Los abusos del poder
Siempre la palabra poder ha asustado a quienes carecen
de él en la misma proporción en la que ha engreído a quienes lo ostentan.
El poder es como una superestructura: está por encima de los individuos.
Por eso, al poder no se le respeta, se le teme.
Cuando se manejaba la
tesis de que todo poder procedía directamente de Dios (algunos mandatarios
todavía lo creen. Véase el venezolano Chávez, véase el norteamericano Bush),
y que quien lo ejercía en la tierra era su vicario (véase Chávez, véase
Bush), tal asunto eliminaba la posibilidad de reclamo (véase Chávez, véase
Bush). ¿Quién se atrevería a reclamarse a Dios? Fácil era entender, bajo
este supuesto, que la desobediencia al poder era una desobediencia a Dios
y, por ende, un pecado. En este caso dos pecados: el político y el
religioso.
Cuando caducó este
enunciado y se pasó al supuesto de que todo poder proviene del pueblo,
pareció abrirse la esperanza de que, lejos ya de la excusa del irrespeto a
la decisión divina, los hombres comenzaban a ser libres. El poderoso ya no
era vicario de Dios sino representante directo del pueblo. Sin embargo, la
experiencia confirma que no ha sido así y, en definitiva, es la primera
tesis la que en la práctica continúa funcionando. Una práctica amparada en
el supuesto democrático.
¿Puede tener el poder,
cualquier tipo de poder, derechos que estén por encima de los derechos del
hombre?. Aunque la respuesta aparenta obviamente negativa, la práctica
parece confirmar lo contrario.
Ante este fenómeno
aparentemente moderno, el Papa Juan Pablo II, en su Encíclica Redentor de
los hombres, aquilató esta doctrina en los siguientes términos: “Los
derechos del poder no pueden ser entendidos de otro modo que no sea en
base al respeto de los derechos objetivos, inviolables del hombre”
El poder dispone de
miles de artilugios para defenderse a sí mismo, para darse razones por
encima de la razón. Se esgrimen razones de conveniencia, razones de
prudencia, razones de solidaridad incluso, razones de orden táctico,
razones de orden público... Razones. Habría que comparar todas estas
“razones” para determinar si todas ellas responden de verdad a la razón,
esto es, a los derechos objetivos.
Todo poder comienza a
ser degradante cuando se ejerce de espaldas a la ética, cuando se produce
al margen de los derechos objetivos. Si no coinciden ética y derecho,
malamente podremos aspirar a soluciones humanas. Las únicas soluciones
serán las “poderosas”. Porque, desgraciadamente, ha proliferado en las
ramas del poder, de cualquier poder, el axioma de que una cosa es el
derecho y otra la ética. O que, en definitiva, todo poder proviene
directamente de Dios, y su ejercicio es justo.
Publicado el 1 de
julio de 2003
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