Robo y deuda externa
El robo de los dineros públicos en nuestras naciones
ha venido generalizándose en forma descarada.
Aunque en el léxico
normal no aparezca la palabra robo sino la más diplomática y sofisticada
de corrupción, la realidad viene siendo la misa. Robo, malversación,
corrupción dispendio, despilfarro, fuga de divisas... o lo que sea, no son
más que matices lingüísticos de la misma moneda.
Este es un aspecto que
atañe directamente a la predicación en este proceso de la nueva
evangelización. Todo robo, hurto o como quiera denominársele, es una
violación de la justicia. En este caso concreto es, además, un daño
causado a la justicia referida al bien común. Y si de materia grave se
trata, ¿hay alguna más grave que la de dejar a los países en la bancarrota
y a los caprichos de la deuda externa, con todas las secuelas que esto
acarrea para la convivencia social?. ¿Acaso no resulta extraordinariamente
grave la necesidad de reorientar una economía, con todas las cuotas de
sacrificios que implica, porque los dineros públicos se han ido esfumando
sin que nadie se haya atrevido a poner coto, más todavía, propiciando esa
evasión?.
Si todo daño contra la
propiedad privada amerita una sanción equilibrada y equitativa, ¿qué no
decir de este daño inmenso contra la cosa pública, cuando quien se ve
forzado a penar no es un solo individuo sino el conjunto de la sociedad, y
dentro de ese conjunto, los eternamente indefensos
Para la doctrina moral
y sacramental de la Iglesia católica el pecado del hurto, para su
expiación, debe llevar implícito, además del propósito de la enmienda, la
certeza de la restitución. Y la restitución hay que hacerla a la persona o
a las personas a quienes se lesionó su derecho, o a sus legítimos
herederos. El robo cometido contra la nación siempre tendrá destinatarios
para su restitución.
Se impone, por lo
tanto, una predicación sobre la restitución. De la predicación sobre la
denuncia hay que avanzar hacia la obligatoriedad de la devolución. Lo que
lleva implícito, en el caso de los robos contra la nación, la
implementación de la justicia para que retorne a sus sitio lo sustraído.
De no ser así, además
de fracasar el ejercicio de la justicia, fracasará también el ejercicio de
la credibilidad. Porque, como ha afirmado el episcopado venezolano "el
país siente que, a través de diversos mecanismos de mentira y ocultamiento
de la verdad, ha sido engañado y está cansado de ello".
Publicado el 27 de
junio de 2003
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