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La política como democracia, esto es, como poder compartido

Carlos Díaz

Contra el maquiavelismo político

La política no solamente es algo bueno, sino incluso la expresión sistematizada de lo humanitario. Obviamente nos apartamos de Maquiavelo, o de Cósimo de Médicis («no se gobierna a los Estados con el Pater Noster»), y de los amigos del denominado «realismo político» de gentes como Mao, para quien «la revolución no es una comida de gala, no es una fiesta literaria, no es un dibujo, ni un reclamo; no se puede ejercer con tanta elegancia, con tanta serenidad y delicadeza, con tanta gracia y cortesía. La revolución es un acto de violencia, es la acción implacable que destruye el poder de otra clase; puede decirse que la política es una tremenda guerra sin derramamiento de sangre, y que la guerra es una política con derramamiento de sangre». Tenemos, pues, que apartarnos de un Mao que entiende la guerra como la continuación de la política por otros medios. Por lo mismo, también nos apartamos de otros que, como Charles de Gaulle afirmaban que «la política no es en modo alguno cuestión de virtud y de caridad, la perfección evangélica no conduce al poder. Resulta imposible concebir un hombre de acción sin una buena dosis de egoísmo, de orgullo, de dureza y de astucia. Pero todo esto se le perdona, es más, su figura alcanza mayor esplendor si los transforma en medios para realizar grandes empresas».

Frente a ellos, recordemos que, según la mitología griega, cuando Hermes, deseoso de hacer las cosas bien, pregunta a Zeus cómo repartir la política entre los hombres, si del mismo modo que las demás artes, donde con uno solo que posea el arte de la medicina basta para sanar a muchos, Zeus responde: «entre todos, y que todos participen de ellas, porque si sólo unos pocos participan de ellas como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: que todo aquél que sea incapaz de participar del pudor y de la justicia sea eliminado de la ciudad como una peste» (Platón: Protágoras, 320 d-322 d).

Más allá de amoralismo y de hipermoralismo

Dos actitudes resultan inadecuadas, el hipermoralismo enfermizo, o miedo a mancharse, y el amoralismo carente de escrúpulos, o carencia de miedo a mancharse, más aún, el burlarse, el menospreciar la mancha. Ambas actitudes suelen resultar comunes a los políticos y a quienes les critican. Pero el hipermoralismo no es mejor que el amoralismo político, y en último término responde al propósito mismo del cinismo político.

La política no es el arte de servir a los demás haciéndoles creer que se les sirve. No es el conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios. No es el manejo de los intereses públicos en provecho privado. No es el arte de hacer con los otros lo que no queremos que hagan con nosotros mismos. No es la continuación de la guerra por otros medios. No hace marchar del brazo la verdad y la mentira de modo que quienes la vean no sepan cuál es la mentira y cuál la verdad. No es la única profesión para la que no se cree necesaria la menor preparación. No obliga a la gente a decidirse por lo que no entiende. No es la ciencia capaz de traicionar los intereses reales y legítimos creando otros imaginarios e injustos. No es la maña para hacer creer al pueblo que es él mismo quien se autogobierna. No es el arte bárbaro de producir víctimas ilustres, ni para triunfar en política es necesario tener aspecto de honrado y estúpido, pero no ser lo uno ni lo otro. Ni el político el rebelde de ayer, déspota de hoy. No. Ella es, y sólo puede ser, poder popular. Pero hay que tener mucho cuidado cuando se dice que la democracia es tarea de todos, pues ya se sabe que lo que es del común no es de ningún, por eso sería mejor afirmar que es tarea de todos y cada uno de nosotros.

Publicado el 18 de junio de 2003

 
 

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