Locura de poder
Alejo Fernández Pérez
El poder actúa sobre los poderosos como una droga. La
adicción al poder, a veces, es tan fuerte que les resulta muy doloroso y
hasta imposible desprenderse de él.
Tras las pasadas
elecciones locales comprobamos, una vez más, la locura que se apodera de
los que pueden ganar o perder el poder. Es la misma que la que padecen los
que lo detentan, con las excepciones de rigor. La propaganda nos muestra a
gente de ideas delirantes, a veces estrafalarias, incapaces de distinguir
la realidad de sus deseos . No sólo mienten, sino que además se creen sus
mentiras que, por otra parte, responden a peticiones absurdas de votantes
que exigen imposibles.
El poder actúa sobre
los poderosos como una droga. La adicción al poder, a veces, es tan fuerte
que les resulta muy doloroso y hasta imposible desprenderse de el.
Imbuidos de ideas mesiánicas, y considerándose salvadores de sus pueblos,
prefieren morir “cumpliendo con su deber” antes que abandonar. Aquellos
que intenten desbancarlos serán considerados enemigos a batir, traidores a
la patria con todas sus consecuencias. Como todos los drogadictos son los
últimos en reconocer su enfermedad. Sobran ejemplos por todas partes:
Stalin, Hitler. Mao Tse Tung, Sadam Hussein, Baby Doc, Idi Amin, y un
largo etc. Sin contar a los de tercera división ni al navajeo de los
políticos locales. Las gentes bajo sus garras no son ciudadanos, son
esclavos. Sólo la democracia, y no siempre, o una fuerza superior pueden
arrancarlos de su sillón, sillón que jamás dejarán voluntariamente.
Por otra parte los
pueblos son muy sensibles a las dotes paternalistas, autoritarias y a los
gestos teatrales de nuestros gobernantes. Raramente se fijan en los hechos
más que en las palabras, en la capacidad de servicio más que en la de
mando, más en su orgullo y desplantes ante los superiores que en los
resultados de sus gestiones. Los Evangelios nos advierten: “Por los hechos
los conoceréis”. Pero, ¿Quién se fija en los hechos?
En principio a las
gentes nos gusta ser mandados. Preferimos, aunque nos cueste reconocerlo,
que otros piensen por nosotros, que nos den las cosas hechas, los
problemas resueltos y la seguridad impuesta. Cuando en la toma de
decisiones no se cuenta, de verdad, con el pueblo y no se trabaja por sus
intereses, el pueblo termina revolviéndose con resultados imprevisibles.
La locura de los
poderosos es multiplicativa. Si dos Jefes se odian, este odio se traslada
a sus seguidores, que pueden ser millones; si son sensatos e inteligentes,
sus seguidores se comportarán razonablemente. El pueblo puede dividirse en
dos fracciones irreconciliables llenas de odio, o en un solo pueblo donde
reine la cordura y la paz. Donde no hay paz ni concordia la ruina se
extiende rápidamente. Demasiada responsabilidad la de los políticos.
Demasiada responsabilidad la de las personas que no se informan , ni
piensan por su cuenta. Demasiada responsabilidad la de las personas:
políticos y votantes, que en democracia a todo dicen: Sí Señor…Mandeee y…
Amén
Tampoco hay que
sorprenderse, estas conductas están grabadas en los genes humanos desde el
principio de los tiempos. Se dan en los que hacen cabeza de león y cabeza
de ratón. Se han dado en todas las épocas y en todas las sociedades.
La Biblia nos presenta
un ejemplo revelador en el libro de Daniel, cuando habla de la locura del
Rey Nabucodonosor ” Su corazón se ensoberbeció, su espíritu se endureció
altivo, se creyó como Dios, y se hizo adorar como tal. Tuvo un sueño
terrible que se lo interpretó Daniel: …ese eres tú ¡Oh rey!, que has
llegado a ser grande y fuerte, y cuya grandeza se ha acrecentado y ha
llegado hasta los cielos, y cuya dominación se extiende hasta los confines
de la tierra. (…) te arrojarán de entre los hombres y morarás entre las
bestias del campo, te darán a comer hierbas como a los bueyes, te empapará
el rocío del cielo y pasarán sobre ti siete tiempos hasta que aprendas que
Altísimo es el dueño del reino de los hombres y se lo da a quien le place,
(…) y puede poner sobre él al más bajo de los hombres.”
El mismo Daniel le da
la solución: ” …redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con
misericordia a los pobres, y quizá se prolongará tu dicha.” Nabucodonosor
rectificó y fue restituido en su trono; pero tuvo que venir un enviado del
Señor para que se aclarase su mente y se moviera a penitencia. ¿ Cuantos
enviados tendría que mandarnos hoy el Señor?
En democracia el
diablo también vota, y los imprevistos son tantos, que a pesar de todas
las previsiones, será mejor que los creyentes no se olviden de rezar antes
y después de las elecciones. “¡ Señor! Que los gobernantes locos de atar,
los maníacos, los frenéticos, los chiflados, los atolondrados, los
inconscientes, “los listos” , los que se creen Napoleón, los
prevaricadores, los ladrones, los maníacos, los mentirosos…sean los menos
posibles; y si no es mucho pedir, te rogamos que sus enfermedades no sean
muy graves “. Amén
Publicado el 11 de
junio de 2003
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