Fe y cultura (II)
¿Cómo lograr hacer ver al “hombre consumista” que el
bienestar material, desligado de toda relación más profunda, no es
suficiente para conseguir la felicidad?
¿Cómo anatematizar, sin ser tachados de oscurantistas,
todos esos logros iniciados con ahínco luego de la finalización de la
Segunda Guerra Mundial y que tuvieron su praxis en la década de los
sesenta?. ¿Qué deseaban los revoltosos del mayo francés del 68 que no les
hubiese donado el progreso?. ¿Qué habría faltado para que los
esperanzadores programas de bienestar, con todo esfuerzo llevados a cabo,
no tuvieran ahora, ya con su disfrute, el visto bueno de la colectividad?.
Había llegado el reino de la insatisfacción
precisamente allí donde el orgullo sobre los logros para satisfacer las
materiales y legítimas necesidades humanas parecía el milagro. Y llegó la
contraharé puesta: problema juvenil, crisis económica petrolera, playa del
paro, aumento de la inflación, peligro nuclear, droga, terrorismo,
secuestros, cismas en las iglesias. El Cardenal Popad resume: “todo se
desarrolla como si la adición de una serie de crisis hubiera provocado una
multiplicación de ataques violentos contra una cultura católica de dos
milenios y que se descubre al término de esta evolución secular,
brutalmente acelerada y que se ha tornado ampliamente pagana, como los
grandes nombres de la literatura, de la filosofía, del cine, de las cartes
y de las ciencias...”.
Pareciera, entonces, que lo que le falta a la cultura
moderna es un rayo de esperanza. Ha entrado en un punto muerto, en un
anquilosamiento. Carece de proyección escatológica. Y eso es precisamente
lo que puede inyectarle la fe.
Se trata, así, de lograr una cultura no reduccionista,
no anclada en lo caduco, no condicionada irremisiblemente a la fatalidad
de lo perecedero sino proyectando al ser humano hacia el logro de su
felicidad total.
La Iglesia católica cree poder ayudar en este intento;
anular las frustraciones humanas, retomar la esperanza de una utopía
cierta, rescatar el sentido auténtico de los valores y/o cambiar las
estructuras que, inclusive, pueden ser eclesiásticas. La fe ya es cultura.
Y para el creyente, la fe es la cultura.
Publicado el 8 de agosto de 2003
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