Hacer política
sirviendo, ¿porqué no?
Carlos Díaz
Una responsabilidad que cedo a otro ya no es
responsabilidad.
No son pocos los que, incluso antes de comenzar su
acción, se atreven a descalificar o a menospreciar como utópico (para
ellos sinónimo de medio bobo) a quien orienta su lucidez hacia la acción
difícil. Ignoran que las personas de carácter, sabedoras de sus propias
fragilidades, porque no son extraterrestes ni alienígenas sino sencillos
seres humanos que desconfían de sus propias fuerzas a pesar de todo,
prefieren no echar cuentas, así que para no desanimarse ellas mismas, para
no venirse abajo, no especulan demasiado (aunque sí dosifican su esfuerzo:
tan tontas no han de ser) sabiendo que a cada día le basta su afán.
El abad Menepace cuenta este diálogo entre un joven
ingeniero agrónomo que ha comprado unas hectáreas de tierra, y un criollo
que vive al lado de su rancho:
«- ¿Ha visto, don Laureano, mi campito? Yo le quería
preguntar qué opina sobre la posibilidad de que este terreno me dé el
algodón.
- ¿Algodón, dijo, patroncito? No, mire, no creo que
este campito le pueda dar algodón. Fíjese, no. Los años que hace que yo
vivo aquí, y nunca vi que este campo diera algodón.
- ¿Y maíz? ¿Usted cre que me puede dar maíz?
- ¿Maíz dijo, patroncito? No, mire, no creo que este
campito le pueda dar maíz. Por lo que yo sé este campito lo que le puede
dar es algo de pasto, un poco de leña, sombra pa las vacas, y con suerte
alguna frutita de monte. Pero maíz no creo que le dé.
- ¿Y soja, don Laureano?
- ¿Soja dijo, patroncito? Mire, yo nunca vi soja por
estos lados. No creo que este campito le pueda dar soja. Ya le digo: lo
que le puede dar es algo de pasto, un poco de leña, sombra pa las vacas y
quizás con suerte alguna frutita de monte.
- Bueno, don Laureano, yo le agradezco todo lo que
usted me ha dicho. Pero ¿sabe una cosa? Lo mismo me gustaría hacer una
prueba. Voy a sembrar algodón en el campito, y vamos a ver lo que resulta.
- Bueno patroncito, bueno. Si usted siembra, si usted
siembra es otra cosa...».
Si siembras es otra cosa. Ojalá no caiga sobre nosotros
el reproche de que por culpa nuestra el mismo sujeto histórico que debería
pararse a distinguir las voces de los ecos ha decidido no existir. Ea,
despierta, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma,
compañero.
Y si -en el caso límite- las gentes de carácter
militante estuvieran seguras del no-futuro, seguirían sembrando. Han
descubierto que sembrar es lo que saben hacer, y que además les gusta y lo
creen necesario para todos, y eso es por cierto lo que les ha sido
enseñado. Mientras tanto no obligan a nadie a que siembre, simplemente nos
invitan a que les acompañemos en libertad. Y si se muere sembrando, la
siembra de ese sembrador es la primera cosecha. Sin renegar, pues, de la
lógica ni de la estadística, ni de la licenciatura de
juridicoempresariales, aunque sí un poquito de Deusto, todo hay que
decirlo, caramba, las personas de carácter confían siempre en el milagro,
pues entienden que ya es un milagro no parvo que ellas mismas no se hayan
desanimado y continúen levantándose cada día con la salida del sol llenas
de una fuerza y de un vigor que les viene de lo alto para trabajar por una
humanidad tan necesitada. Cada vez que alguien pone la mano en ese arado
se renueva el milagro y en esa invisible puesta en marcha de una mano
innominada la humanidad recobra su aliento.
Por otra parte las personas de temple militante no
desconfían de la humanidad despistada, ya sea porque esperan que ella, la
humanidad despistada, descubra el buen camino, ya sea porque confían en
que comprenda que el mal camino no conduce a parte alguna. ¿Cómo
desconfiar de eso, si cada uno de los sembradores lo ha experimentado y
continúa experimentándolo en su propio pecho cada mañana? ¿habría
sembradores sin esa hermosa experiencia?
Los pequeños militantes saben que las personas pasan,
pero sus esfuerzos, sus utopías, sus gestos quedan, y que esas esperanzas,
esas utopías y esos gestos serán apreciadas por la humanidad venidera,
para la que también trabajan a largo plazo y cuya simpatía esperan.
¿Qué más decir? Todo esto se traduce en la consabida
sentencia machadiana de que se hace camino al andar, pero que no se hace
camino al calcular sin emprender la marcha; de lo contrario no
superaríamos la paradoja retórica y teórica de Aquiles y la tortuga con
que nos maravillaban los profesores de filosofía en aquellos nuestra
secundaria. Por lo demás, nosotros ignoramos totalmente el valor real de
nuestro esfuerzo y de nuestra siembra en orden a un cambio cósmico, aunque
sabemos que nuestro cada pequeño esfuerzo cuenta en beneficio de todos. El
resto comenzó el momento en que te levantaste a trabajar sin mirar al
futuro, a veces sombrio y a veces risueño. Así no te desanimarás si no ves
resultados favorables, o cuando los obtengas adversos: seguirle la pista a
la rentabilidad del esfuerzo puede devenir anticipación del fracaso,
coartada para no echarse a los caminos. Así que contadurías fuera: el
pobre carece de muchas cosas, pero el avaro de todo.
Y cuando hayas sido capaz de aguantar y de envejecer a
pie de ruta, hermano, entonces sí, entonces habrás llegado, porque la meta
está al final del viaje. He aquí la prueba para verificar si tu misión en
la tierra ha concluído: si estás vivo, no ha concluído aún. No estamos por
la labor de hacer nuestra ninguna literatura catastrofista, pues lo
esencial del testimonio es la atestación. Una responsabilidad que cedo a
otro ya no es responsabilidad.
Publicado el 7 de agosto de 2003
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