Poder, ¿para qué?
Jaime Septién
Ser elegido para un cargo público despertaría menos
gozo (en los políticos) si supiéramos exigirles (los ciudadanos)
responsabilidad y respeto a nuestra dignidad como personas.
Si algún día tocan a
su puerta -lo suelen hacer cada tres años-, y es un hombre o una mujer que
les viene a pedir su voto, pregúntele para qué lo quiere. O, mejor: para
qué quiere el poder. Lo va a meter en un lío. Y eso está bien: hay que
meter en líos a quienes pretenden mandarnos para que, al menos si es
sensato (o sensata), purifique un poco sus intenciones antes de ocupar la
silla.
Ser elegido para un
cargo público despertaría menos gozo (en los políticos) si supiéramos
exigirles (los ciudadanos) responsabilidad y respeto a nuestra dignidad
como personas. Es decir, que se percataran (no son muy duchos) que existe
una sociedad alerta, dispuesta a demostrar que la que tiene el poder es
ella misma. Y que está dispuesta a ejercerlo contra malos gobiernos,
contra rateros y corruptos, contra los enemigos del equilibrio que exige
la buena convivencia humana.
El poder es para
servir a la gente, no para servirse de la gente. Entiendo que si les
preguntamos a los candidatos se van a llenar la boca diciéndonos que ellos
quieren el poder para servirnos. Pero es necesario ir más allá.
Preguntemos: por qué quieres servirme; en qué quieres servirme, cómo
quieres servirme. Entonces sí van a patinar; algunos, de plano, van a
poner pies en polvorosa. Mejor así que luego lidiar por tres o seis años
con esos cuates, amarrados a la ubre del dinero público como un becerro a
la de su mamá la vaca. Desde el principio de una carrera política debe
intervenir la gente para moldear -en la medida de las posibilidades- la
ambición que pudiera tornarse en obsesión. Hay que orillarlos, de veras, a
servirnos.
Por lo demás, un
ciudadano que demanda está preparado (si no es un cínico) para trabajar a
su vez por un mejor entorno dónde vivir él y su familia, así como sus
vecinos y la comunidad. Tenemos que sacar la cabeza fuera del sarape. Y
comenzar por preguntarle al candidato o la candidata: "pa' qué nos quieres
mandar, si no es indiscreción". A ver con qué vaina nos salen. Y,
dependiendo de la respuesta, darles o no el valor fundamental de mi voto.
Publicado el 15 de junio de 2003 |