La democracia
directa y participativa: poder popular
Carlos Díaz
Poder democrático
«Democracia» es un
término griego introducido por Herodoto, que significa etimológicamente
poder popular. Por su parte, la célebre Oración Fúnebre de Pericles,
considerada como la primera herencia teórica de la democracia ateniense,
denomina al régimen de Atenas democrático «por no depender del gobierno de
pocos, sino de un mayor número». Allí todos los ciudadanos son iguales en
cuanto a su derecho a hablar en la asamblea (isogoría).
Su correspondiente
latino es republica, término que significa «cosa pública». El protagonista
de la democracia es el pueblo, de ahí que subrayando ese protagonismo se
haya definido a la democracia como «gobierno del pueblo, para el pueblo y
por el pueblo», antítesis tanto del despotismo ilustrado que pedía «todo
para el pueblo pero sin el pueblo» como de la democracia censitaria o
selectiva de la tradición liberal francesa tanto de Benjamin Constant como
de Guizot (el cual tuvo -por cierto- una importante metedura de pata
predictiva cuando pocas semanas antes de la Revolución de 1848 lanzó su
célebre aserto «¡el sufragio universal no llegará nunca!»).
Poder popular
Mas ¿qué quiere decir
pueblo? De su comportamiento puede esperarse lo mejor y lo peor. En todo
caso por pueblo no siempre se ha venido entendiendo lo mismo, y así los
clásicos griegos estiman que el pueblo lo forman grupos sociales muy
reducidos.
Aristóteles considera
que cien mil ciudadanos sería ya una multitud incontrolable que acabaría
con cualquier polis; todavía durante el siglo XVIII el propio Rousseau
pensó la democracia perfecta para los pequeños cantones suizos donde casi
todos los ciudadanos se conocen y donde basta con agitar la campana o casi
con dar un grito para convocar a todos en asamblea: la mejor democracia
directa sería aquella que sin mediadores ni representantes eligiesen todos
y cada uno de los ciudadanos contemplando sin mediaciones el rostro
concreto del convecino (quizá las nuevas tecnologías de las autopistas
informáticas favorezcan en el futuro la vuelta a aquellos orígenes). En
virtud de tal presencialismo que rechaza la representación y opta por una
democracia como soberanía popular única e indivisible, Rousseau rechaza
incluso la teoría de Montesquieu relativa a la separación de poderes
comparando los argumentos que dan los prestidigitadores japoneses que ante
la vista de los espectadores cortan a un niño en pedazos y lanzan éstos
hacia arriba, después de lo cual el niño cae abajo vivo y entero.
Por otra parte, las
antiguas democracias directas fueron originariamente agrarias y artesanas
donde los márgenes de enriquecimiento desigual eran limitados y
controlables a ojos vista, tangibles, mientras que las actuales
democracias se han ido tornando tecnológicas, dando lugar a fabulosas
acumulaciones dinerarias invisibles, con la subsiguiente dificultad de su
control, y a inconmensurables disparidades de fortuna.
Eso hace que hoy nos
encontremos ya en la democracia de masas, en la cual no cabe la democracia
directa, sino sólo la representativa.
Publicado el 18 de
junio de 2003
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