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El catolicismo en Estados Unidos: entre la crisis, la oferta y la esperanza

Jaime Septién Crespo

En Estados Unidos nacen iglesias cada día. Un país en cuyos billetes está la leyenda “In God we Trust” (“En Dios confiamos”) no puede ser más que un país profundamente marcado por una espiritualidad mercadotécnica, algo financiera, sin la profundidad que representa la Encarnación de Cristo.

Un par de semanas después de asumir su misión, Monseñor Sean O’Malley, nuevo arzobispo de Boston, decidió dar el primer paso hacia lo que los periodistas anticatólicos de Estados Unidos llaman “lavar la cara de la Iglesia católico-romana”: ofreció 50 millones de dólares (540 millones de pesos), aproximadamente) a más de 500 personas que han presentado evidencias de haber sufrido abusos sexuales por sacerdotes de esa arquidiócesis.

El doloroso episodio -aunado a las dos renuncias de obispos, la remoción del cardenal Law y los escándalos sexuales de algunos sacerdotes más, proceso que ya alcanza los 19 meses de haber explotado en la prensa nacional y mundial-ha arrastrado a la Iglesia católica de Estados Unidos (el tercer país en el mundo con mayor número de católicos, con cerca de 60 millones de personas) hacia una encrucijada de la cual ni puede ni deber salir igual: o se pierde en la mediocridad de otras múltiples manifestaciones religioso-sectarias de este inmenso país -iglesias tipo barra-de-ensaladas-- o se renueva y fortalece.

Lo que está en juego no es cualquier cosa: se trata del futuro de la fe verdadera en el país más poderoso del planeta, aquél que, a través de su millonaria industria de las comunicaciones (cine y televisión) influye en todo tipo de personas, en los sitios más alejados, de las maneras más inverosímiles. Se trata, también, del futuro de la identidad católica de 70 por ciento de los 37 millones de hispanos -la mayoría mexicanos-que hoy habitan “legalmente” Estados Unidos.

Encuentros y desencuentros sobre el futuro del catolicismo

Existen, en las grandes cadenas de librerías de Estados Unidos como Barnes & Noble o Borders, estantes completos de libros que hablan de religión (mezclados, es cierto, con literatura “inspiracional” y “New age”). Muchos hablan sobre religión católica. La mayoría de estos últimos tocan la crisis de los abusos sexuales y el catolicismo que viene en la nación Americana. Los títulos más emblemáticos son: Toward a New Catholic Church (Hacia una nueva Iglesia católica) del ex sacerdote y columnista del Boston Globe, James Carroll; The Courage to Be Catholic (El coraje de ser católico) del biógrafo del Papa Juan Pablo ll, George Weigel; The Comming Catholic Church (La Iglesia católica que viene) del converso David Gibson y How to Win the Culture War (Como ganar la guerra de la cultura) del profesor y escritor Peter Kreeft o A People Adrift (La cita de la gente) del columnista Peter Steinfels.

Libros que hablan desde todos los rincones de la ideología cristiana, desde la izquierda radical de Carroll hasta el conservadurismo liberal de Weigel o el anti-intelectualismo de Kreeft, pero que coinciden en un mismo punto: las cosas, en la Iglesia católica de Estados Unidos, no pueden seguir así. James Carroll propone, como tantos ex sacerdotes, el fin del celibato, la permisividad con respecto a los divorciados, el cambio del control natal y la ocurrencia de un Concilio Vaticano Tercero, que incluya a católicos y no católicos. Por su parte, Weigel afirma que los escándalos sexuales son la peor crisis de la Iglesia de Estados Unidos, pero que esos escándalos denotan, simplemente, una “crisis de fidelidad” que podría superarse si los sacerdotes y los laicos se comprometieran con el magisterio de la Iglesia.

David Gibson -quizá por haberse convertido ya adulto al catolicismo-ve las cosas menos complicadas que sus colegas. Para él, en una especie de simplismo muy americano, lo único que tiene que pasar es que en la Iglesia se deseche, de una vez por todas, lo que llama “el clericalismo”, esto es, la mentalidad que privilegia la fraternidad entre los sacerdotes sobre el trabajo conjunto con los laicos. “Por esta mentalidad -escribe Gibson-es por la que se dieron los abusos sexuales, por la protección de los sacerdotes abusivos de parte de sus congéneres”. La Iglesia católica recuperará su papel en Estados Unidos cuando sea capaz de involucrar a los laicos en acciones y en sus decisiones, apostilla Gibson.

Por su parte, Peter Kreeft define en su libro la guerra que se tiene que emprender para salvar la fe en Estados Unidos de las garras del matrimonio del sexo y el dinero. Una guerra, dice, sin cuartel pues toda, absolutamente toda la sociedad estadounidense se encuentra en crisis. Para este autor “el arma secreta que ha de ganar la guerra (para la fe) es una y muy simple: la santidad”. Pero no es fácil convertir a una nación cuyos niveles de consumo triplican los de Europa y septuplican los de países como México. Sin embargo, se trata de la única salida, la única posibilidad no sólo de recuperar el camino de la Iglesia sino de la cultura de la vida, que la Iglesia defiende. Mientras eso sucede, el último de los autores citados, Peter Steinfeld cree que la Iglesia está en el vértice de dos caminos; uno hacia la declinación de su presencia en la Unión Americana, y otro hacia el liderazgo tras una tremenda transformación.

