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Universo de amor

Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

En Cristo... impulsar a los hombres a no confiarse en el repliegue egoísta de sus energías, sino a desenvolverse, a abrirse, a entregarse los unos a los otros y así configurar un universo de amor.

En artículos anteriores comenté que la filosofía de la sociedad en la cual vivimos hace marchar al hombre hacia el panteísmo, lo impersonal, en lugar de a Alguien, supremamente personal, capaz de salvar lo que hay de inmortal e incomunicable de cada persona. Por eso el hombre actúa a través del egoísmo, buscando una vida placentera, sordo al grito de los excluidos, que son el gemido de la población mundial, que padece una crisis de cambio de siglo, una crisis de valores que se deja sentir en la parte más débil y más víctima de nuestro mundo.

Tenemos que entender como cristianos que si queremos seguir a Jesucristo, tenemos que sintonizar con los pobres o excluidos y no al revés. Si entendemos que los pobres no han elegido ser pobres, si entendemos que hay que promover un proyecto social que no genere pobres, si entendemos que la opción por los pobres no puede ser algo que los ricos quieran hacer justicia y solidaridad, porque ni unos ni otros optaron por la pobreza, mal y fruto de la injusticia, sino que ambos deben optar por los mismos valores: amor-justicia.

Lo cierto es que el centro emocional del ser humano es el amor, pues crece y se desarrolla en la misma manera que se siente amado y aceptado incondicionalmente y, desde el principio y constantemente poseerá todas las capacidades emocionales para vivir una vida plena, ya que contaría con más posibilidades de poder hacerlo.

Este amor-justicia debe promover las capacidades para un crecimiento consistente y sólido que despierte las ganas de vivir y la energía necesaria para hacerlo. El amor-justicia debe ser fundamental y que al convertirse en hábito integre los sentimientos que se despiertan en la complejidad de situaciones de vida como el interés, la angustia, la rabia, la tristeza, para que los sentimientos negativos no incuben respuestas enfermizas, sino que este amor provoque un estímulo para que cada cual vuelva al amor como centro de vida.

La vida nos pide que nos incorporemos y nos subordinemos a una totalidad organizada por un centro superior ya aparecido no sólo a nuestro lado, sino más allá y por encima de todos nosotros: Cristo, quien nos lleva a la dicha de crecer, amar y adorar. Pero para alcanzar la dicha, en primer lugar, buscar la renovación de nuestra vida, echando raíces profundas en las ricas y tangibles realidades que nos rodean, como el trabajo de nuestra perfección interior, ya sea intelectual, artística, moral, etc.

En segundo lugar hay que reaccionar contra el egoísmo, no tratando de poseer, sino de entregarnos y, en tercer lugar, transportemos, bajo una idea, empresa o causa, el interés final de nuestra existencia: la marcha y el éxito del mundo a nuestro alrededor, bajo el pensamiento cristiano, para que el proceso humano y la auténtica caridad puedan combinarse y completarse.

El cambio de nuestra sociedad, buscando que no existan marginados, deberá ser provocado por un sincero cristianismo, en cuyo seno cada hombre comprenderá un día como posibilidad propia, en cualquier momento y en cualquier situación, no sólo la de servir (que no es suficiente), sino la de querer en todas las cosas un universo cargado de amor.

Debemos evitar que el hombre pierda el coraje de construir, sino que adquiera la conciencia de estar convergiendo no sólo hacia lo material, sino hacia Alguien. Sólo lo podremos llevar a cabo, pues independientemente de ser hombres, debemos ser verdaderos cristianos y sacrificar cualquier gusto o placer para obtener un gusto mucho más fundamental, el de sentir a Dios “crecer” dentro de uno mismo, para que haga de uno un instrumento puro de actuación en busca del amor-justicia.

Esta actitud manifestada en el párrafo anterior, debe constituir motivo de gran alegría, pues así se empieza a contemplar a los hombres y a las circunstancias bajo una luz particular, que lo hace a uno sentirse fuera de sí al entregarse al otro. Esa luz particular es Cristo y mientras nos encontremos cerca de Él, bajo la influencia de su Corazón, será la fuerza y la dicha de nuestra existencia, pues su Corazón es algo inefablemente atractivo y suficiente, que agota cualquier realidad y que responde a todas las necesidades del alma, llevándonos a impulsar a los hombres a no confiarse en el repliegue egoísta de sus energías, sino a desenvolverse, a abrirse, a entregarse los unos a los otros y así configurar un universo de amor.

 
 

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