Amor esponsal
Pbro. Roberto Visier
Hay un amor más especial que ocupa un lugar central en
el corazón, como si tocara una parte indivisible que sólo se puede
compartir con una persona. Por él se deja a los padres, se distancia a los
amigos y a los hermanos.
El amor siempre permanece el mismo a lo largo de los
siglos. Porque hay realidades humanas inmutables que no pueden cambiar. El
hombre siempre es el hombre aunque se vista de modo distinto o tenga
mayores progresos técnicos y científicos. Lo bueno siempre será bueno y lo
que siempre ha sido malo lo sigue siendo en todos los tiempos. Los vicios
siempre serán malos y las virtudes buenas. El amor siempre será bueno ( si
de verdad es amor) y el odio siempre será malo.
Sin embargo el amor tiene distintos matices según las
personas hacia las que se dirige y la distinta relación que se establece
entre ellas. Es muy fácil de entender. No es lo mismo lo que sientes hacia
tu madre, hacia tu hermano, tu primo, tu amigo íntimo u otra amiga no tan
íntima, tu novio(a) o tu esposo(a). Todos los sentimientos coinciden en
mucho porque son sentimientos amorosos que buscan el bien de la persona
amada, pero cada uno es diferente. Incluso algunos te parecen más
profundos y definitivos. Es duro perder un amigo pero más suele doler una
madre o un esposo(a).
Otro amor de gran importancia es el que vivimos hacia
nuestros hermanos de sangre. Es algo patente la gran influencia que ejerce
en la maduración del niño la convivencia fraternal en la familia, los
juegos, la capacidad de compartir, las confidencias. En eso las familias
numerosas tienen una riqueza magnífica. Muy pronto en nuestras vidas,
sobre todo al comenzar la escuela, se desarrolla el amor de amistad que
también ocupa un lugar importantísimo. A un buen amigo se le cuentan
secretos que no contamos a nuestros padres o a nuestros hermanos.
Pero hay un amor más especial que ocupa un lugar
central en el corazón, como si tocara una parte indivisible que sólo se
puede compartir con una persona. Por él se deja a los padres, se distancia
a los amigos y a los hermanos. Es el amor esponsal, el propio de los
esposos, el que nace entre el hombre y la mujer y que está muy marcado por
la sexualidad. La gran diferencia está en que las demás formas de amar se
comparten con varias personas pero en el amor en pareja el corazón pide
una exclusividad y una continuidad en el tiempo. Sólo puedo amar a una
persona con esa parte de mi corazón y la amo de tal forma que estoy
dispuesto a compartir toda mi vida con esa persona. Es un amor exclusivo y
permanente: para una persona y para siempre. Eso es lo que hace que el
hombre o la mujer sientan los celos. Para ellos es una traición que la
persona amada dé esa parte del corazón a otro. Si nos tomamos en serio el
noviazgo sólo tendremos un novio o novia. Si valoramos el matrimonio
condenaremos de un modo total y sin paliativos la bigamia o la
infidelidad. Toda conciencia recta entiende que no es bueno tener varias
esposas o esposos.
Por otra parte no encaja en nuestros esquemas un modelo
de pareja que nace conscientemente limitado en el tiempo: “¿Nos casamos
para vivir dos años o tres?”, “te quiero tanto que soy capaz de compartir
contigo los próximos cinco años de mi vida ¿?”. Nos parece que eso no es
verdadero amor. “Si te unes a mí pensando ya en dejarme es porque
realmente no me amas”. Es asombroso pensar que, a pesar de ser
bombardeados por los medios de comunicación y por la sociedad con unas
modelos basados en el divorcio, la promiscuidad sexual, etc. todavía en
muchos jóvenes la conciencia los llama a buscar un AMOR verdadero,
permanente. Encontrar “el hombre o la mujer de mi vida”. En realidad la
propia conciencia enseña que una relación superficial y pasajera puede
satisfacer la pasión o el instinto de momento, pero después deja el vacío,
la frustración, el desencanto. Intuimos que la felicidad brota de un amor
más profundo, más verdadero. Deseo una estabilidad afectiva, una persona
que me ame siempre, en la que yo pueda confiar y entregarme a ella en
cuerpo y alma, no solamente en cuerpo.
Estoy convencido de que enfrentar el problema de la
familia es enfocar correctamente el tema clave del amor humano. La familia
nace del amor de la pareja y está llamada a ser fuente de amor, escuela de
amor. Es muy posible que este modo tan exigente de entender la relación de
pareja, choque con modos de pensar y de actuar actuales, pero pienso que
en muchas ocasiones lo que hace cambiar las altas aspiraciones del corazón
humano son las circunstancias adversas. Si no podemos vivir según nuestros
ideales más elevados, rebajamos dichos ideales para acomodarlos a la
triste realidad y acabamos pensando como vivimos. De este modo surgen
afirmaciones como: “para qué casarme para toda la vida si el hombre nunca
es fiel”; “ahora lo que se lleva es vivir juntos sin casarse porque lo que
va a pasar luego nunca se sabe”. O en ambientes de bajo nivel cultural se
busca una pareja por razones prácticas sin dejar madurar el amor. Así la
jovencita que desea abandonar su convulsionado núcleo familiar, la mujer
sola que necesita un hombre en casa por seguridad personal o para el
sustento de los hijos nacidos en una unión precedente y ya disuelta. En
definitiva se desconoce el amor verdadero o se vislumbra como una quimera,
como un ideal irrealizable. Hasta que no recuperemos la confianza en un
amor fiel y duradero caminaremos a ciegas y no haremos sino tropezar en la
misma piedra.
Publicado el 8 de agosto de 2003
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