La savia hispana de un árbol plantado en patio ajeno

Mucho de lo que puede pasar en la Iglesia católica de Estados Unidos está en manos de los inmigrantes “legales” de origen hispano, la mayor parte de origen mexicano, país de 104 millones de personas donde 87.9 por ciento de la población se dice católico. Sin embargo, una reciente encuesta -la más larga en su tipo llevada a cabo en la historia, con dos mil 300 entrevistas telefónicas, 436 entrevistas a líderes hispanos y 268 a líderes religiosos de 45 congregaciones en todo Estados Unidos, incluyendo San Antonio, Houston, Los Ángeles y Chicago, las ciudades con mayor población hispana y con un margen de error de uno por ciento-demuestra que la segunda y la tercera generación de inmigrantes (los hijos y los nietos) se están, peligrosamente, decantando hacia las diversas formas de protestantismo que existen en la Unión Americana.

En efecto, la investigación a la que tuvo acceso El Observador (y que todavía se encuentra en proceso) llamada The Hispanic Churches in American Public Life (Las Iglesias hispanas en la vida pública de los Estados Unidos) señala que la afiliación religiosa de los hispanos permanece sobre 70 por ciento de la población inmigrante total; sin embargo, ya hay 23 por ciento de los 37 millones que son protestantes, mientras que 6 por ciento pertenecen a otras denominaciones religiosas y uno por ciento declara no tener ninguna preferencia. Por lo demás, el dato más duro del proyecto es el siguiente: la primera generación de inmigrantes hispanos es 74 por ciento católica; la segunda generación, 72 por ciento, pero la tercera generación, es decir, los nietos de quienes se quedaron a vivir en Estados Unidos, tan sólo son 62 por ciento católicos.

¿Cuál es el motivo de esta deserción? La verdad el asunto es variable. Por ejemplo, dice el San Antonio Express News en su edición del sábado 9 de agosto, un inmigrante como Mario Ramos, de 51 años de edad, hijo de inmigrantes católicos y que ahora es ministro evangélico, dejó la Iglesia católica a los 17 años porque su párroco “no contestaba las preguntas que él le hacía tales como ¿por qué rezamos a los santos?, o ¿por qué tenemos que irnos a confesar?” Según Ramos, los ministros evangélicos sí le respondieron a satisfacción. Y se fue. A un mercado en constante expansión. Basta encender el televisor un domingo por la mañana. Y ver a los tele predicadores haciendo “su trabajo”, es decir, presentando su confesión religiosa como se presenta un lote de autos usados: con los mejores modelos, ofertas y descuentos.

Otro estudio, éste del Barna Research Group, realizado en el año 2000, demuestra que cuando los hispanos dejan la Iglesia católica, mucho de ellos escogen la guía religiosa de la iglesias evangélicas o carismáticas (mucho ruido; mucho brazo en alto; mucha “espiritualidad de masa”), especialmente las iglesias pentecostales en las que 88 por ciento de los ex católicos hispanos que dejaron la Iglesia fundada por Cristo, por desgracia, dicen que “han vuelto a nacer de nuevo”. ¿Cuál es, en el fondo, la oferta? Según el padre Virgilio Elizondo, codirector del proyecto de investigación sobre el papel de las iglesias hispanas en la vida pública de Estados Unidos, y fundador del Centro Cultural México-Americano de San Antonio, tiene la respuesta: “la agresiva oferta pública de muchas iglesias evangélicas, sus excitantes servicios religiosos, su predicación dinámica de la Biblia y su énfasis en las características de la cultura hispana, atraen a muchos inmigrantes”. Lo dicho: mucho espectáculo, poco sacrificio. La cultura católica corre peligro de desaparecer entre la barra de ensaladas que ofrece el mercado “religioso” de Estados Unidos, en especial a personas con alto sentido religioso como son los inmigrantes hispanos en general, y mexicanos en particular.

Los disneylandias de la mullida religiosidad

En Estados Unidos nacen iglesias cada día. Un país en cuyos billetes está la leyenda “In God we Trust” (“En Dios confiamos”) no puede ser más que un país profundamente marcado por una espiritualidad mercadotécnica, algo financiera, sin la profundidad que representa la Encarnación de Cristo. Las preguntas de Ramos a su párroco son sintomáticas de la red que tiende el mercado para captar almas. A la dura austeridad del confesionario, donde el hombre se reconoce humilde ante Dios, Estados Unidos está substituyéndola con la mullida atracción de la religiosidad a la carta, donde cada quien hace su menú y donde cada quien puede guiar a sus semejantes hacia una forma de negocio que transita en los límites del cinismo. En un barrio de clase media alta de Houston, por ejemplo, acaba de nacer la “Iglesia Unificada de Champion Forest”, con dos o tres mil familias que le rezan a quién sabe quién, pero que aportan, eso sí, cantidades ingentes de dinero a su líder “espiritual”. ¿Las instalaciones? Lo más parecido a un centro de atracciones que usted haya visto jamás.

Publicado el 14 de agosto de 2003

 
 

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