Las violencias
Siempre que aparece la violencia, desenfrenada o no,
hay que indagar en sus causas. No hacerlo es ceder al miedo, a ese miedo
que causa el descubrir los síntomas de una auténtica enfermedad: el temor
ante la necesidad de extirpar de raíz el mal.
Se ha vuelto tópica la frase de que toda violencia
engendra violencia, lo cual es terriblemente cierto. Pero, a la vez que
aseguramos la verdad de este axioma, se escatiman los esfuerzos para que
no continúe siendo cierto. Si la violencia segunda es consecuencia de la
primera, mientras no se anule la primera no desaparecerá la segunda. Que
esto, que es lógico, quiera disfrazarse con otros tópicos, es asunto que
tiende a ocultar más que a esclarecer.
Los hechos de violencia son una tónica generalizada en
la mayor parte de nuestras latitudes: se ha convertido en la terrible
enfermedad de nuestro tiempo. Se han desbordado las guerras, se ha
desbordado el terrorismo, se ha desbordado la violencia doméstica y se ha
desbordado la violencia ciudadana en la cotidianidad diaria. En Venezuela,
por ejemplo, mueren más ciudadanos por distintas causas violentas durante
un fin de semana, que los que murieron en la primera etapa de la guerra de
Irak. Y sin embargo, las autoridades nos aseguran que esto es normal.
Pues sí, una enfermedad que ha desembocado en su trauma
último y en su desesperante agonía. Nuestra sociedad podía presumir de una
convivencia más o menos pacífica, a todas luces envidiable por otros
contextos sociales, cercanos y lejanos. Parecíamos sanos, pero hemos
resultado tan enfermos como cualquier otro lugar del globo. Nuestra letal
enfermedad no se despertó a cuenta gotas sino que irrumpió en forma
brutal, dejando perplejos a propios y extraños. Nos hemos dado cuenta, muy
a nuestro pesar, de que no somos diferentes.
Y lo curioso es que queremos serlo, anhelamos por
serlo, deseamos vivir en paz y tenemos recursos, inclusive materiales para
lograrlo. Así que el análisis serio y sin tapujos que debemos hacernos se
refiere a meternos en la cabeza el axioma de que toda violencia, y si es
planificada, más, engendra violencia. Así que lo primero es tapar este
hueco, porque desde él es desde donde fluyen todos los males. Un país
dividido en bandos es un país abocado al precipicio. Hay tumores que duran
algún tiempo, pero los hay más estables, y aunque durante lapsos se los
puedan adormecer, siempre estarán a punto de despertar.
Publicado el 7 de agosto de 2003
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