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Las amnistías

Adolfo Carreto / www.avmradio.org 

Algunas "amnistías" pueden resultar buenas como tácticas políticas, lo cual no implica que sean buenas en cuanto objetivo ético.

Si la estabilidad de la democracia descansa en la táctica de indiscriminado "perdón", precisamente a aquellos que más daño hicieron a ella, burlándose de los más elementales derechos de la persona humana, mal pueden continuar funcionando las democracias así resucitadas.

Es hora ya en nuestras latitudes de poner a funcionar la ley como garantía para la buena marcha de la sociedad; la ley, como argumento intachable de que se puede vivir en paz, y que la sociedad dispone de los mecanismos justos, éticamente hablando, para que tal paz sea posible. El perdón más utilizado no es virtud humana ni cristiana e, inclusive, puede servir como analgésico para que en el futuro prospere lo indeseable.

Perdonar, cristianamente hablando, no es dejar impune el delito. Ese modo de perdonar se convierte en pecado por consentimiento. Toda falta cometida, para ser perdonada, lleva implícita una restitución a favor de quien se cometió tal falta: a favor de la persona concreta o a favor de la sociedad en general. Y hay faltas que no solamente han perjudicado a individuos sino también a colectividades. En fin, a la dignidad humana. Son, sin duda, las faltas más graves.

En este contexto hay que ubicar todos los programas de reconciliación, sobre todo esos tan de moda que se han denominado "reconciliación nacional". La iglesia católica ha trabajado arduamente sobre el particular en nuestro contexto latinoamericano.

En algunos países latinoamericanos se aprobaron leyes para dejar sin penalidades a los militares implicados en violaciones a los derechos humanos. En Venezuela, en estos momentos, está ocurriendo algo muy similar. Y en no pocas ocasiones se nombra a la Iglesia católica, y concretamente al Papa, como garantes del perdón.

Pero difícilmente podrá argumentarse que la figura de Juan Pablo II sea un signo apto para este tipo de "perdones", amnistías o reconciliaciones. Lo es, en efecto, para la reconciliación, pero no para, bajo la excusa de ella, promocionar la injusticia social y la impunidad. Y no hay mayor injusticia social que aquella que no defiende el respeto debido a la persona humana.

Publicado el 27 de junio de 2003

 
 

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