en un absoluto cheque en blanco al que se reconduce cualquier
petición de aborto. Basta que la embarazada alegue haber oído extrañas
voces por los pasillos de su casa invitándola a abortar (o quizás en los
mismos pasillos de la clínica abortista), para que el especialista en
«graves peligros psíquicos para la embarazada», y absoluto peligro para la
integridad física del hijo, firme la correspondiente sentencia de muerte
con forma de certificado sanitario. Se manipula el sentimentalismo social
alegando la frialdad de las mazmorras y las horribles huellas que dejan en
las muñecas y tobillos de las condenadas los grilletes y la bola, cuando
es bien sabido que en España nadie va a prisión por un delito de aborto
desde hace muchísimos años porque tanto los anteriores gobiernos del PSOE
como el actual del PP, han indultado sistemáticamente a todos los
condenados por delitos de aborto. Un indulto que en la práctica significa
una fraudulenta invasión del Poder Ejecutivo en el ámbito del Legislativo,
ya que un órgano incompetente para ello, como es el Gobierno, está
despenalizando por la vía de hecho un delito. Y todo esto sin olvidar que
en nuestro Código Penal, arrancar una arborescencia protegida o dificultar
la reproducción de un lagarto exótico resultan conductas con mayor sanción
(prisión de seis meses a dos años, o multa de ocho a veinticuatro meses)
que el de «la mujer que produjere su aborto o consintiere que otra persona
se lo cause, fuera de los casos permitidos por la ley» (prisión de seis
meses a un año, o multa de seis a veinticuatro meses). Con este simple
ejemplo comprendemos el lugar que ocupa un ser humano no nacido, en la
escala de valores del legislador español.
Paulatinamente hemos
llegado a la aberrante situación de que la lucha en defensa de la vida
contra cualquier ataque a su integridad, desde su gestación hasta su
muerte natural, que debiera ser bandera común con independencia de
ideologías, opiniones o creencias (aunque sólo fuera por solidaridad con
la misma naturaleza humana que a todos nos une), está quedando relegada a
unos pocos, que además son considerados como una especie de trasnochados
radicales, fanáticos fundamentalistas, intolerantes e intransigentes. Ni
siquiera la autorizada voz de Juan Pablo Il es atendida por quienes
tendrían la obligación de hacer más eco de ella; es más, alguno hay con
graves responsabilidades de gobierno en la Iglesia española que
recientemente justificaba la pasiva política del Partido Popular en esta
grave materia, alegando que tal actitud no sólo no constituye causa para
dejar de votar al PP, sino que «El Gobierno actual está llevando a cabo
una defensa del hombre desde su nacimiento hasta su muerte natural», y que
con oponerse a lo del cuarto supuesto ya se pueden quedar tranquilos
porque «esto es aplicar lo que el Papa dice en la Evangelium Vitae». En
fin... No obstante, tras la última Nota Doctrinal de la Congregación por
la Doctrina de la Fe, sobre la conducta de los católicos en la vida
política, modestamente considero que opiniones tan «comprensivas» como la
anterior, quedan gravemente en entredicho, por no decir, claramente
desautorizadas.
Pero no nos engañemos:
la actual aceptación social y pacífica del aborto nos conduce
indefectiblemente a una pérdida progresiva del valor vida humana, que
resulta relegado y depreciado al enfrentarlo con cualquier otro de menor o
ninguna esencia, como pudieran ser el valor «salud psíquica de la
gestante», o los supuestos valores de la comodidad, estatus económico,
inoportunidad del embarazo o vacaciones de verano en apartamento playero.
Y si incoherente resulta la posición que adoptan en este tema las
denominadas fuerzas de progreso, olvidando su cacareada dedicación de
lustros en defensa de los más débiles, no menos incoherente resultan todos
los que callan ante el genocidio abortista, y dan por buena la escandalosa
situación a la que hemos llegado. Como sucede con la mayoría de los
partidos denominados hasta hace muy poco «de inspiración humanista y
cristiana», que no sé si inspirarán cristianismo pero en lo que respecta a
esta materia exhalan un gas letal, que con sus melifluas actitudes han
contribuido directamente al fomento y desarrollo del abortismo en
Occidente, manteniendo situaciones tan injustas y fraudulentas como la del
aborto en España. Son los mismos que desde una mayoría absoluta,
tranquilizan sus conciencias con el solo argumento de oponerse a la
ampliación de un cuarto supuesto, algo que en la práctica no supondría
ningún incremento real del número de abortos, porque cualquiera que
conozca cómo funciona esto, sabe que se están ejecutando todos los abortos
posibles (incluidos los no contabilizados que producen las diferentes
píldoras abortivas aprobadas por Sus Señorías del «humanismo cristiano»).
Un progresismo que establece como uno de sus objetivos principales impedir
el nacimiento de seres humanos, es un progresismo que nos conduce hacia un
horizonte muy diferente del progreso de la humanidad; y un denominado
«humanismo cristiano» que lo consiente y abdica de su erradicación, ni es
humanismo ni es cristiano. (¿Por qué será que las imágenes de un inocente
ser humano, muchas veces un niño perfectamente formado, luchando en el
seno materno por escapar de la mano «liberadora» de un médico convertido
en verdugo, siguen siendo hoy las únicas imágenes prohibidas en los medios
de comunicación?)
Como está claro que
ninguna mujer aborta por gusto, ayudar a las madres con problemas ante su
embarazo y dejar nacer a quienes no son culpables de nada, sí que debiera
considerarse una política progresista, sobre todo respecto al progreso de
tantos inocentes que acaban sus días en el cubo de basura de los
hospitales, o reciclados, terrible sarcasmo, en sofisticados productos de
belleza. Hay quienes piensan, desgraciadamente cada vez son más, que la
cuestión del aborto es un tributo al que debemos acostumbrarnos; que si
bien no es algo bonito, en el fondo afecta únicamente a la embarazada y a
nadie más; que mientras la sangre no salpique y no se vea, que cada una
haga de su capa un sayo y de su útero un féretro; que con la que está
cayendo y con un mundo casi en pie de guerra, no hay tiempo para detenerse
en nimiedades que sólo afectan a la embarazada y a su entorno o contorno
abdominal. Pero el tema del aborto no es ningún asunto menor, porque se
trata del derecho a la vida del ser más débil, y como nos recordaba la
Madre Teresa de Calcuta: «El aborto desencadena el odio y se ha convertido
en el mayor destructor del amor y de la paz, pues si una madre puede matar
a su propio hijo, nadie podrá impedir que nos matemos unos a otros. Cada
aborto es un doble asesinato: destruye al niño no nacido y mata la
conciencia de la madre... El niño aún por nacer es el más pobre entre los
pobres».
Conocida es la
pregunta y conocida, la respuesta: «¿Cómo se oculta un elefante en la
Quinta Avenida de Nueva York? Llenando la Quinta Avenida de elefantes». El
elefante del aborto camina hoy oculto entre tantos otros elefantes que nos
salen desde todas las esquinas, pero con la elefantiásica diferencia de
que mientras la aparición de los demás es objeto de encendidas
manifestaciones de denuncia, alarmas y cautelas, el elefante asesino del
aborto es el único que se pasea silencioso sin apenas despertar
reprobación. Sus pasos quedan amortiguados por un mullido suelo de seres
humanos no nacidos, y por la indiferencia de un mundo incapaz de
escandalizarse ya por algo que no nos afecte a los bolsillos, a nuestra
tranquilidad y seguridad personal, o al mercado del negro carburante que
mueve nuestros vehículos y adormece nuestras conciencias.
Publicado el 5 de
junio de 2003
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