Aceptar al otro
Víctor Corcoba Herrero
A los hombres de ciencia les encandilan las especies.
A ciertos artistas, como el pintor granadino Santiago Moreno Jiménez, les
entusiasman las razas. Y así prepara una exposición que llevará por título
“la cultura del mestizaje”, para finales del actual mes de agosto, en San
Lorenzo del Escorial (Madrid).
Santiago Moreno Jiménez al pie de uno de sus cuadros,
refrenda: “No importa quien seas, de donde seas, o si vas o vienes...”
También a determinados pensadores les ha preocupado el individuo, sobre
todo el que es diferente a nosotros. Ya lo advirtió Rousseau en el
“Emilio”, cuando escribió: “Todo patriota es duro con los extranjeros...
lo esencial es ser bueno con las personas con las que uno vive”. Pero
resulta que ahora llega el momento de convivir con el diferente, con el
“otro”, con el que no es nativo y se producen los grandes choques, las
nefastas contiendas.
A pesar de los alientos científicos por la
supervivencia de las especies, sobre todo la humana, y de los frenesíes
del mundo del arte por la cultivo del mestizaje, es un traspiés considerar
a la humanidad por su relación al que es distinto. Nadie es sólo una cosa.
Ni nadie es el cielo y el otro, por ser diferente, el infierno. Somos eso
y mucho más, ciudadanos de un mundo, que ha de borrar la palabra
extranjero. Todos vivimos en un mismo planeta, bajo un mismo firmamento.
Estamos, pues, predestinados a aceptar al otro y formar la gran familia
humana, donde ya no es posible levantar fronteras ni frentes. Ningún ser
humano debe considerarse forastero en esta vida. Y si nadie lo es, ¿cómo
pueden defender ciertos grupos determinadas identidades, sí la especie
humana es sólo una y en relación con todas?
Los ordenamientos jurídicos de las naciones deben
salvaguardar la especie humana, en relación a proteger la vida
comunitaria, desde el derecho a la existencia. Todos somos dignos de
existir, con nuestras maneras de vivir. Siempre que para vivir se deje
vivir al otro. Será posible soñar un mundo nuevo sin perder las raíces de
la aldea, cuando los planes de estudios, consideren que la educación de
una sociedad pluralista, como la que se nos avecina, debe ser abierta a
todas las diversidades. El derecho a la coexistencia implica,
naturalmente, para todas las gentes y Estados, el respeto más escrupuloso
a su propia lengua y a su cultura. Es a través de su expresión como un
pueblo defiende su soberanía y singularidad.
En el delirio xenófobo, que tanto nos inunda por
desgracia, se hallan autoestimas lesionadas e identidades extraviadas. El
problema no se solventa encarcelando a los autores de los hechos
delictivos, a esos jóvenes que para divertirse se empapan de alcohol y
drogas, sino transmitiendo valores que nos humanicen; y que, sobre todo,
nos hagan valorar más la vida, la existencia humana. Cada día son más las
dificultades para aceptar al otro porque es diverso, incómodo, extranjero,
enfermo, minusválido, viejo... Nos falta esa atmósfera de respeto y de
recíproca acogida y nos sobran movimientos de altanería, contrarios al
humanismo, a la liberación de ataduras, al auténtico avance humano. No hay
progreso si no hay humanidad.
Hemos perdido la moda de amar sin condiciones, de
donarnos sin letra de cambio. A veces da la sensación de que todo el mundo
se mueve bajo sospecha. Nadie se fía de nadie. Todo lo enseñamos sin un
mínimo de amor. Estudiamos el cuerpo humano sin alma. El lenguaje sin
estilo. El habla sin docencia. La historia sin lenguaje. No se si la
conciencia ha muerto en el ser humano, pero en las aulas tampoco se enseña
humanísticamente. Cuestión que es preocupante. Por eso, a mi juicio, es
tan importante que los científicos aviven la ciencia de la vida, los
artistas cultiven la cultura del mestizaje y los filósofos unjan el culto
a la estética de la ética. Mediante esa unificación inventiva, se me
ocurre que, hay que aclamar otro futuro, que no está en la titulación
académica obtenida, sino en el talento a convivir con el otro. Se buscan
talentos con otro talante: el del amor de amar amor.
Necesitamos que el mundo se impregne de cultura. Tanto
de arte como de ciencia y de ética. Precisamente, hace unos meses acudí a
la presentación de uno de los últimos libros del poeta Rafael Guillén,
donde un físico desgranaba la teoría científica en sus poemas. Esa
observación del físico y del poeta, del poeta y del físico, fue
enriquecedora. Por eso, es saludable para que permanezca la heterogeneidad
en el mundo, el entusiasmo con que muchos científicos buscan la belleza. O
la de poetas y escritores que bucean a la inversa, autoproclamándose
escritores cuánticos. Ni la ciencia, ni el arte, ni las personas, pueden
permanecer autosuficientes y aislados. Es muy de agradecer, el esfuerzo de
individuos y asociaciones, que dedican su tiempo en animar la integración.
Sólo desde un espíritu de entendimiento, se puede aceptar al otro. Y en
esto, hoy por hoy, sí que andamos rondando el deficiente, los pueblos, las
naciones y, el mismo mundo, con sus humanos / hermanos. Desde luego, sería
un absurdo, que teniendo grandes científicos, artistas y filósofos,
desapareciese la especie humana, la que verdaderamente hemos de proteger
por encima de todo.
Publicado el 11 de agosto de 2003
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