El lenguaje como
provocación
Parece evidente que el lenguaje es una de las más
efectivas armas que poseemos los humanos tanto para defendernos como para
atacar.
No en pocas ocasiones
el lenguaje, utilizado como arma, ha ido abandonando el terreno para
convertir en batalla física lo que hasta entonces no había sido otra cosa
que batalla lingüística.
En nuestro entorno
tenemos ejemplos diarios que asombran. Uno de los campos más afectados por
este virus del lenguaje como provocación es el político. Expresiones de
grandes personeros ante las cámaras o fuera de ellas, dejan mucho que
desear ante la opinión pública con el uso del desbocado lenguaje en
momentos de inquina política o partidista. Ha habido casos sobrados en el
Congreso, y algunos muy recientes.
Esto del lenguaje como
provocación no es exclusivo del entorno político. Durante mucho tiempo la
literatura religiosa abusaba de este estilo, y fue el Concilio Vaticano II
el que tuvo que matizar expresiones, inclusive litúrgicas, que no se
compaginaban con el lenguaje religioso. Los judíos, durante muchos años,
no fueron bien tratados por el estilo eclesiástico, al igual que los
protestantes y otros “pérfidos”. Sobre el lenguaje anticomunista, ni que
hablar.
Podríamos seguir
apuntando otros ámbitos de la actividad social, incluido el deporte, en
donde el lenguaje de provocación se está convirtiendo en hábito. Y no es
buen síntoma. Porque estamos educándonos, quizá inconscientemente, para la
agresión, cuando no para el odio como recurso de convivencia social.
Esta larga
introducción es sólo para anotar una cualidad que me parece básica en el
estilo del actual pontífice: su léxico hacia la paz, su lenguaje para
cambiar estereotipos seculares, inclusive dentro de la literatura
eclesiástica. Llamar hermanos y hermanas a los de creencias contrarias no
es solamente un detalle diplomática; es retomar un estilo de apertura y
comprensión, hasta en el léxico, abierto gracias al espíritu del vaticano
II.
En un momento tan
convulsionado, nacional e internacionalmente, quizá el primer paso
necesario para el logro de la convivencia sea este: el cambio de estilo en
el lenguaje. Porque el lenguaje es el reflejo del ser de las personas, Y
también de las sociedades. Mientras persista el lenguaje de la
provocación, la paz y la concertación serán pura fantasía.
Publicado el 1 de
julio de 2003
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