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Los obispos mexicanos no ceden

El Observador

Es necesaria una nueva legislación para que la contribución de la Iglesia católica sea ya reconocida en nuestro país

Durante esta semana, el debate que ha enfrentado a ciertos partidos políticos con los obispos mexicanos ha tomado un nuevo derrotero. A las diatribas en contra de la supuesta intromisión de la religión en la política, marcadas por un autoritarismo y una discriminación inusuales (la intolerancia disfrazada de tolerancia), la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha dado un golpe de timón, y ha llevado la discusión hacia la eliminación -de una vez y para siempre- de toda forma de discriminación fundada en la religión y en las convicciones religiosas de cada quien. Discriminación que se practica con regular alegría entre "los actores políticos" y el gobierno, quienes parecieran ser los dueños de la democracia y de las elecciones de este año 2003.

No hay normalidad democrática si hay contradicción constitucional

El documento que ha hecho dar el citado golpe de timón es un comunicado a la opinión pública, al ejecutivo federal, al presidente de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión y al presidente del Tribunal Superior de Justicia, firmado por el canónigo de la basílica de Guadalupe, padre José Raúl Soto Vázquez, y que la CEM ha puesto al frente de su portal electrónico, con lo que le confiere un carácter abierto a la polémica, sin que sea la posición oficial del episcopado.

El documento no tiene desperdicio alguno. Comienza con una aclaración: la controversia que se ha montado no es entre religión y política, sino entre la predicación (que le es propia a la Iglesia católica) y aquellos que -supuestamente amparados en la Constitución mexicana- quieren impedir, a toda costa, que se predique a los católicos. Más adelante, en el primero de los ocho puntos de los que consta el documento, el padre Soto recuerda que los pactos internacionales que firme México deben ser adecuados en la Constitución para que tengan plena vigencia entre los mexicanos. Y que los pactos internacionales tienen preeminencia sobre las leyes nacionales.

México firmó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, y la adecuación, en 1962, de ésta. En ella se señala la libertad de todos los hombres, su derecho, a profesar un credo. En la adecuación, la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación fundadas en la religión o las convicciones religiosas. Además, nuestra propia Constitución, en su artículo primero, prohíbe toda discriminación, por cualquier motivo, incluido el religioso. Hay, pues, una terrible contradicción al prohibirse a los ministros de culto participar siquiera en el ámbito de la política.

Y la contradicción -señala el documento- está en la misma Constitución, pues en el artículo primero señala una cosa, y en muchos otros artículos se discrimina a ciudadanos mexicanos, como, por ejemplo, el artículo 130 (Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público), en el que se prohíbe a los ministros de culto opinar sobre el voto o las elecciones. Se les discrimina tajantemente, por lo que es necesario iniciar una controversia constitucional para corregir, entre otros, el artículo 130, perfeccionando el texto y llegando, tras muchas dudas y muchos reclamos infundados a la Iglesia católica, a una legislación definitiva.

El cambio se quedó estacionado como un eslogan de campaña

En el punto número cinco, el padre Soto recuerda que ha sido el propio presidente Fox (tras los ataques a la intimidad de su familia) quien ha dicho que "de ninguna manera (el gobierno del cambio) va a sofocar la libertad de expresión" de la que gozamos los mexicanos. En un exabrupto ya famoso habló también de la "libertad de calumniar" que hay ahora en el país. Resulta, por lo menos, sospechoso "que todo el mundo tenga libertad de opinar menos la Iglesia y los ministros de culto", dice el autor de este documento que ya ha dado varias vueltas esta semana en la prensa nacional. Y añade: "Es tan violento que solamente la Iglesia no pueda exigir justicia, sea vilipendiada con fondos federales (arguyendo libertad de expresión) que tenga que callar siempre, para no ofender los delicados oídos del poder y los partidos. Muchos se alimentan todavía de los eternos prejuicios creados a través de ciento cincuenta años de mentiras".

Por último, recuerda el padre Soto Vázquez, que los obispos solamente siguen los lineamientos marcados por la Santa Sede para todos los católicos del mundo (y México es el segundo país con mayor número de ellos), explicando la necesidad, la urgencia de un voto razonado e informado, mismo que pide el Instituto Federal Electoral (IFE). Lo que los obispos exigen es coherencia: no se puede ser católico y votar por partidos que van en contra del cristianismo y de la ley natural. Se trata de defender el derecho de todos a construir la democracia, y, en el fondo, de descubrir la riqueza de la aportación católica al juego democrático. Quizá la confusión -termina el canónigo de la Basílica- sea que los partidos políticos y los dirigentes del IFE crean que hablan de separación Iglesia-Estado cuando exigen separación de fe y política. Lo primero es correcto, lo segundo, una enfermedad que en medicina se le llama esquizofrenia.

Publicado el 8 de junio de 2003

 
 

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