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FIVET, el problema de fondo

José Ignacio Munilla Aguirre

Se ha abierto el debate en torno al proyecto de reforma de la Ley de Reproducción Asistida.

La Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal ha publicado un comunicado intentando dar luz sobre el tema. El discernimiento moral sobre qué hacer con los embriones sobrantes congelados resulta complicadísimo, habida cuenta de la multitud de cuestiones técnicas con implicaciones éticas; hasta el punto que el cardenal Rouco ha calificado la situación de esos embriones como "callejón sin salida". Pero vamos a dejar esta cuestión para otro momento, puesto que requeriría amplio espacio y multitud de matices; y ahora centrémonos en la primera parte de la nota episcopal, donde se incide en que el problema de fondo no es otro que la misma Fecundación In Vitro. ¡De aquellas lluvias vienen estos lodos! Si hemos llegado a la aberración de tener 200.000 embriones humanos congelados, sin saber ahora qué hacer con ellos, ha sido por la misma dinámica de las técnicas de reproducción asistida.

Lo que la moral católica afirma es que la dignidad humana exige que la concepción humana sea el fruto del acto humano del amor. La ciencia ha de ponerse al servicio de la salud, sin que pretenda suplantar la relación interpersonal de procreación por una técnica de producción de seres humanos. Es más, la misma medicina está traicionando su vocación cuando "dimite" de sanar la enfermedad y recurre a la tecnología como un atajo en la lucha por la esterilidad. ¡No es lo mismo sanar la esterilidad que producir un hijo!

Añádase a esto que en la FIVET (Fecundación In Vitro con transferencias de embriones) existe una tasa muy superior de taras genéticas y alteraciones del desarrollo que en la fecundación natural. Esto conlleva que se multipliquen las prácticas eugenésicas, eliminando los embriones que se consideran "no viables"; o efectuando la reducción embrionaria en caso de embarazo múltiple (que cuando menos, tenemos que congratularnos de que esta forma de practicar el aborto haya sido prohibida en este Proyecto de Ley aprobado el 25 de Julio). Además, en estas técnicas de reproducción artificial se atenta contra la integridad del matrimonio, acudiendo a donantes de gametos ajenos a la pareja.

En realidad, partimos de principios distintos y dispares; y es necesario revisar los presupuestos antropológicos y filosóficos de la procreación, para entender por qué la moral cristiana rechaza la fecundación artificial y promueve la alternativa de la adopción natural. Estamos en una cultura que prima el beneficio personal, frente al servicio que podamos prestar a los demás. Es totalmente distinto que los hijos sean el resultado de una técnica de laboratorio con el objeto de satisfacer el propio deseo de paternidad, que considerar la paternidad como un servicio a unos niños que no tenían padres. ¿No será que hemos olvidado que un ser humano es sujeto de derechos, y no un objeto de derechos?

En la mentalidad de la Iglesia Católica, la única ley plenamente moral es la que se ha aprobado en Costa Rica, prohibiendo expresamente la Fecundación In Vitro (sentencia del Constitucional del 15 de Marzo de 2000). Sin duda que muchos intentarán ridiculizar tal cosa, en base a la supuesta influencia del Vaticano en un país bananero y demás tópicos. Por el contrario, José Pérez Adán, profesor de sociología de la universidad de Valencia, afirmaba recientemente que "no es de extrañar que esa decisión se haya tomado en el único país del mundo sin ejército y con la democracia más antigua y eficaz de América". ¡Es cuestión de principios morales y de coherencia! Ahora bien, por afirmar esto, no dejamos de ser conscientes de que el grado de deterioro al que hemos llegado en España, hace políticamente imposible una ley plenamente justa; y que en estos momentos no cabe más remedio que buscar una reforma que limite y restrinja algunos de los muchísimos males morales de la aberrante ley vigente hasta el momento. Con esta vocación parece haber nacido este ley, pero va a tener que hilar muy fino, si no queremos quedarnos de nuevo donde estábamos.

Así por ejemplo, una de las cuestiones que me parecen más débiles del proyecto está en el hecho de que tras afirmar que en adelante se prohibirá congelar embriones, se señala que se permitirá hacerlo de forma excepcional. Me temo que por mucho que se obligue a firmar a los progenitores un compromiso de implantarselos ellos mismos o de darlos en adopción, luego no será tan fácil llevar a efecto tal propósito: ¿Qué pasa si esa pareja manifiesta que le basta con el embarazo anterior; y luego no se busca a nadie que quiera adoptar porque prefieren embriones "más fresquitos" y con menos problemas? La suposición no es tan remota; estaríamos generando de nuevo el problema de los "embriones sobrantes". ¡Hemos echado en falta un "nunca más" definitivo ante la ignominia de los 200.000 embriones humanos congelados en España!

Y por encima de todo lo dicho, reafirmamos la dignidad del niño que llega al mundo como un don de la bondad divina que deberá ser educado con amor, al margen de la inmoralidad de la forma en la que fue concebido. Y aunque estemos ante un debate de ética natural, permítaseme concluir con un argumento religioso en favor del reconocimiento de la dignidad humana del embrión: ¿Hemos pensado alguna vez que el Hijo de Dios se hizo embrión en el seno de María? Si resulta que aquel cigoto era persona divina, ¿vamos a negarle su condición de persona humana al embrión humano? No dudemos de que Jesucristo descubre al hombre su propia dignidad.

Publicado el 12 de agosto de 2003

 
 

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