Las amnistías
Algunas "amnistías" pueden resultar buenas como
tácticas políticas, lo cual no implica que sean buenas en cuanto objetivo
ético.
Si la estabilidad de
la democracia descansa en la táctica de indiscriminado "perdón",
precisamente a aquellos que más daño hicieron a ella, burlándose de los
más elementales derechos de la persona humana, mal pueden continuar
funcionando las democracias así resucitadas.
Es hora ya en nuestras
latitudes de poner a funcionar la ley como garantía para la buena marcha
de la sociedad; la ley, como argumento intachable de que se puede vivir en
paz, y que la sociedad dispone de los mecanismos justos, éticamente
hablando, para que tal paz sea posible. El perdón más utilizado no es
virtud humana ni cristiana e, inclusive, puede servir como analgésico para
que en el futuro prospere lo indeseable.
Perdonar,
cristianamente hablando, no es dejar impune el delito. Ese modo de
perdonar se convierte en pecado por consentimiento. Toda falta cometida,
para ser perdonada, lleva implícita una restitución a favor de quien se
cometió tal falta: a favor de la persona concreta o a favor de la sociedad
en general. Y hay faltas que no solamente han perjudicado a individuos
sino también a colectividades. En fin, a la dignidad humana. Son, sin
duda, las faltas más graves.
En este contexto hay
que ubicar todos los programas de reconciliación, sobre todo esos tan de
moda que se han denominado "reconciliación nacional". La iglesia católica
ha trabajado arduamente sobre el particular en nuestro contexto
latinoamericano.
En algunos países
latinoamericanos se aprobaron leyes para dejar sin penalidades a los
militares implicados en violaciones a los derechos humanos. En Venezuela,
en estos momentos, está ocurriendo algo muy similar. Y en no pocas
ocasiones se nombra a la Iglesia católica, y concretamente al Papa, como
garantes del perdón.
Pero difícilmente
podrá argumentarse que la figura de Juan Pablo II sea un signo apto para
este tipo de "perdones", amnistías o reconciliaciones. Lo es, en efecto,
para la reconciliación, pero no para, bajo la excusa de ella, promocionar
la injusticia social y la impunidad. Y no hay mayor injusticia social que
aquella que no defiende el respeto debido a la persona humana.
Publicado el 27 de
junio de 2003
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