La política, arte
del bien común
Carlos Díaz
Si las fuerzas se comparten, todo va mejor
Cuando los ciervos
tienen que cruzar un río se organizan de tal forma, que cada uno de ellos
lleva sobre su espalda la cabeza del que le sigue, mientras él reposa su
cabeza sobre la espalda del que le precede. Y, como el primero no tiene a
nadie delante sobre el que reposar su cabeza, su puesto es ocupado por
turnos, de tal manera que, después de un rato, el segundo pasa a primero y
el primero a último. Así, sobrellevándose y ayudándose mutuamente, son
capaces de cruzar sin peligro anchos ríos y hasta brazos de mar, hasta
llegar a la estabilidad de la tierra firme.
Es, pues, falso
aquello de que el poder corrompe y el poder absoluto absolutamente, y
aquello otro de que el poder enloquece. Falso, porque allí donde hay poder
hay ser; a más poder, más ser, la impotencia vendría a coincidir con el
no-ser, y la muerte con la pérdida total de potencia. Por el hecho de ser,
todo tiene un poder: incluso el viejo, o el niño, o el enfermo, pues sus
rostros tienen poder sobre las personas morales que no les abandonan. Así
pues, cuanto más poder compartido tanto mejor, más energía, más vitalidad.
El poder compartido es el único que no corrompe. A más poder compartido,
mejor bien común. Si cuanto no es poder es impotencia, llenemos de
igualdad la libertad, la igualdad de libertad y ambas de fraternidad, pues
como dijera Pascal «sin la fuerza, la justicia es impotente; sin la
justicia, la fuerza es tiránica. Es preciso unir la justicia y la fuerza,
y para conseguirlo hagamos que lo que es justo sea fuerte, y lo fuerte
justo».
No cabe política al
servicio de una minoría aislada
Si politizarse
significa plenificarse en la totalidad, entonces carece de sentido el
egoísmo político a costa de la explotación del prójimo. Ni gentes buenas
caben en estructuras perversas, ni estructuras perversas con gentes
buenas. Un régimen político justo exige personas justas, y a la inversa;
de ahí que «meterse en política» no signifique otra cosa que irse
ajustando en comunidad con los demás no a costa de ellos ni ellos a costa
de nosotros. Hacer política es hacer humanismo, no hacerla o hacerla mala
es deshacer humanismo, esto es, hacer inhumanismo. El hombre tiene que ser
político por ser hombre; no es que pueda es que tiene que serlo.
Política es aquella
actividad que te permite salir a la calle e intentar transformarla para
mejorarla. Allí se pone definitivamente a prueba todo lo que uno dice
creer y todos los valores que uno dice defender, y no llorando en casa. La
política exige participación en la vida social, y no abandono de ninguna
de las responsabilidades, todas ellas comunitarias y afectando a todas y
cada una de las esferas sociales.
Justicia, moral y
política tienden todas juntas, no separadamente ni desde distintas
esferas, al bien común, de lo contrario quedan deformadas. La comunión de
ley es a la vez comunión de la ciudad y comunión del hombre, y tal
comunión de comuniones sólo le resulta participable a quien la aprehende
con más profundidad, a quien más responsable del todo logo/cosmo/polita se
siente: en última instancia el cosmopolítico es el cosmopolita. Todos los
individuos y grupos intermedios tienen el deber de prestar su colaboración
personal al bien común, de donde se sigue que todos ellos han de acomodar
sus intereses a las necesidades generales. Razones de justicia y de
equidad exigen especial cuidado hacia los ciudadanos más débiles, que
puedan hallarse en condiciones de inferioridad para defender sus propios
derechos y asegurar sus legítimos intereses. Por eso los gobernantes que
no reconozcan los derechos del hombre o los violen faltan a su propio
deber y carecen además de toda obligatoriedad los deberes que dicten.
Constituye, pues, un
error (y no pequeño) separar la ética de la política, pues al fin y al
cabo la política es indisociable de la ética social. Por eso resultan
inaceptables posturas liberalburguesas como la siguiente: «una vez
autonomizada, es decir, superada la fase infantil que espera premios o
teme castigos por hacer lo que en conciencia cree que más le conviene, lo
que distingue a la opción ética es que prescinde de la parafernalia de
'obligaciones' y 'sanciones'. También, por supuesto, del afán de
'mérito'... La política, en cambio, es el reino de la sanción, de la
amenaza persuasiva, de la disuasión terrorífica y de la imposición por la
fuerza. Aquí estriba la primera diferencia esencial con la ética, que es
renuncia a la sanción y a la violencia. En política el otro puede estar de
más y por eso hay que quitarle de circulación como sea; en ética, el otro
siempre es insustituible como aquel en cuyo reconocimiento debo
reconocerme. Además, la ética se preocupa por conseguir buenas personas y
la política se ocupa de lograr buenas instituciones; y las buenas
instituciones se distinguen porque logran funcionar bien aunque las
personas que las encarnan no sean moralmente buenas. Así que la ética no
puede ser el remedio de la política» (Savater, F: Diccionario de
filosofía). No: porque, a la larga, o todos nos salvamos, o todos
perecemos; a la corta, casi todos, es decir, los más pobres.
Publicado el 18 de
junio de 2003
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