Adiós Espíritu Santo
P. Marcelo Rivas Sánchez
“Cuando Jesús se
despidió de los discípulos en el cenáculo les dijo: les conviene que yo me
vaya, porque si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá. Al venir, Él les
enseñará toda la verdad (Juan 16,7)”
Hace dos domingos
habíamos celebrado la fiesta de la Ascensión y allí se nos dijo en Hechos
1,7-8: “No vayan a Jerusalén hasta que les envíe el Espíritu Santo” La
partida de Dios no fue un acto para dejarnos huérfanos, abandonados, solos
y entristecidos, todo lo contrario, se va al lugar que le pertenece para
verlo, conocerlo y amarlo todo. Desde ese día comprendimos la necesidad de
la partida de Jesús para permitirnos el regalo del Espíritu Santo. Regalo
que se concretó el día de Pentecostés, el pasado domingo 8 de junio.
Esa celebración
llamada por la Iglesia la Solemnidad de la llegada del Espíritu Santo pasó
sin pena ni gloria, pues aún no hemos comprendido su significado y
enseñanza.
Su Significado: se
refiere al festival judío llamado galanteo de las semanas o Pentecostés
“quincuagésimo” 50 días después de la Pascua. Con una data del siglo
primero.
Su Enseñanza: el
regalo del Espíritu Santo. Según el Catecismo, el Espíritu Santo es la
"Tercera Persona de la Santísima Trinidad". Es decir, habiendo un sólo
Dios, existen en Él tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Esta verdad ha sido revelada por Jesús en su Evangelio. No es una simple
entrega, es una fiesta que nos da la capacidad de recibir al Espíritu
Santo. De aquí la grandeza de los Sacramentos donde con claridad y armonía
se encuentra la comunicación del Espíritu Santo.
Bautismo: al hacernos
Hijos de Dios también nos constituimos en templos del Espíritu Santo.
Llenos del amor de Dios. (1 Corintios 6,9)
Confirmación:
Sacramento propio del Espíritu que nos entrega su gracia en la fuerza.
Reconciliación:
incrementa la gracia del Espíritu Santo.
Eucaristía: totalidad
de Dios en comunión, sacrificio y presencia.
Unción de los
Enfermos: por la imposición de las manos por parte del sacerdote se
concede al enfermo el Espíritu Santo.
Matrimonio: regalo del
Espíritu Santo para acrecentarlo y mantenerlo.
Además: encontramos el
Espíritu Santo en la oración “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas
buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a
los que se lo pidan" (Lucas1,13); por la Escucha de la Palabra de Dios
(Juan 5,10-11) y en todo acontecimiento con Dios.
Distinguiendo con
buena observación lo anterior le hemos dicho adiós al Espíritu Santo
debido:
Al materialismo donde
el tener se impone al ser y nos desvivimos por guardar y pensar que lo
temporal, el consumismo, el secularismo y la carne donde el hedonismo, la
impureza, la embriaguez, la orgía son sus muestras.
Al vivir pensando que
nada es pecado y por eso no vivimos los sacramentos. 1 Tesalonicenses 5,19
“No apaguen el Espíritu Santo”
Al mantenernos en la
rabia y la crítica destructiva entristecemos al Espíritu Santo (Efesios
4,30)
Al subir el ruido a
nuestros caprichos y querer ocultar la voz de Dios con nuestros propios
gritos de rebeldía y desunión. “Dejemos que el Espíritu nos hable…” (Lucas
12,26)
Valdría la pena que
tomemos conciencia y despertemos para ser testigos del Espíritu (Hechos
1,4-5) De ahí, la necesidad de leer la Palabra de Dios y de forma muy
especial comprender lo que sucedió en la historia bíblica ese día solemne
de Pentecostés. Vamos a leer con lentitud y esperanza.
De los Hechos de los
Apóstoles en el capítulo 2, versículos 1 al 13:
“Al llegar el día de
Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente vino del
cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso, y llenó toda
la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas como de fuego,
que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron
llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según
el espíritu los movía a expresarse.
Se encontraban por
aquél entonces en Jerusalén judíos piadosos venidos de todas las naciones
de la tierra. Al oír ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados,
porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos admirados
decían:
-¿no son galileos los
que hablan? Entonces ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en
nuestra lengua materna? Partos, medos, elamitas, y los que vivimos en
Mesopotamia, Judea y Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto
y la parte de Libia que limita con Cirene, los romanos que estamos de
paso, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar
en nuestras lenguas las grandezas de Dios.
Estaban todos
desconcertados y confundidos, y comentaban:
-¿qué significa esto?
Otros por el contrario, se burlaban y decían:
-Están borrachos.”
Palabra de Dios.
Publicado el 11 de
junio de 2003
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